sábado 18 septiembre, 2021
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«VÍA LIBRE» En la juventud aprendemos, con la edad entendemos

Por. Raúl Piña

​​​Hace unos días, estuve viendo las fotos del cumpleaños del hijo de una amiga.

Al observarla detenidamente, me di cuenta que en estos tiempos es toda una parafernalia y un gasto enorme hacerle una fiesta a los pequeños.

Mesa de dulces, de comida, más dulces, inflables, muchos pasteles, enormes globos multicolores, más mesas de dulces, de banderillas, de cupcakes, de juegos electrónicos, algunos rentan autobuses con “maquinitas” donde juegan X-Box, Nintendo, Animes o como se llame todo eso que entretiene a los chavitos y que los mantiene embobados sin convivir realmente entre ellos o al menos saber quién es quién entre los invitados.

Teléfonos inteligentes captan cada momento, pero se siente frío el ambiente.

Ahora son fiestas temáticas tipo FROZEN, o MORTAL KOMBAT. Juegos e imágenes de violencia y de desenfado. Indiferencia total.

Sin duda, es una infancia que les ha tocado vivir y que gracias a la tecnología, hacen uso de la misma y disfrutan su momento histórico como tal.

Me llevó inmediatamente a las fiestas de “aquellos tiempos” donde lo único que importaba era conseguir el regalo adecuado para el o la festejada.

Nada de aspavientos y mucho contacto humano de parte de los anfitriones para los invitados.

Un pastel bonito con un BATMAN en le centro para el chavito, o una MARIPOSITA para la niña. Ya sé que son ‘clichés’ en desuso, pero era el momento y lo que se usaba.

Había una mesa con sandwichitos de jamón con harta mayonesa, ambigús de mole y hojaldras con atún. De beber, Chaparritas el Naranjo de sabores (las más peleadas la de uva y la de mandarina). Si acaso, algún refresco gaseoso embotellado y/o aguas frescas.

Las gelatinas no podían faltar, y si eran de mosaico, era una algarabía a los sentidos disfrutarlas por ser tan especiales.

Recuerdo los cumpleaños de LUTY mi vecina, que eran, o en el Parque Hundido, o en el Bosque de Tlalpan. Los globos de colores indicaban donde se ubicaba la fiesta.

Había juegos para los niños y el infaltable payaso los hacía reír y participar de juegos de magia o adivinanzas. No como los payasos de ahora que insultan, humillan y exhiben al festejado y que muchas veces acaba en llanto, coraje o respuesta majadera al de la nariz roja con la aprobación , aplausos y beneplácito de los padres del chamaquito o chamaquita.

Lo más atrevido hoy día, es ponerlos a bailar reguetón o jugar a las palabras de doble sentido.

En “aquellas” fiestas había actividades para los adultos. La famosa carrera de costales, donde los niños morían de risa al ver a sus papás o mamás cayendo al suelo víctimas de sus pocas habilidades físicas. Los pantalones quedaban manchados del verde del pasto y las risas no paraban. El juego de llevar una canica en una cuchara y cambiarla de participante, era llena de gritos y porras, vivas, animación y una emoción enorme de ver ganar a los favoritos.

Los niños gozaban y los papás también.

La piñata y el dale dale dale, era el momento esperado, donde con ansía estabas listo a que se rompiera la olla de barro llena de dulces, y donde sin miedo te tirabas al suelo sin miedo y desconociendo amigos, hermanos y quien se te cruzara en el camino; y mucho menos, a que salieras lastimado. Eso, era lo de menos.

Regresar con tus papás con la camiseta llena de dulces para que tu mamá la guardara era el premio a tu audacia y a tu agilidad.

Escucho muy a menudo que los padres se quejan de la ausencia emocional de sus hijos. No les puedes gritar ni reprender porque te llegan los servicios sociales o en su peor caso, la policía para que expliques por qué ofendiste o hiciste llorar a tu pequeño.

Los padres ahora les tienen miedo a sus hijos.

Les llaman ahora la generación de cristal, parecen tan frágiles, pero es la consecuencia de lo que hemos creado y criado al paso de los tiempos.

No quiero sonar ni amargado, ni atrapado en el pasado, pero me llena de nostalgia pensar en las fiestas donde la emoción más grande, era cortar el pastel.

 

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