martes 26 octubre, 2021
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«CEREBRO 40» Tembló, así lo recuerdo

Por. Bárbara Lejtik

Hace cuatro años.

Después de mi usual drama sobre el simulacro que nunca he manejado bien, me fui al Centro, tenía que comprar material para mi negocio y unas colchonetas porque se avecinaba el cumpleaños de Alejandra y festejaría con una pijamada.

Me estacioné en donde siempre, detrás de la Suprema Corte de Justicia, el centro estaba lleno, hora pico, las calles atiborradas de comerciantes, turistas y compradores como yo (que soy las tres cosas todos los días invariablemente).

Caminé por la calle de corregidora hacia el cajero automático de BBVA que está ya casi llegando a La Merced.

Recién ingresé mi tarjeta un jalón espantoso nos sacudió a todos, volteé a ver a las demás personas y todos teníamos la misma expresión de incredulidad. Uno quisiera poder bromear y decir que era el colmo de las casualidades, pero el impacto fue tal que sin saber ni cómo saqué mi tarjeta, eso si, antes muerta que distraerme en algo tan importante, caminé como pude hacia la salida y me paré en la mitad de la calle, más gente empezó a llegar, presas del pánico y la impresión no podíamos creer lo que sucedía.

La tierra bajo nuestros pies crujía, bramaba como un león furioso, se movía como una charola cayéndose inevitablemente de las manos de alguien.

Tratábamos de mantener el equilibrio, era muy difícil, abrí las piernas para no caerme, me tomé del brazo de un policía que estaba junto a mi, otra persona se prensó de mi y así todos nos detuvimos unos a otros, entre gritos, rezos, ruidos de piedras cayendo, cristales estallando, muros que gritaban su dolor, perdimos la noción del tiempo, creo que nunca cerré los ojos, pero no sé si seguía viendo; el suelo se movía hacia los lados y brincaba también. La tierra se sacudió, se acomodó, no lo sé.

Tampoco sé cuánto tiempo pasó, en qué momento dejó de temblar la tierra y cuánto tiempo más temblé yo, estupefacta, con millones de imágenes cruzando por mi mente, sin saber la magnitud de lo que ocurría, pero presintiendo cada segundo que era algo terrible, con esa inconsciencia que tenemos las personas para protegernos, pensando que acabaría pronto.

La sensación de mareo fue una extensión al temblor, no podíamos saber si ya había terminado o si volvería a comenzar, nos veíamos incrédulos, incapaces de soltarnos, sudando, llorando, con la respiración entrecortada, después empezamos a ver alrededor, ventanas desprendiéndose de algunos edificios, polvo en el aire, tierra saliendo de entre las juntas de las paredes, gente sin nombres, minutos sin segundos.

Segundos, minutos u horas después, no puedo recordarlo, sólo sonidos de ambulancias.

Más policías pidiéndonos que no nos moviéramos, gente que no había salido aún uniéndose al grupo, hablábamos pero no nos entendíamos, en el idioma secreto de cada quien intentábamos decir algo, pero era solo un sonido extraño e incomprensible el que salía de las bocas, los ojos de cada quien.

¡Mis hijos! Mis hijos estarían en la escuela, seguramente tranquilos, esto tenía que haberse sentido tan fuerte sólo en el centro porque siempre es así.

La vibración de mi celular me advirtió que tenía mensajes, mis hermanos preguntando si estábamos bien, entonces empecé a entender que había pasado suficiente tiempo para que ya fuera noticia y que no había pasado sólo en el centro.

Mensajes, mensajes, mensajes, sonidos de ambulancias, policías acordonando la zona, empezaba a escuchar por fin lo que la demás gente decía, advertían un fuerte olor a gas, repetían las noticias que llegaban a sus teléfonos, decían que se habían caído varios edificios.

Alguien que logró ponerse en contacto con un profesor de la escuela a la que asistían mis hijos y me dijo que todos estaban bien, pero que teníamos que pasar por ellos, luego mi amiga Marissa diciéndome que ella recogía a mis hijos, muchos mensajes de ella tratando de tranquilizarme sobreponiéndose a su propio miedo, diciéndome que había mucho tránsito, pero que ella llevaría a mis hijos a la casa.

Yo seguía allí, sintiendo polvo dentro de la boca, muy lejos de poder dimensionar la magnitud, consciente que todo lo que pasó antes desde que viví en esta sísmica ciudad no había sido nada, este era un verdadero terremoto.

La voz de Fernanda Tapia en el radio intentaba narrar lo que estaba sucediendo, los comercios que tenían luz sacaron bocinas para que todos escucháramos, alguien no se quien ni de dónde salió me ofreció un bolillo. Yo hasta ese momento no había podido emitir ni una sola palabra, como si mi voz se hubiese atorado en mi estomago.

Empecé a caminar callada, tratando de no ser advertida para llegar a mi coche y poder irme a casa, toda la calle estaba en la misma situación, piedras tiradas, fachadas desprendidas, personal de protección tan asustado como los peatones intentando imponer el inalcanzable orden.

Llegué al estacionamiento saqué mi coche e ilusamente avisé a mis hijos que ya iba rumbo a la casa, un camino que se recorre en 20 minutos me llevó seis horas, tomé Tlalpan y advertí gente saliendo de las entradas del Metro, pasé dos y entendí que pedían auxilio alzando las manos, en el radio dijeron que si podíamos los automovilistas ayudáramos a la gente que salía de las estaciones del Metro, me orillé y recogí a cuatro muchachos, habían venido al centro por un trabajo de la escuela en un museo, llevaban dos horas caminando, no habían podido comunicarse con sus familias, nos presentamos y les prometí llevarlos hasta la estación Taxqueña, porque venían de Cuernavaca, conectaron sus teléfonos y les presté internet para que hablaran a sus casas, incluso hablé con algunas de sus madres, después vimos a una pareja indígena pidiendo ayuda, traían un cargamento, cosas para vender, se subieron al coche también, casi no hablaban español, pero aceptaron que los llevara también a la estación Taxqueña.

Durante seis horas avanzamos por calzada de Tlalpan escudando el radio, decían que México estaba en estado de emergencia y que el presidente se encontraba encerrado con su gabinete. Todo era caótico, pedazos de edificios pendían de sus bases, gente cubierta por polvo y tierra corría sin rumbo, bomberos llegaban a pie, no había espacio para que nadie se pudiera acercar a los derrumbes, los caminos estaban colapsados, aunque quisiéramos no podíamos abrir paso, veía el Metro pasar absolutamente lleno de gente.

Mi familia de esas horas y yo no hacíamos más que comentar y volver a comentar lo que habíamos sentido.

Eso es lo que recuerdo, en algún momento me despedí de ellos deseándoles suerte, llegué a mi casa y fui recibida por mis hijos que habían contenido sus lágrimas hasta que me vieron entrar, fuimos a la tienda de la esquina y compramos lo que quedaba, galletas, leche, nadie estaba dispuesto a dormir en la planta alta.

Dispusimos como pudimos cojines en la sala, Francisca su hijo Óscar y mis hijos pasamos la noche con una vela prendida y supuestas alarmas improvisadas para saber si volvía a temblar, cazuelas acomodadas en la orilla de la mesa para escuchar si se caían, eso porque creímos que podríamos dormir.

No dormimos esa ni las noches siguientes.

El resto de la historia es como la de la mayoría de la gente, siguieron días sin tiempo, sin nombre, en los que todos hicimos más o menos lo mismo, vivir como pudimos.

Hoy, durante el simulacro, esa sensación de tener polvo en la boca y masticarlo, de tener los oídos tapados y seguir escuchando solo el ruido de la tierra volvió.

Los mexicanos no podremos ser los mismos, llevamos un terremoto pegado en la memoria, un grito ahogado, una necesidad de reconocer puertas y salidas, un ojo al frente y otro buscando grietas.

Nombres desconocidos hasta entonces, que ahora son parte de nuestras historias, la inusual unidad y solidaridad que desarrollamos en las tragedias, la paranoia de sentir que está temblando cada vez que algo se mueve, la alerta sísmica como las voces que escuchan los esquizofrénicos dentro de la cabeza, la sensación de que la ciudad se quedó rota, chueca herida.

La necesidad flagelante de recordar lo que vivimos.

 

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