lunes 14 junio, 2021
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60 años de “Viridiana”

Una vez que Luis Buñuel la rodó en España, con Silvia Pinal, Fernando Rey, Francisco Rabal y Margarita Lozano en los papeles principales, Viridiana fue proyectada en la sesión de clausura del Festival de Cannes de 1961 y obtuvo la Palma de Oro ex aequo (compartida) con Una larga ausencia, de Henri Colpi.

Esa noche, José Muñoz Fontán, director general de Cinematografía y Teatro del gobierno franquista, subió al estrado a recoger el prestigioso premio con una amplia sonrisa dibujada en el rostro… Sin embargo, al día siguiente, L’Osservatore Romano, el órgano oficial del Vaticano, publicó una feroz crítica que hacía hincapié en la índole blasfema del filme de Buñuel.

De inmediato, Muñoz Fontán fue destituido de su cargo, el régimen franquista prohibió cualquier mención de Viridiana en los medios de comunicación y la película misma se esfumó en el aire, como si nunca hubiera sido filmada.

Por fortuna, alguien (corre la versión que fue el torero Luis Miguel Dominguín) logró sacarla de España de manera clandestina y llevarla a París, desde donde su productor, el mexicano Gustavo Alatriste, entonces marido de Silvia Pinal, distribuyó varias copias a distintas partes del mundo. Una de ellas, obviamente, llegó a México.

“Algo muy interesante es que aquí, en México, Viridiana no participó en la Reseña Mundial de Cine de 1961 por temor a que ocasionara problemas. En la UNAM se exhibió en una sesión semiprivada y desató un escándalo. Yo no asistí a ella porque era muy joven y todavía no empezaba a escribir crítica de cine (lo haría en 1963). Finalmente se estrenó el 24 de mayo de 1962 en el cine Orfeón, que estaba en la calle Luis Moya, a la vuelta de la Alameda Central”, dice Jorge Ayala Blanco, profesor e investigador de la Escuela Nacional de Artes Cinematográficas de la UNAM y afamado crítico de cine.

Bomba de tiempo

Ayala Blanco recuerda que, cuando Buñuel regresó a España para filmar Viridiana, todos, en especial los exiliados españoles en México, lo atacaron y criticaron duramente, pero cuando se dieron cuenta de que en realidad el cineasta español había puesto una bomba de tiempo en manos de Franco y sus secuaces, se desdijeron.

En la primera parte de esta película, por orden de su superiora y antes de tomar los hábitos, la novicia Viridiana llega a la hacienda de don Jaime, su tío y benefactor, a visitarlo, pero don Jaime, quien le encuentra una extraordinaria semejanza con su difunta esposa, muerta en la noche de bodas, se enamora de su sobrina y, tras convencerla de que se quede más tiempo con él, la narcotiza con la intención de violarla.

En opinión de Ayala Blanco, Viridiana causó escozor sobre todo a partir de la segunda parte, cuando la protagonista, en un acto de caridad cristiana, aloja a un grupo de mendigos en la hacienda de su tío, que recién se ha suicidado.

“Buñuel era muy hábil, pues lo subversivo, o lo que puede pasar por subversivo o blasfemo en Viridiana, está perfectamente disfrazado. Ni siquiera la escena de la última cena es una blasfemia, tan sólo es una réplica dramatizada de este episodio de Jesucristo, pero visto a través de la famosa pintura mural de Leonardo da Vinci. Buñuel siempre se quedaba un paso atrás de la blasfemia, nunca cayó en ella”, agrega.

Por lo demás, es evidente que al cineasta español, nacido en Calanda, en la provincia de Teruel, el 22 de febrero de 1900, y fallecido en la Ciudad de México el 29 de julio de 1983, le encantaba añadir elementos irónicos en sus películas para burlarse del público.

“Así, en este caso, por ejemplo, introduce la música del Réquiem de Mozart cuando el tío narcotiza a Viridiana y la deposita en un lecho vestida de novia, que es como las novicias toman los hábitos para casarse con Jesucristo”, indica Ayala Blanco.

Final abierto

Viridiana, de acuerdo con el profesor, investigador y crítico de cine universitario, está llena de insinuaciones y elipsis, gracias a lo cual, por ejemplo, no se sabe si, en efecto, don Jaime violó a su sobrina después de narcotizarla.

“Buñuel siempre manejaba todo ‘a punto de’. En el epílogo, en ningún momento deja claro que Jorge, el primo de Viridiana, hará un trío sexual con ella y Ramona, la sirvienta. Sólo lo insinúa con una escena en la que los tres juegan al tute, un juego de naipes. De este modo, el final queda abierto. De hecho, es el final más abierto de todas las películas de Buñuel.”

Al respecto, es oportuno señalar que, en el primer final concebido por Buñuel, Viridiana tocaba la puerta de su primo, la puerta se abría, Viridiana entraba y la puerta volvía a cerrarse… No obstante, este final fue censurado por las autoridades españolas, por lo que el cineasta español ideó otro “mucho más pernicioso”, según sus propias palabras.

“Viridiana siempre me ha parecido una ‘orgía de pureza’, para utilizar un término de Buñuel. Es como Justine o los infortunios de la virtud, del Marqués de Sade, pero en ella la virtud continúa hasta el final, pues no contiene una sola escena realmente sexual. Pertenece a lo que podríamos llamar la época más púdica de Buñuel”, apunta Ayala Blanco.

Buñuel, para quien “la moralidad basada en nuestras instituciones sociales más injustas, como la religión, el patriotismo, la familia y la cultura: en una palabra, los llamados ‘pilares de la sociedad’”, era inmoral y debía ser combatida, pensaba en Viridiana como una película de humor negro, “sin duda corrosivo, pero sin planear y espontáneo”, en la que había expresado determinadas obsesiones eróticas y religiosas de su infancia.

“Las grandes películas de Buñuel no son las mexicanas (Los olvidados hoy se ve como un sermón laico y un panfleto contra los pobres) ni las francesas, sino las españolas, o sea, además de Las Hurdes, Viridiana y Nazarín (las cuales se basan en tres novelas de Benito Pérez Galdós: La loca de la casa, Halma y Nazarín), porque son parábolas católicas; reflejan al Buñuel profundo, al Buñuel educado por los jesuitas. Para mí, el Buñuel español es el más importante, al que hay que reivindicar”, concluye Ayala Blanco.

La frase

“Buñuel jugaba con la idea de que era ateo gracias a Dios, que es mucho más que una simple expresión. Sin embargo, era profundamente católico, vivía en función de la culpa y el pecado. Todas las noches recibía al padre Julián Pablo, su amigo y confesor. Yo lo visité varias veces. A una determinada hora se despedía de todo el mundo porque ya venía su confesor, y se confesaba todos los días”

Jorge Ayala Blanco
Profesor e investigador de la Escuela Nacional de Artes Cinematográficas de la UNAM
y afamado crítico de cine.

Gaceta UNAM

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