sábado 18 septiembre, 2021
Mujer es Más –
COLUMNAS GILDA MELGAR

Gloria o la dicha de estar vacunada

Por. Gilda Melgar

Éramos miles. Todos de 50 y más citados a las 9:00 de la mañana en el Pepsi Center de la Nápoles.

Sobre la banqueta, unos jóvenes con chalecos verdes fueron checando nuestra hoja de registro y encaminándonos al primer filtro, en el que verificaron nuestra identificación oficial contra el formato.

Ya con la temperatura tomada y gel en las manos, vamos todos en fila india a la primera estación. Sentados y expectantes, algunos muestran un gesto de evidente miedo. Otros, los ojos brillantes de emoción. Me percibo entre el segundo grupo porque no puedo evitar un gran nudo en la garganta. Me siento muy emocionada. En unos minutos estaré dando el primer paso a la esperanza de volver a abrazar a los míos. A mis padres que ya no pude visitar en abril del 2020, a mi hermana y a su familia, con los que tengo una año y medio de no convivir. Y a mis amigos. Cuántos cafés y desayunos nos esperan a la vuelta de la esquina.

Observo a los demás y descubro con asombro mi propia vejez. Ellas y ellos, cual espejo, me muestran que sí, que ya no hay vuelta atrás. Somos adultos mayores. Nuestros cabellos son parcial o totalmente grises, nos sobra peso y la piel de los brazos tiene las huellas o marcas de haber ganado infinitas batallas, entre ellas la del Covid.

Unos van con traje deportivo, la mayoría acudieron como yo, de pantalón de mezclilla y blusa o camisa de manga corta, prestos al piquete.

Otro chaleco verde nos levanta de la silla y nos lleva a la célula 47. Una mesa con doce sillas, seis de cada lado y dos enfermeras a cargo. Me siento en una película de ciencia ficción.

La enfermera jefa nos echa un rollo sobre la higiene y la seguridad de la vacuna mientras nos muestra las 12 jeringas sin abrir y dos frascos de Pfizer, de donde extraerán el líquido exacto para seis dosis, cada una de 3 mililitros. Nos pregunta si padecemos alguna afección o enfermedad crónica. Todos negativos. También nos informan que, en las próximas 48 horas no debemos ingerir alcohol, fumar o hacer ejercicio pesado, pero sí debemos mover el brazo para evitar el dolor muscular normal en estos casos. Siento un alivio enorme al pensar que para el domingo ya podré disfrutar de mi shiraz favorito. La verdad, es lo único que me preocupaba.

Soy la primera de la mesa en recibir la inyección. El líquido entra por mis venas y siento un ardor muy caliente (no se rían), muy parecido a un shoot de complejo B. Algo denso ha entrado en mi cuerpo. Me siento bendecida y afortunada de ser vieja.

Mientras “piquetean” al resto de los chavorrucos, tomo unas fotos panorámicas con mi cel, medio a escondidas. El salón ya está lleno y alcanzo a ver que aún siguen ingresando.

La escena democrática y republicana no sólo me fascina, también me hace sentir alivio de que mis impuestos -al menos para esto- sí están trabajando. Mientras que una señora lleva puesto un mandil encima de su blusa, otra porta un traje deportivo con el monograma de Gucci. Ignoro si es original o fake, lo impactante aquí es que todos somos unos simples mortales clasemedieros con ganas de seguir viviendo la vida loca.

Una vez vacunados, nos retienen tres minutos alrededor de la mesa y, acto seguido, nos enfilan al fondo del recinto, donde el gobierno capitalino acondicionó una sala de observación, en la que -nos informan- permaneceremos unos 20 minutos.

Me siento y notifico al mundo vía Facebook que ¡ya estoy vacunada!

Un joven con bata de estudiante de medicina da la bienvenida a mi fila y nos comenta que, mientras hacemos tiempo para observar la reacción del cuerpo, nos pondrán una rutina física y, para rematar su discurso de “doctorcito” en ciernes, le pregunta a una señora: ¿está todo claro mamacita? Me enojo al advertir su tono aniñado, como si tratara con tarados. El edadismo a todo lo que da. Concluyo que debo prepararme para los 60, cuando ya me traten no sólo como tonta sino también como sorda. En fin.

Nos piden que nos pongamos de pie y de pronto empieza a sonar “Gloria”, la canción que inmortalizó a Laura Branigan en 1982.

Recuerdo que yo misma me compré ese álbum y que lo bailaba una y otra vez a los 16 años. Bailo y lloro al mismo tiempo no sólo porque recuerdo mi juventud y lo feliz que fui con esta canción, sino por pura nostalgia.

Muevo el esqueleto lo que puedo y mientras alzo los brazos canturreo:

“Gloria, don’t you think you’re fallin’?
If everybody wants you
why isn’t anybody callin’?
You don’t have to answer,
leave them hangin’ on the line,
oh-oh-oh, calling Gloria“…

Y pues sí. Qué gloria estar vacunada. Qué gloria sentirme viva y sana, a pesar de la edad. Cierto es que apenas es la primera parte hacia la inmunidad. Debo volver en tres o cuatro semanas. Pero mientras, qué gloria estar agradecida y contenta de ser muy adulta.

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