martes 18 mayo, 2021
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COLUMNAS GILDA MELGAR

«DOLCE ÁLTER EGO» Mafalda y la sopa

 

Mafalda, la niña argentina, progresista, feminista, filósofa, idealista, empática e irónica que creó el gran humorista y recién fallecido Quino, odia la sopa como a ninguna otra cosa en el mundo. 

Comérsela es una obligación que le imponen en casa en “aras de su salud”. Por ello, su alma rebelde no pierde oportunidad de denunciar la crueldad parental de la que es víctima y sueña con que llegará el día en que ya no tenga que tomarla. Muchas veces Mafalda se traga a cucharadas su frustración animada por la promesa del postre: los panqueques que sí ama.

En el sitio oficial de Quino está publicada una entrevista en la que el caricaturista responde así a la pregunta de si a él le gustaba la sopa: “Sí, si, la sopa es una metáfora sobre el militarismo y la imposición política”

Y sí, en el universo “mafaldiano” la sopa es sinónimo de opresión, deber ser y hasta de mal gusto

Mafalda, la feminista que observa a su madre pasar todo el día en afanes domésticos, se sube un día al comedor y le grita: ”¡Trabajas como una negra en la cocina!…¿y para hacer qué?…¡sopa!”.

Pienso en el enorme bowl con cucharón incluido que Raquel lleva a la mesa a la hora el almuerzo e imagino su contenido. Quizás la sopas que servían las madres promedio de los 60 eran muy parecidas a las que vienen en las latas que Warhol inmortalizó. O sea, espantosas. ¡Pobre Mafalda! No la culpo ¡Tener que tragarse un puré insípido y masudo de brócoli o zanahoria!  

Pero vamos por partes. ¿Por qué algunos odian la sopa? y ¿por qué este alimento es generalmente poco valorado?

De acuerdo con el diccionario de la RAE, una sopa es un “plato compuesto de un caldo y uno o más ingredientes sólidos cocidos en él”. Salvo su mejor opinión, lo que vino a mi mente al leer esta definición no fue precisamente la imagen de algo “exquisito”.

Lo cierto es que, en sus orígenes, la sopa debió verse así, como algo caldoso con sólidos y ya. Hay indicios de que algunas civilizaciones primitivas -como la de Nueva Guinea- calentaban agua en piedras ahuecadas. Por esto es probable que la primera sopa, tal y como la concebimos actualmente, haya sido uno de los caldos elaborados por aquellas sólo con hierbas ácidas y algún vegetal.

Más tarde, gracias al cultivo de los cereales, los caldos comenzaron a espesarse con diversos granos, creando así las primeras “cremas” -como les llamamos en México a las sopas espesas-. 

Lo innegable es que, a lo largo de la historia, las sopas fueron creadas más por razones meramente prácticas o económicas que por inspiración culinaria. Y la mayoría de ellas tienen como denominador común su origen humilde o campesino. 

De hecho, muchas de las sopas emblemáticas de la cultura occidental surgieron así, como la Boullabeise, el famoso caldo de pescado de la Provenza francesa, cuyo nacimiento es tan humilde como el de los pescadores que la preparaban para su autoconsumo con los recortes de pescado barato que quedaban al final de su jornada.

¿Quién iba a creer que un día este plato hecho de sobrantes iba a engalanar las mesas de restaurantes con estrellas Michellin como Le Petit Nice del afamado chef Gérald Passedat? Claro que la bullabesa que Gérald sirve hoy como parte de su menú no es cualquiera porque la suya es recreación del “plato favorito de su infancia” servido ¡en tres tiempos! ¡Que elegancia la de Francia!

Por otra parte, las humildes sopas también han salvado vidas a lo largo de la historia. Por ejemplo, en los períodos de posguerra caracterizados por hambre generalizada en que los pocos alimentos disponibles iban todos a las ollas. Pensemos en el ajoblanco, la sopa de migas y hasta en la tortilla española que surgió justo en la guerra civil cuando el huevo y las papas eran parte de los ingredientes que se disponían en la cartilla de racionamiento alimenticio. 

Y ¿qué tal los caldos que nos salvan “el día después” de las borracheras, como el consomé de barbacoa, la birria o la pancita? Impensable recuperarse si no es con un guiso caldoso, caliente y picante. 

Cuando enfermamos, especialmente de gripe, lo único que se antoja comer es un caldo de pollo con verduras y no es sólo un antojo del cuerpo, también es del alma. 

Llegada a este punto sólo puedo concluir que la razón por la que Mafalda odiaba la sopa no tenía que ver sólo con su sabor. Creo que la niña adelantada a su tiempo le odiaba por la simple asociación con la esclavitud doméstica de su madre y por una cuestión de conciencia de clase.  

Ojalá Mafalda hubiera tenido tiempo de crecer. Volverse una adulta independiente. Emancipar a su madre y llevarla consigo a recorrer el mundo con el que tanto soñaba al ver su globo terráqueo. 

Estoy segura de que juntas habrían descubierto las delicias del ramen japonés, lo exótico del curry tailandés o quizás hubieran disfrutado de un espeso y reconfortante Clam Chower en la bahía de San Francisco. 

En la vida como en las sopas, todo sabe mejor si tiene sabor a libertad. 

 

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