martes 18 mayo, 2021
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«RIZANDO EL RIZO» Hacia el centenario de “Chava” Flores

 

A la memoria de Elisa García Barragán, ejemplo de virtudes. Maestra y amiga.

Hace algunos días, reflexionar sobre el racismo y la pigmentocracia me llevó a recordar a Chava Flores y a comprobar que, a más de 30 años después de su muerte, sus canciones siguen reflejando a la sociedad mexicana. Salvador Flores Rivera nació el 14 de enero de 1920 en el barrio de La Merced, uno de los más antiguos y tradicionales de la Ciudad de México (en la calle de la Soledad, a espaldas del Palacio Nacional). Durante su infancia y juventud trabajó como costurero, almacenista, cobrador, vendedor ambulante, empleado de una ferretería, de una camisería, de una salchichonería y de una imprenta. Justamente trabajando como impresor, se le ocurrió, para obtener mejores ingresos, publicar quincenalmente una recopilación de canciones populares. “Me sabía miles de ellas”, declaró alguna vez, “aunque no conociera personalmente a ningún autor, y, de mi mente desesperada por el infortunio, surgió el Álbum de Oro de la Canción”. Chava Flores no sólo vivió en La Merced, sino también en otros barrios de la Ciudad de México, como Tacuba, la colonia Roma, Santa María la Ribera y Azcapotzalco, de manera que llegó a conocer muy bien la vida de la capital, donde murió el 5 de agosto de 1987.

Como los murales de Diego Rivera y Juan O’Gorman o algunos episodios de la literatura mexicana (desde Bernal Díaz del Castillo hasta José Emilio Pacheco, pasando por José Joaquín Fernández de Lizardi, Federico Gamboa, Efraín Huerta, José Revueltas o Carlos Fuentes), las canciones de Chava Flores son un gran mosaico de la Ciudad de México. Algunas de ellas tratan aspectos de la vida doméstica, como “Peso sobre peso” (sobre lo difícil que resulta el ahorro para la clase media) o “La casa de Lupe” (sobre el caótico orden en que habita esa misma clase social). Otras se refieren a la vida pública, como “Voy en el metro” (medio de transporte que esta semana cumplió cincuenta años) o “Sábado, Distrito Federal”. En canciones como “Dos horas de balazos” y “Pobre Tom”, Chava Flores enriqueció la tradición hispánica del romance o corrido con un fenómeno de la cultura de masas que estaba muy de moda en su época: los westerns hollywoodenses (cuyo idealismo hiperbólico ridiculizó). Asimismo, escribió canciones que son espléndidas lecciones para aprender a alburear, como “La tienda de mi pueblo” o “Herculano”, y otras tantas que, con el paso del tiempo, se han convertido en testimonio de costumbres que la tecnología o las condiciones de vida han extinguido o están por extinguir, como “Pichicuás” (sobre el juego de las canicas) o “El retrato de Manuela” (sobre una muchacha que regala a su novio un retrato suyo, lo que ha dejado de tener sentido en la época de los teléfonos móviles con cámara y redes sociales como Facebook e Instagram).

La perspectiva estética de Chava Flores no sólo fue dilatada en el espacio, sino también en el tiempo: escribió una canción para cada uno de los ritos iniciáticos (ante todo civiles, aunque acompañados de ceremonias religiosas) con que la clase media capitalina del México posrevolucionario transitaba de una edad a otra (los cuales están desapareciendo en la actualidad): “El bautizo de Cheto”, para el nacimiento; “Los quince años de Espergencia”, para el final de la infancia y el anuncio público de que una mujer puede iniciar su vida sexual; “La presentación”, para el inicio de la relación entre dos individuos que habrán de formar en el futuro una nueva institución familiar; “La boda de vecindad”, para la ratificación civil y religiosa de dicha relación y, finalmente, “Cerró sus ojitos Cleto”, para la muerte. Toda la vida de un chilango clasemediero de mediados del siglo XX está contenida en esas cinco canciones, tan llenas de vitalidad, algarabía y humor.

La fiesta fue un tema que interesó particularmente a Chava Flores. Dos de sus canciones sobre fiestas no están asociadas con un rito civil particular, sino que son aplicables a todo tipo de celebración: “Llegaron los gorrones” y “La tertulia”. No es casual que, a diferencia de otros, estos dos textos sean mucho más atemporales y describan situaciones que siguen pasando. Sin importar la clase social a la que pertenezcamos, todos los mexicanos hemos padecido gorrones en nuestras fiestas y, justicieramente, todos hemos sido gorrones alguna vez. Por eso dice Chava Flores: “En una fiesta de barriada o muy popof… no faltan los gorrones”. Y ¿quién no ha asistido a una fiesta que, por una u otra razón, ha terminado en pleito? No me extraña la semejanza temática entre “La tertulia” y otra canción mexicana mucho más reciente (aunque ya también tiene sus años): “Más vale cholo”, de Molotov (¿Dónde jugarán las niñas?, 1997), pues Miguel Ángel Huidobro (alias el Huidos) es uno de los compositores mexicanos de nuestro tiempo que mejor sabe apelar al sentido del humor, como en su tiempo Chava Flores.

Como todos los compositores de música popular verdaderamente relevantes, Chava Flores fue un experto en recursos formales. Buen ejemplo de ello es la canción “Ingrata pérfida”, en la que vale la pena detenerse un poco.

Ingrata pérfida,

romántica insoluta,

tú me estrujates

todito el corazón.

Y yo benévolo

hablábate de amores

y decíate

mi anémica pasión.

Burlábates todita

de mi ánimo extasiado;

andábates creyendo

que iríame yo a matar.

Pero fallóte,

y ecuánime reprocho

tu intrínseco deseo

que indúceme a olvidar.

Salga lo que salgare,

ahora te involucro

en las sucias maniobrias

que usates para mí.

Ingrata méndiga,

palabras no son obras;

ahora tú me sobras,

y yo te falto a ti.

La canción está compuesta por seis cuartetas de versos esencialmente heptasílabos, aunque Chava Flores se permite la licencia de incluir pentasílabos y un solo tetrasílabo (“y decíate”) en los versos nones (nunca en los pares). En 14 de los 24 versos de la canción, hay una palabra esdrújula, lo que causa una sonoridad muy particular. Algunas de estas palabras son esdrújulas por naturaleza, como pérfida, romántica, benévolo, anémica, ánimo, ecuánime e intrínseco (todas ellas poco comunes en la oralidad coloquial), pero otras son resultado de la unión de un verbo conjugado y un pronombre enclítico: hablábate (te hablaba), decíate (te decía) iríate (te iría) indúceme (me induce), fenómeno que ya en la época de Chava Flores era anticuado e insólito en la lengua oral. La razón por la que estos fenómenos resultan tan desconcertantes en la canción (y, por lo tanto, eficaces estéticamente) es porque conviven con otros del todo vulgares, como la asimilación (maniobria en vez de maniobra), la conjugación errónea del futuro subjuntivo del verbo salir (salgare en vez de saliere), la retracción del acento (méndiga en vez de mendiga) o la metátesis (estrujates en vez de estrujaste y usates en vez de usaste). Y no sólo eso, sino que en palabras como burlábates y andábates coexisten fenómenos de distinta naturaleza: la metátesis popular y el pronombre enclítico culto. Es evidente que la destreza lingüística de Chava Flores no sólo se desarrolló en los arrabales albureros donde vivió gran parte de su vida, sino también en el contacto que, como impresor, tuvo con la lengua escrita y la tradición culta.

Chava Flores nos legó a los mexicanos un espejo espléndido, jocoso e hiperbólico. Y ¿para qué sirve un espejo? Esencialmente, para vernos reflejados allí y arreglar lo que no es adecuado en nuestro aspecto (un almohadazo en el cabello, una lagaña en el párpado, un frijol en los dientes, etcétera). Desde Luciano de Samósata hasta Jorge Ibargüengoitia, toda obra satírica tiene una intención moralizante: exponer de tal manera los hábitos reprobables de una sociedad que los lectores u oyentes razonen por sí mismos que sería conveniente modificarlos. Las canciones de Chava Flores no son la excepción: al mismo tiempo que celebran la diversidad de la cultura mexicana (¡qué delicia la variedad de tacos en “La taquiza” o de panes en “La chilindrina”!), nos reconvienen amigablemente a dejar de ser mediocres, perezosos, hipócritas, aprovechados, etcétera. Quizá no sea fortuito que la más célebre de sus canciones (al grado de que su título se ha convertido en dicho popular) sea también una de las más moralistas:

¿A qué le tiras cuando sueñas, mexicano,

a hacerte rico en loterías con un millón?

Mejor trabaja, ya levántate temprano:

con sueños de opio sólo pierdes el camión.

Manchamanteles 

Gustavo Dessal es un psicoanalista y escritor argentino nacido en 1952 y residente en Madrid desde 1982. El año pasado publicó, en la editorial bonaerense Interzona, su novela El caso Anne, sobre la terapia con un psicoanalista lacaniano de una mujer de Boston cuyos padres sobrevivieron a los campos de concentración. En entrevista para el diario argentino Clarín, Dessal hizo interesantes declaraciones sobre su experiencia con dos disciplinas tan distintas entre sí, pero que comparten el propósito de comprender e iluminar la conducta humana: el psicoanálisis y la literatura. Dessal considera que una novedad de su obra frente a las muchas novelas sobre psicoanálisis que se han escrito es que su protagonista “tiene explícitamente una orientación lacaniana” y, por lo tanto, asume que “la cura no se alcanza por el hecho de haber conquistado una serie de referentes ideales de «normalidad» o de «adaptación»”, pues, para la escuela lacaniana, “la idea de normalidad no existe”. A la pregunta de si un psicoanalista que escribe novelas tiene alguna ventaja sobre los demás novelistas, Dessal respondió: “los psicoanalistas no tenemos ninguna ventaja. Sí puedo decir que mi experiencia clínica me sirve. Hay grandes escritores, como Coetzee o Sebald, que recrean personajes con una precisión no solamente literaria, sino también desde el punto de vista clínico. Uno se pregunta cómo es que esta persona posee conocimientos tan agudos para poder plasmar algo de una manera tan rigurosa. Freud decía: «El genio poético siempre nos lleva la delantera»”. 

Narciso el Obsceno

Uno de los retoños del narcisismo completamente patológico es lo que podemos llamar “el malestar del marinerito”, cuyo nombre se deriva de una costumbre que era común hace muchos años, la cual consistía en vestir de marinerito a un niño de cuatro o cinco años y tomarle una fotografía. El narcisismo puede provocar que el sujeto se quede atrapado en esa fotografía, en su traje de marinerito. Ya no hace falta que Narciso se vea en el agua: Narciso es el marinerito, quien considera que está solo en el mar, que no hay nadie más que él. Todos los días nos encontramos con marineritos, incapaces de asumir responsabilidades de ningún tipo, incapaces de ser padres, amantes, políticos, en síntesis: “jugarse como seres propios en la vida”, porque son una fotografía que los signo. Digamos, homenajeando a Chava Flores, que “el retrato es pa mis ojos y el original pa mí”.

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