martes 18 mayo, 2021
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BORIS BERENZON GORN BLOGS

«RIZANDO EL RIZO» ¿Dijo usted “Pigmentocracia”?

 

Casi cualquier mexicano ha escuchado (o dicho) alguna vez que, en nuestro país, “ser güero es una profesión”. La ingeniosa frase popular no podría resultar más exacta, pues es evidente (a menos que nuestra doble moral nos obligue a mantener los ojos cerrados y los oídos tapados) que el color de piel es un factor determinante en nuestra sociedad para ascender o permanecer rezagado. Ser güero (lo que no significa necesariamente ser rubio, pues basta tener la tez blanca, aunque, por supuesto, siempre es mejor el cabello claro que el oscuro) vale más que una cédula profesional, que un grado académico cum laude de la mejor universidad o que cualquier otro reconocimiento.

Un suceso de la farándula que estuvo de moda hace pocos meses ilustra perfectamente esta lamentable situación. Cuando Yalitza Aparicio fue nominada al Óscar por su actuación en la película Roma, la opinión pública destapó la pestilente cloaca de sus prejuicios (parte imprescindible de nuestra vida cotidiana, aunque ignorada por los medios de comunicación y los discursos oficiales). La variedad de adjetivos con que los mexicanos (famosos o no) calificaron a Yalitza fue impresionante: india, prieta, negra, gata, naca, guarra, paisana, jodida, mugrosa, macuarra, fodonga, pendeja, pelada… Chava Flores habría podido escribir unas simpáticas coplas con ese material. Curiosamente, nadie (o casi nadie) juzgó el trabajo —bueno o malo— de Yalitza como actriz (lo único que sería pertinente juzgar). Hace ya 67 años que el dramaturgo Ceelestino Gorostiza trató el problema del racismo en México en su más famosa obra: El color de nuestra piel. Nada hemos cambiado desde entonces.

Este particular orden social, en que las mejores oportunidades profesionales y vitales corresponden a los individuos de pieles más claras, es lo que, en la década de 1960, en un libro esencial para la historia de nuestro continente (El problema racial en la conquista de América y el mestizaje), Alejandro Lipschutz, médico y etnólogo chileno de ascendencia judío-letona, llamó pigmentocracia. Aunque indiscutiblemente criticable, es coherente que las mayorías discriminen a las minorías (como sucedió en Alemania durante el nazismo y como sigue sucediendo en los Estados Unidos de Donald Trump). En cambio, resulta completamente absurdo que la mayoría se discrimine a sí misma en beneficio de una minoría, lo que ha ocurrido desde hace siglos en México y Latinoamérica. Vale la pena hacer un repaso histórico para comprender por qué, en una sociedad compuesta preponderantemente por individuos de piel morena, ser moreno está tan mal visto.

Resumamos la historia de América. En 1492, los europeos (quienes simplemente buscaban nuevas rutas comerciales) llegaron a un continente inmensamente rico y habitado por civilizaciones tecnológica y militarmente más atrasadas que ellos (aunque muy desarrolladas en otros aspectos). ¡Vaya regalo de La Providencia!: tierras tan ricas como las africanas y asiáticas, pero sin otomanos, árabes, chinos ni indios (de la India) que pudieran oponer resistencia al expansionismo cristiano (entonces Europa y Cristiandad eran la misma cosa). No fue difícil para los europeos desplazar a las élites nativas (aztecas e incas las más famosas) y colocarse en su lugar.

A pesar de la terrible mortandad que provocaron las guerras, la sobrexplotación y las enfermedades, los indios (los de América) no desaparecieron. Además, indios y europeos se mezclaron y dieron origen a un nuevo grupo étnico: los mestizos. Por si esto fuera poco, como la mano de obra indígena no se daba abasto para atender el extenuante trabajo en minas y campos, se importaron de África esclavos negros, quienes a su vez se mezclaron con indios y con blancos. El resultado fue una sociedad sorprendentemente rica en su cultura, pero terriblemente injusta en su orden social, porque el mestizaje de ninguna manera implicó igualdad ni integración: los blancos siempre estuvieron en la cúpula, y el resto de la población, debajo de ellos.

El proceso de independencia no significó una transformación social profunda, traducida en mejores condiciones de vida para todos los americanos (aunque la historia oficial haya dicho lo contrario durante décadas). Sólo hubo cambios de verdad para la élite privilegiada, pues dejaron de gobernar los blancos nacidos en Europa y comenzaron a gobernar los blancos nacidos en América. Y así ha sido hasta nuestros días. Subámonos al metro en Iztapalapa y viajemos a Polanco. Salgamos allí a la superficie y caminemos por cualquiera de las calles con nombres de escritores ilustres (entre los cuales, por cierto, no hay ningún latinoamericano, ningún Sarmiento o Lizardi, Borges o Neruda): Horacio, Lamartine, Emerson, Hegel, Lope de Vega… Lo que habremos visto no será muy distinto de un cuadro de castas colonial (aunque igualmente barroco): casi todos los pobres siguen siendo morenos, y casi todos los ricos, blancos.

¿Por qué esta inercia? ¿Por qué la sociedad mexicana en particular y las sociedades latinoamericanas en general se resisten al cambio? La respuesta es obvia: porque la élite blanca, criolla, ha educado al resto de la población para asegurar su permanencia en el poder. Para un blanco pobre es más fácil ascender porque se camufla y, por lo tanto, no pone en peligro a la élite, pero los morenos deben mantenerse abajo, lo más abajo que se pueda, y, si alguno asciende, hay que blanquearlo, aunque sea un poquito. Yalitza es criticable desde cualquier punto de vista, por supuesto, pero no tenemos ningún problema con admitir como sex symbol a Jennifer Lopez (quien, por cierto, ha borrado de su apellido hispánico la anticuada tilde, seguramente para sentirse más chic). Alguna vez dijo Carlos Monsiváis que Televisa era nuestra verdadera Secretaría de Educación Pública. Y ¿cuál es la ideología que promueve Televisa? ¡Pues nada menos que la pigmentocracia! Basta ver cualquier programa del Canal de las Estrellas para comprobarlo, y muchos de los detractores de Yalitza fueron, justamente, empleados o exempleados de la familia Azcárraga.

Manchamanteles 

En su cuento El Zahir, Jorge Luis Borges imagina un perturbador objeto fantástico: una moneda que no puede desaparecer de la memoria de quien la ha visto. El efecto del Zahir se vuelve más poderoso a medida que pasan los días, hasta alienar por completo a su víctima, abarcando la totalidad de su conciencia. Al final del relato, Borges (personaje) comprende su destino y lo acepta tranquilamente: “Ya no percibiré el universo, percibiré el Zahir. Según la doctrina idealista, los verbos vivir y soñar son rigurosamente sinónimos; de miles de apariencias pasaré a una; de un sueño muy complejo a un sueño muy simple. Otros soñarán que estoy loco y yo con el Zahir. Cuando todos los hombres de la tierra piensen, día y noche, en el Zahir, ¿cuál será un sueño y cuál una realidad, la tierra o el Zahir?”. Borges murió el 14 de junio de 1986 y no alcanzó a contemplar la revolución de las telecomunicaciones que ha transformado por completo nuestra vida durante las últimas tres décadas. Hoy, la pesadilla fantaseada por Borges se ha vuelto realidad. Desentendidos del universo, fijos los ojos en las pantallas de nuestros teléfonos y tabletas, los seres humanos nos hemos recluido por voluntad propia en una prisión de dos dimensiones, en celdas de tantos centímetros cuadrados como nos permite nuestro presupuesto. Borges no pretendió escribir una distopía; tristemente lo hizo. Ya no percibimos el universo: percibimos el Zahir.

Narciso el Obsceno 

Denis de Rougemont, (1906-1979), en su fundamental libro El amor y Occidente, (1939) exhibe de una y muchas maneras el vínculo entre la muerte y el amor al que dice este gran pensador el sexo, perpetúa en la vida por breves instantes. Rougemont, en su extraordinario recorrido por la historia de la literatura establece un listado tan pulcro como ecléctico de amantes gloriosos, un abanico de taciturnos protagonistas cuyo finito siempre será fatal: Ofelia y Werther, Hamlet y Lote, Romeo y Julieta, Anna Karénina y Alekséi Vronski, por mencionar a los más clásicos. El binomio amor/pasión, son, desde la reflexión de Rougemont, las máximas herederas del mito de “Tristán e Isolda”, que desvela al deseo siempre impedido por el imposible de la perfección. Allí emerge el narcisismo idealizando en la muerte la realidad de la vida.

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