jueves 24 junio, 2021
Mujer es Más –

 

La moral es una convención privada; la decencia, una cuestión pública. 
Toda licencia demasiado visible me ha hecho siempre 
el efecto de una ostentación de mala ley.
 Marguerite Yourcenar

Todo el mundo —a su manera— está cansado de la injusticia. En Estados Unidos, del racismo imperante que durante siglos ha construido la ilusión de la igualdad cimentada en terribles opresiones. En América Latina, de la que nuestros viejos gobiernos autoritarios sembraron y cuidaron celosamente poniendo todos sus esfuerzos en ver crecer ese enorme y robusto árbol llamado impunidad. Frente a un reiterado camino de injusticia, cabe preguntarse cuáles son los caminos válidos para la exigencia y cuáles no hacen más que repetir lo que tan encarnizadamente se combate.

Probablemente, ninguna persona pueda presumirse neutral frente a ningún conflicto humano. La empatía o, de plano, la aversión siempre se harán presentes de alguna forma, sea por afinidad hacia un valor más noble o por rechazo a lo que pensamos inmoral, injusto o, simplemente, inaceptable. Conscientes de su propia subjetividad, las sociedades han creado una serie de leyes y tribunales que pretenden velar por las normas mínimas de convivencia desde el estándar más objetivo posible. 

Más allá de nuestras opiniones y contradicciones, hemos construido estos sistemas aspirando a que haya mínimos que nadie pueda cruzar. No importa lo que la religión diga ni el humor con que se despierte uno un día, no podemos matar a otra persona. Importará —quizá— si fue en defensa propia, si esa persona estaba amenazando antes nuestra vida o si nos había agredido de alguna forma, pero no será relevante si la persona nos caía mal, si estaba uno de acuerdo con su ideología política, o no, o si nos desagradaba mucho que defendiera teorías reptilianas o conspiracionistas.

Las normas que resguardan estos tribunales pretenden igualmente ser neutrales y proteger en igualdad a la ciudadanía según la definición que impere en ese momento histórico. Hay un pacto implícito que todos hemos firmado al estar regidos por esas normas, e implica que entendemos que la justicia tiene sus canales, sus procedimientos e —incluso— su forma de renovarse para mejor. Es cierto: estos mecanismos frecuentemente se corrompen o protegen solo a un tipo de ciudadano, con lo que se demuestra que no abarcan una categoría tan amplia como la que dicen proteger.

Lo que procede, entonces, es renovar el mecanismo, hacerlo funcionar, porque está ahí para toda la sociedad y no para unos cuantos. Desconocer dicho mecanismo, sin embargo, no hace más que dejarnos desprovistos de un común acuerdo sobre lo que significa la justicia. Si las leyes no deciden lo justo, si los tribunales o las instituciones encargadas de la impartición y administración de justicia tampoco, ¿quién soy yo para definirlo? ¿Quién es mi vecino para proclamarse poseedor de la verdad? ¿Quién es mi abuelito, mi mejor amigo, mi maestra del kínder, para decidir cuáles son los procedimientos para tratar un atropello?

Si no existen estos comunes acuerdos o si no se respetan, cualquiera puede proclamar como válida su versión de la justicia, y esta puede ser tan descabellada como le venga en gana. Ese es el gran problema de los tribunales extrajudiciales. Al desconocer la noción común de la justicia, instauran un periodo en que cualquiera puede imponer su visión del mundo, en que todos los procedimientos ante las faltas son válidos y en que todos podemos ser jueces y, por lo tanto, todos podemos ser imputados. Solo hacen falta dos cosas: que alguien se sienta moralmente superior a otro y que una masa lo respalde. 

Los tribunales extrajudiciales no son asunto nuevo. Durante décadas, los medios de comunicación, como periódicos y televisión, han desempeñado este papel. Lo han hecho a veces en nombre de las causas “nobles”, pero también con objetivos abiertamente racistas o discriminatorios. A la luz de los derechos humanos, realmente no importa qué tan “nobles” sean los objetivos que un tribunal de esta naturaleza diga perseguir; lo cierto es que, al no apegarse a los procedimientos a los que toda persona tiene derecho, atentan contra la dignidad humana.

Los quijotes que esgrimen la tesis de que las redes sociales son el principal utensilio creado para que los “ciudadanos digitales” impongan su justicia, respaldan un ciberespacio autónomo donde no hay dependencias y se presentan como ajenos a las responsabilidades de sus actos, pero ¿qué pasa con las consecuencias del deterioro de la reputación de aquellos injustamente acusados por vicisitudes imaginarias o falsas? Como bien ha señalado Osvaldo Morales, “¿quién puede devolver la dignidad perdida después de que tu nombre ha sido puesto en una vitrina global?, ¿quiénes responderán por las venganzas sin asidero?, ¿hay  realmente una proporcionalidad entre el daño cometido y el repudio viralizado?”. Es el reino de Fuenteovejuna el que hoy desnuda una de las perversiones más terribles del capitalismo: el fingimiento de la igualdad y la democracia que no están en las redes sociales.

Este fenómeno se ve hoy replicado en la web 2.0. Los juicios que en ella se efectúan sobre el actuar y proceder del imputado en turno reflejan que vivimos en una época en la que el concepto común de la justicia peligra frente al que la multitud pretenda aceptar como válido. Podría pensarse que es producto del hartazgo frente a la impunidad que ha castigado al país, pero lo cierto es que el fenómeno se repite en todo el mundo. ¿Qué se esconde detrás de esta nueva realidad en la que todos tienen derecho a fiscalizar todos los cajones de los armarios de los otros? Es, a todas luces, una ruptura dentro de nuestras sociedades. La pregunta es si ésta tendrá reparación y si nos dejará respirar entre tanto humo. 

Ilustración. Diana Olvera

Manchamanteles

El pasado 4 de septiembre se conmemoró el Día del Inmigrante. Podría decirse —sin exagerar— que todos los que habitamos la sociósfera contemporánea somos parte de migraciones que se han convertido en intensas y generosas diásporas de casi todos los grupos humanos a lo largo de nuestra historia. Julia Kristeva (Bulgaria, 1941) muestra con  una erudición exquisita y catártica en su libro Extranjeros para nosotros mismos (1991)  que la figura del extranjero va más allá de la idea simple de que es aquel que arriba de otro lugar, el extraño, desemejante, el otro en un espacio disímil marcado por las fronteras imaginarias que ha impuesto la geopolítica al servicio del sistema actual. Pero Kristeva va más allá e insinúa con astucia que existen en cada sujeto sombras inexploradas o inconscientes que delatan nuestra permanente migración vital.

Narciso el obsceno 

Inmaculada Jáuregui (2001) plantea el concepto del “ecoísmo” a partir del llamado complejo de eco, una propuesta para distinguir una forma compleja pero cotidiana de dependencia emocional conocida como codependencia, muy ligada al mundo de las adicciones, de tal suerte que la adicción al amor —por ejemplo— muestra a un sujeto que aunque en apariencia se asienta en el extremo opuesto del narcisismo, huyendo del egocentrismo para  complacer al amado, en el fondo es un narcisista disfrazo de bondad y generosidad para controlar el espejismo del amor. ¿Qué, hay otros?

 

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