viernes 16 abril, 2021
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CEREBRO 40 BÁRBARA LEJTIK COLUMNAS BLOGS

«CEREBRO 40» ¡Paren el mundo que me quiero bajar!

 

Todos hemos disfrutado las historietas de Mafalda, no puedo recordar mi niñez sin ellas, mi papá las coleccionó todas y yo era de verdad muy feliz leyéndolas. En ese tiempo yo era una niña, una niña muy pequeña, sin duda Mafalda tiene varias lecturas, porque a mí me causaba muchísima gracia, estando lejos de comprender el trasfondo social de la historieta.

El gusto por Mafalda y sus amigos no lo perdí jamás, pero si reconozco que con los años me di cuenta que era algo más que una niña ingenua que aborrecía la sopa y que en realidad el contexto de sus comentarios iba más allá.

En 1973, después de once años haciendo la tira para diferentes medios Joaquín Salvador Lavado Tejón mejor conocido por el mundo cono Quino, decidió dejar de hacer las historietas.

El problema fue que esta adorable niña no se fue, se quedó por sus propios méritos en la casa y en el corazón de todos quienes la leímos alguna vez.

Insurrecta Mafalda, Rebelde Mafalda, Humana Mafalda.

Un personaje que logró retratar el idealismo utópico de los convulsos años sesentas de la sociedad Porteña Argentina, un espejo de la clase media y de la juventud progresista.

Pocos sabrán que Mafalda nació en un principio como propuesta publicitaria para una línea de electrodomésticos y que la única condición del personaje era que empezara con la letra ¨M¨, por la marca que era “Mansfield”, Quino, se inspiró en el nombre de una bebé que salía en la película Dar la cara, de la novela homónima de David Viñas.

Pero Mafalda tomó vida propia, se apoyó de la pluma de su creador Quino y empezó a dar opiniones y a cuestionarse sobre las situaciones sociales de su alrededor, muy poco o nada sirvió como publicista de los electrodomésticos aquellos, porque su carácter a veces pesimista y contestatario, pero sin duda idealista y humano, sobrepasó las líneas para las que estaba destinada, ella tomó vida propia y a su existencia fueron llegando otros personajes, personajes reales, porque todos estuvieron inspirados en amigos, conocidos o familiares de Quino, quien retrató en ellos a las ideologías más marcadas de la época. Así es como conocimos a su padre, corredor de una compañía de seguros, fanático del cultivo de flores de interior, como forma de dar vida al espacio tan restringido que tenía para existir, a su madre Raquel, prometedora pianista que sin dudarlo dejó todo para dedicarse a la familia.

A sus amigos del barrio, Felipe, el eterno soñador, tímido, despistado, agobiado por los deberes, lector insaciable del Llanero solitario, jugador de ajedrez y eterno enamorado no correspondido.

Manolito, el monstruo capitalista, hijo de un inmigrante gallego, dedicado a atender el almacén de su padre “Don Manolo”, tosco y ambicioso. Un retrato maravilloso de personajes que yo creería Quino leyó, como Napoleón de La Granja de George Orwell.

Susanita, la simpática parlanchina, pendenciera, racista y despectiva, pero al final genuina y consistente; fiel admiradora de la oligarquía, quien tenía como máxima aspiración casarse con un rico empresario o director corporativo y tener muchos hijitos.

Miguelito, siempre cuestionando, descendiente de una familia mussoliniana, quien ante la presión de sus padres por ser hijo único solo atina a contestar “ Yo lo que quiero que me salga bien es la vida”.

Guille, el pequeño hermanito, llama “Loz Viejoz” a sus padres, acérrimo admirador de Bridgitte Bardot, dueño de una clara y locuaz inteligencia.

Y mi favorita, la pequeña Libertad, libre pensadora, feminista, socialdemócrata, quien tiene una retórica a veces confusa, existencialista y claramente seguidora de la filosofía de Jean Paul Sartre.

¿Quién dijo que la vida comienza a los cuarentas? ¿Y para qué cuernos nos hacen venir con tanta anticipación?

Se pregunta una profunda y lucida niña que va al jardín de infantes y en las tardes juega futbol con sus amigos.

Mafalda trascendió todas las barreras, las ideológicas y geográficas, fue traducida a más de 30 idiomas y en la introducción de la versión para Italia, Umberto Eco declara “quererla muchísimo” y yo creo que a todos nos pasa lo mismo.

La queremos, la vemos como parte de nuestra vida, nos enternece a la vez que nos hace razonar, Mafalda es como una pequeña amiga sentada en la mesa de muchos de nosotros, camina por las calles y nos contagia con sus preguntas siempre directas como:

¿Por qué en este mundo hay cada vez más gente y menos personas?

O con sus afirmaciones contundentes como:

No será que esta vida moderna tiene más de moderna que de vida- o –Como siempre lo más urgente no deja tiempo para lo importante-

Quino, quien fuera homenajeado en 2014 con el premio Príncipe de Asturias de comunicación y humanidades, dejó este plano terrenal hace unos pocos días.

Su creatividad e inmensa cantidad de preguntas sin respuesta nos queda como muestra de su maravilloso paso por la vida.

Para recordarlo siempre tendremos a Mafalda y a sus amigos, y es una responsabilidad gustosa la que tenemos los adultos de compartirla con nuestros hijos.

Mafada es una forma divertida, clara y alegre de filosofar y crear conciencia, de ser lectores pragmáticos y ciudadanos capciosos e inconformes con los parámetros y estigmas sociales y las decisiones poco responsables y empáticas de las esferas más altas del poder.

 

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