martes 18 mayo, 2021
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«RIZANDO EL RIZO» Una ética transgresora: la “generación de cristal”

Por. Boris Berenzon Gorn

A la memoria de Hilda García Mariscal, 
madre ejemplar, mujer fuerte, valiente, extraordinaria. 
Con todo mi cariño.

Los padres de los centennials hemos sido —irónicamente— quienes nos hemos obstinado en llamarle “generación de cristal” a la de nuestros hijos. Pero antes que mis compañeros de generación se rasguen las vestiduras, lo que sigue no es un mea culpa. Muy por el contrario, considero que, como educadores, algo hemos hecho muy bien. Nosotros, nuestras generaciones (incluso la de los millennials), vivimos en sociedades de violencia normalizada, de una ética laxa en lo que respecta al respeto, la tolerancia y la visibilización de las minorías. Dicho de otra manera, aprendimos a construir relaciones sociales basándonos en la exclusión, la homogeneización y el acoso. Lo mismo puede aplicarse entre los amigos que hacían bromas “inofensivas” al de menor estatura, acento extraño, gordo o con alguna discapacidad, que al “amante galante” que buscaba el amor de su mujer ideal persiguiéndola, negándose a aceptar el no o “robándole un beso” en contra de su voluntad.

Esta pequeña muestra de prácticas aparentemente inocentes que fueron normalizadas como parte de la construcción de nuestras relaciones interpersonales inundan la literatura y la música; aparecen en cine, radio y televisión. Son populares y fueron socialmente aceptadas. Por lo tanto, se ha asimilado con falsedad que esto las hace correctas. Hoy, cuando los jóvenes se quejan de ellas o piden que se las censure, parece una ofensa para sus padres, tíos y hermanos mayores, que les han dado el apelativo de “generación de cristal”, asumiendo que se trata de una generación incapaz de aguantar lo que nosotros sí, lo que creemos que nos hizo fuertes, lo que moldeó “nuestro carácter”.

Pero para abandonar esta propensión a la incomprensión crítica, es preciso analizar el hecho con una visión histórica y sociológica. Por un lado, la distancia generacional no solo tiene que ver con la sucesión temporal. Para el sociólogo Philip Abrams, el concepto “generación” tiene más bien que ver con la construcción de las identidades en el espectro histórico a partir de significados aceptados por todos. A lo largo de la historia, las grandes transformaciones han sido, en buena medida, enfrentamientos generacionales. Los jóvenes de los años sesenta hicieron estallar la antigua moral de sus padres y abuelos no solo en Francia sino también en nuestro país. Los transgresores muchachos del movimiento estudiantil, algunos que incluso perdieron trágicamente la vida en Tlatelolco, abanderaban la negativa a aceptar la censura que habían vivido sus padres.

Si nos detenemos ante este hecho, parece ser que la serie de símbolos que aparecen en el espectro temporal en que se desarrolla una sociedad produce distintos significados para cada una de las generaciones, lo que puede explicar que los hijos defiendan la justicia y el cambio de las condiciones que oprimieron a sus predecesores, que defiendan las causas por las que ellos no pudieron, no quisieron o —simplemente— no se atrevieron a luchar. La “generación de cristal” está compuesta por los hijos de quienes vivimos la violencia cotidiana que ahora consideramos necesaria para “ser fuertes”. Paradójicamente, fuimos nosotros quienes enseñamos a nuestros hijos a no aceptar esas condiciones que marcaron nuestras propias vidas, a no admitir el maltrato, a no normalizar el acoso. Transmitimos consciente o inconscientemente sus consecuencias. Esa irrupción a nuestra antigua moral moldeó un nuevo modelo ético.

 

Es decir: los jóvenes actualmente tienen una concepción distinta de lo tolerable, de cómo relacionarse entre sí y de lo que deben o no deben admitir. Muchas de las mujeres que se han atrevido a alzar la voz contra la violencia de género en nuestro país son —precisamente— mujeres jóvenes (no todas), y han dejado en claro que demandan una ruptura ante la generalización del acoso, de la misoginia discursiva, de la violencia física que en trágicas ocasiones termina en feminicidio. Ya no se tolera éticamente que una madre de familia sea violentada en casa, que se juzguen las capacidades intelectuales de una mujer por su género o que sea su obligación ser madre, cuidar a sus hijos y dedicarse a las labores domésticas. Esta ruptura es transgresora, y aunque apenas representa un grito en medio de una situación de violencia generalizada al que aguarda un inmenso trabajo a futuro, abre al mismo tiempo la posibilidad de un nuevo pensamiento crítico, ético y del trabajo en favor de la equidad.

Lo mismo ocurre con la comunidad LGBTIQ+, donde el cambio generacional se siente entre los miembros mismos. La visibilidad se ha convertido en un asunto de primer orden, y esa visibilidad es una inminente exigencia de respeto. Se han roto los cánones de las formas de sexualidad construidas desde el heteropatriarcado y merecen especial atención los grupos de intersexuales, demisexuales, sapiosexuales y evidentemente queer, cuya visibilidad aún en tiempos recientes sigue representando una lucha constante, ya no solo frente las sexualidades normativas sino incluso entre miembros de su propia comunidad. Sin embargo, estos movimientos engloban la negativa a la imposición de la sexualidad y la identidad, al mismo tiempo que reivindican el derecho a lo heterogéneo, lo que rompe con los cánones asociados a las masculinidades y feminidades hegemónicas.

Estos ejemplos, aunados a muchos otros movimientos que promueven la eliminación de las prácticas de violencia y acoso, tienen una fuerza inusitada que vale la pena tomar en cuenta. En la medida en que se generaliza un nuevo pensamiento ético y se reprimen y censuran prácticas que estaban anteriormente normalizadas, se viven transformaciones que pueden traer ventajas y desventajas. En general, en el caso que tratamos, solo se han querido ver las desventajas: se dice que el lenguaje se complejiza, que las relaciones interpersonales se vuelven frágiles ante la intolerancia de la ofensa y se tiene el supuesto de que los centennials, dicho en jerga coloquial, “no aguantan nada”. Sin embargo, si miramos con optimismo las transformaciones que se viven hoy día, quizá veremos también personas más cómodas con sus sexualidades, identidades, géneros, cuerpos y demás características que constituyen derechos humanos.

Aunque gran parte de estas prácticas pueden parecernos transgresoras, e incluso han conseguido escandalizar, si trabajamos por una conciencia crítica e histórica, nos daremos cuenta de que no es la primera vez que esto ocurre y que nosotros mismos hemos sido parte de numerosos cambios. Ya no es norma aceptada mirar en la calle a una madre violentando a sus hijos, a una mujer golpeada por su marido o siendo tocada inapropiadamente. No significa que estas cosas no sucedan, sino que prácticamente nadie asumiría que son correctas, así que, sin darnos cuenta, también nosotros hemos sido actores de transformaciones generacionales. 

Ilustración. Diana Olvera

Manchamanteles

TikTok está lleno de centennials. Cada vez más miembros de otras generaciones se suman, pero es necesario admitir que esta red social tiene el completo dominio de las juventudes. Tuiteros importantes, así como usuarios de otras redes como Facebook e incluso Instagram, han tachado en numerosas ocasiones a TikTok por ser vacuo y artificial. Sin embargo, las apariencias engañan. Esa red social tiene características que podrían convertirla en una peligrosa (en el buen sentido) arma política. Por un lado, promueve la heterogeneidad como ninguna otra red, su algoritmo es fácilmente adaptable y, sobre todo, está inundada de prácticas que, aunque parecen inofensivas, tienen el potencial de ser transgresoras. Sin embargo, lo lúdico y breve del contenido admitido muestra los mismos conflictos de una sociedad que normaliza tipos de cuerpos, tonos de piel e incluso edades, aunque al mismo tiempo es mensajero de multiculturalidad y mantiene su nivel necesario de conflicto. De cualquier modo, no debe olvidarse el interesante papel que tuvieron las redes sociales en la Primavera Árabe.

Narciso el obsceno

Le dijeron insistentemente a Narciso que su casa estaba a punto de derrumbarse. Estaba seguro de que era imposible: ¡él la había construido! “¿Quién podría haber hecho algo mejor?”, se preguntaba, riendo a carcajadas, en medio de los escombros.

 

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