miércoles 04 agosto, 2021
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«COLUMNA INVITADA» Construyendo recuerdos en la era Covid 

Por. Oscar H. Morales Martínez

Somos lo que pensamos. Somos lo que recordamos. Somos lo que vamos construyendo a lo largo de nuestra vida. Aprendiendo de nuestros errores, experimentando sensaciones, construyendo memorias.

En esta época de aislamiento, no ha sido fácil adaptarnos a un mundo que, todavía incrédulo, está cambiando de era.

Fuimos forzados a replegarnos en nuestras casas, pero al mismo tiempo catapultados de súbito al uso exacerbado de la tecnología como único puente de convivencia social.

Para los que tenemos edad madura, recordamos con añoranza y melancolía las reuniones con los amigos, los viajes, los paseos, las comidas familiares e incluso a los colaboradores de trabajo. Afortunadamente, nuestra niñez y adolescencia se desarrolló en un mundo todavía físico y presencial, donde lo virtual solo se vivía a través de películas y libros de ciencia ficción futurista.

Crecimos entre risas y emociones vibrantes. El primer beso, la primera salida con la novia o novio, la travesura escolar, empaparse bajo la lluvia, brincar los charcos, las fiestas en casa de los amigos, la primera borrachera y un sinfín de primeras veces, que solo a través de la convivencia directa y física, tienen sentido.

Hoy, nuestros niños y adolescentes se están perdiendo sus bailes de graduación, sus recreos, sus abrazos, sus noviazgos, sus emociones sociales y de convivencia. Están perdiendo habilidades sociales. En resumen, se desmoronan sus primeras y quizá únicas oportunidades para disfrutar de sus etapas como nosotros las recordamos.

¿Qué recuerdos se estarán formando en esas incipientes vidas? ¿Tendrá secuelas cuando sean adultos? Es difícil saberlo, como también lo es saber cuándo terminará esta terrible pandemia, pero los estudios apuntan a trastornos emocionales desde ahora.

Un sondeo realizado en los primeros meses de la pandemia por la UNICEF en nueve países de Latinoamérica y el Caribe, muestra que el 27% de los adolescentes tenía ansiedad y 15% depresión.

También, uno de dos adolescentes no encontraba motivación para realizar actividades que normalmente disfrutaba.

En general, existía entre ellos pesimismo sobre el futuro. Lo más alarmante, es que tres de cada cuatro adolescentes pidieron ayuda a familiares y amigos en relación a su bienestar físico y mental.

Si esta encuesta fue al inicio de la pandemia, los números y porcentajes de hoy deben estar por arriba o en un nivel más profundo y agudo.

¿Cómo superar este problema de salud física y mental en los adolescentes?

En ese mismo sondeo, una niña de 14 años de Guatemala dijo “mi fórmula ha sido leer y escribir lo que me hace sentir mal. En muchas ocasiones, llorar. He tratado de distraerme dibujando o viendo series. El COVID-19 me ha cambiado mucho, ni siquiera me reconozco a mí misma.”

Otro joven de 17 años de Jamaica dijo “me he mantenido ocupado, me he ejercitado más y he tenido gran actitud.”

Joao, un joven brasileño de 17 años, expresó que su fórmula era cambiar los hábitos, “despertarme temprano para ser más productivo, el autoconocimiento también me ayudó mucho.”

La UNICEF señala que “este sondeo rápido se realizó a través de U-Report, una plataforma digital que promueve la participación de adolescentes y jóvenes en temas que les afectan. Si bien la muestra no es representativa de toda la juventud en la región, los resultados permiten tener un vistazo de los desafíos que enfrentan, el acceso a mecanismos de asistencia, y la forma en que están manejando sus emociones. Los resultados son un llamado a promover la participación de la juventud en estos y otros temas que les afectan, escuchar sus voces y aumentar la inversión, la calidad y el acceso a servicios de salud mental en la región.”

Nosotros como adultos ¿estamos escuchando estas voces? ¿estamos apoyándonos en expertos de la salud para atender a nuestros hijos?

Sería un craso error pensar que solo por tener a los niños y jóvenes ocupados con clases en línea estamos atendiendo su salud física y mental.

Personalmente, pienso que el regreso a clases presenciales será un antídoto muy eficaz -no el único- para apoyar en ese campo, pero debe realizarse de manera planeada y organizada.

Para empezar, muchos de los adolescentes tienen miedo a salir. Han vivido más de año y medio con el temor de contraer el virus si tan solo ponen un pie en la calle.

La burbuja que los ha protegido, es ahora la barrera que los contiene. Debemos prepararlos mentalmente para ello.

También los colegios y escuelas deben estar preparados para que sus aulas y salones tengan ventilación y espacios de distanciamiento entre los alumnos. Muchas escuelas privadas han logrado ajustarse a los protocolos, pero otras no lo han hecho. Ya no digamos las escuelas públicas en las que no solo no se ha invertido en acondicionar los salones, sino que dejaron de pagarse servicios básicos como el agua, la luz, el internet y el más ordinario mantenimiento.

Muchas escuelas públicas fueron objeto de rapiña, se robaron equipo y mobiliario, cancelaría, ventanas, que no han sido reinstalados.

¿Cómo regresar a una escuela que no brinda un estándar mínimo de seguridad sanitaria?

Es entendible que los niños y jóvenes regresen a clases presenciales, pero debe ser planificado, bajo esquemas híbridos en un inicio, tal como se ha hecho en las oficinas donde se escalonan horarios y días presenciales con virtuales.

México, junto con otros 18 países, forma parte del grupo que no ha permitido el regreso a clases presenciales. Es hora de hacerlo.

Si queremos que nuestros niños y adolescentes creen recuerdos felices de sus etapas de desarrollo, brindémosles las herramientas necesarias de cuidados de salud física y mental. Todo de una manera responsable y ordenada.

Las autoridades escolares y los padres de familia no tienen por qué estar contrapunteados, debemos trabajar brazo con brazo para permitir un regreso a clases disciplinado.

Esta pandemia pasará, pero también pasarán los mejores años de la niñez y adolescencia de nuestros hijos. Ayudemos a que construyan recuerdos y que vivan su “primera vez” en todo lo que se pueda, pero siempre en las mejores condiciones que no los coloquen en un estado más vulnerable.

 

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