lunes 14 junio, 2021
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«EL RELATO»: Las cuentas

 

Diego, nuestro vecino, murió haciendo sumas y restas, aunque nunca fue bueno para las matemáticas. Tenía una hermana, Pupis, que parecía su madre no sólo por la diferencia de quince años entre ellos, sino porque Coral, la verdadera progenitora de ambos, nunca aparecía por la casa, siempre estaba ocupada cantando tangos en el centro de espectáculos “Corrientes 3-4-8”.

Coral les daba dinero para su manutención porque de los dos no se hacía uno: Pupis intentaba cantar como su madre sin tanto éxito. Le alcanzaba para pagar la luz y comida, pero la escuela y vestido de sus tres hijos, Chava, Julián y Pedro, todos de diferentes y desconocidos padres, corrían a cuenta de la abuela. Tampoco se conocía el origen de Diego. Nadie, ni la cantante, sabía de quién era hijo. Coral dejó la incógnita en el aire y al niño a cargo de su hija, al fin ella estaba en esa etapa de crianza de menores; uno más, daba igual.

Nadie le prestó mucha atención hasta que sorprendió a su familia y al barrio entero embarazando a la muchacha de servicio, Maruca. Él mismo se asustó con la noticia de su paternidad. No era para menos, tenía apenas catorce años. Pupis y su madre-abuela lo reprendieron cuanto pudieron y lo pusieron a trabajar de inmediato limpiando los baños del “Corrientes”, haciendo los mandados de los cantantes: chicles, cigarros, refrescos, la pachita, la mota, el recado para la amante, conseguir el taxi. No era muy avispado, siempre se burlaron de él, pero se aprovecharon de su ingenuidad, quizá porque esa aura de inconsciencia lo mantenía a salvo en medio de los encargos más temerarios.

Coral lo miraba con cierto desprecio mezclado con ternura. Después de todo era su hijo y en sus noches de nostalgia, mientras se quitaba las capas de maquillaje para intentar cubrir las arrugas cada vez más numerosas y pronunciadas, con la enésima cuba en la mano, lo llamaba y apretujaba contra su pecho, derramando lágrimas manchadas de rímel que corrían por la espalda del adolescente que no entendía nada, pero que en esos instantes era feliz en el regazo de la madre que tanto añoraba.

Una vez pasado el ataque de llanto, la cantante lo apartaba de sí y lo mandaba a reanudar sus tareas: recoger y limpiar el camerino del centro de espectáculos que ya iba a pique, porque las nuevas discos y antros de moda eran más baratos y versátiles. La gente prefería perderse en el ruidajal y juego de luces que pagar una fortuna por una magra cena y una cantante, sí, en vivo, pero ya pasada de moda.

Cerraron el “Corrientes”. Coral entró en depresión y no quiso salir de la cama de su lujoso departamento, el que decía que era su oficina, ubicado en una colonia cercana, pero de mayor prestigio. Ahí se encerró no sin antes advertir a Pupis y a Diego que “algo” habría que hacer. Extendió un papelito con sus cuentas y los corrió.

Ya en casa, Pupis deslizó la carga hacia su hermano. Ella también estaba cansada, así que además de Coral, había que sumar sus gastos y los de sus hijos.

-Ah, y no se te olvide la otra, la tuya, que ya ni me acuerdo si es tu hija, mi hija o tu hermana, que vendría siendo también mi hermana. Como sea, son muchas bocas que alimentar, hazle cuentas.

-Pe… pero, tus hijos son más o menos de mi edad, podrían…-se atrevió a balbucear Diego, a quien las cuentas no le salían, ni de la manutención, ni quién era hijo de quién, ni nada. Sólo tenía la sensación de que algo no cuadraba.

-De veras que eres tarado. ¿No ves que son niños? Ándale, saca las edades y las cuentas si te vas a poner tan girito-retó la hermana con fastidio.

Se dio la media vuelta y, como la madre, se encerró en su cuarto argumentando dolor de cabeza. Diego permaneció de pie en medio de la sala de la casa que todavía tenía tapices y alfombras de los años cincuenta, cuando la cantante y su entonces esposo pensaron que ahí vivirían felices; cuando ella empezaba a tener fama y él era un prometedor agente de viajes, hasta que se quedó en uno de ellos dejando una viuda y una bebé.

La casa se quedó a medio adornar y amueblar porque Coral ya no tuvo tiempo para esos asuntos y se dedicó a cantar en cuanto bar la aceptaran, a la hora que fuera, quedándose dormida en los camerinos, sola o acompañada hasta que en una de esas salió con Diego, del que no sospechó su presencia hasta pasados unos meses. Diego, que ahora no sabía qué hacer, parado ahí, en medio de esa sala vieja y silenciosa, con la cabeza hacia abajo mirando sus tenis desgastados.

No entendió, en un primer momento, de dónde salió la gota que caía sobre ellos hasta que se descubrió llorando y luego se asustó cuando vio lo que le pareció un pequeño lago, justo entre sus pies, y sintió el pantalón que ya le quedaba de brinca-charcos, empapado y tibio a la altura de la entrepierna.

Se quedó inmóvil mirando la alfombra raída cada vez más humedecida porque las lágrimas no habían dejado de caer. Sintió las mejillas encendidas de vergüenza y coraje. Con el puño se dio algunos duros coscorrones, como hacía a veces su madre cuando, distraído, tiraba algo del camerino. Después, con la palma abierta se dio unas cachetadas mientras se decía “tarado, tarado, concéntrate”. No supo por qué en lugar de dejar de llorar, empezó a sollozar con fuerza, con tanta que a veces le faltaba el aire. Los hombros se sacudían, la cara se le deformaba, era como vomitar chorros de agua por los ojos; los mocos escurrían a placer, formando hilos transparentes que conectaban su nariz con las fibras polvosas de la alfombra.

Se acordó de Maruca, sus rodillas casi sangrando mientras fregaba la tela hasta dejarla como nueva. Ay, Maruca. La oaxaqueña fue la única que le dio atención. Apenas despertaba, lo tomaba de la manita y lo llevaba a la cocina; la veía fregar platos, pisos, techos; después iban al patio, a la azotea a lavar la ropa, de regreso a las recámaras, planchar, guisar. Los gritos de Pupis y de la madre, cuando iba de visita, hicieron que se aliara con la muchacha y le ayudó a los mandados, siempre los mandados, para que la joven recibiera menos chanclazos. Ya hasta dormían juntos y a nadie parecía importarle. Desde los siete hasta los catorce años fue feliz.

Un buen día escuchó los gritos desesperados de su madre llamándolo. La tunda que recibió lo dejó en cama una semana; Maruca desapareció, luego apareció una bebé y después, el “Corrientes”.

Una pelota botó de pronto dentro de la sala. Chava entró corriendo sin reparar en su tío, tomó el balón y regresó a jugar con sus hermanos. Por más que se restregó los ojos, el agua seguía corriendo. Cortó el hilo de moco con la manga de su playera vieja e intentó calmarse.

Escuchó el alboroto de los niños en el patio. Las bocas. ¿Cuántas? Chava, sólo un año mayor que él; Julián, de su edad; Pedro de once y su niña de casi uno. ¿Cómo se contaba eso? Se hizo bolas. Por más que Maruca intentó enseñarle a sumar y restar cuando empezó a hacer los mandados, a veces regresaba con menos cambio y ella, para evitar el castigo, ponía de su bolsa.

-¡Diego! ¿Qué haces?

El grito de su hermana interrumpió la cuenta.

Miró hacia la escalera, pero las piernas no le respondieron. Regresó la vista hacia la mancha húmeda. “Tarado, tarado… mejor limpia”. Fue hasta la cocina, sacó la cubeta, el jabón y el cepillo que después de Maruca nadie volvió a utilizar. Se hincó frente a su miedo para restregarlo. Talló y talló sin detenerse, sin pensar, sólo contaba “uno, dos… ¿cuántos?, otra vez…”.

-¿Qué hiciste? ¡Mamá, Diego rompió la alfombra de la sala!-chilló Julián acusando a su tío-hermano.

-¡Ahorita va a ver ese cabrón!-se escuchó a lo lejos la voz de Pupis-¡Como no esté todo en orden, te mato, tarado!

Diego palideció. Se quitó los pantalones y el calzón y así regresó a fregar el resto de la alfombra. “Uno, dos, tres…te mato”, contaba sin parar. Iba y venía. Los niños se rieron de él al pasar. La niña lloraba quién sabe dónde.

-¡¿Qué pasa con esa niña?! ¿No te dije que me dolía la cabeza? ¡Cállala de una buena vez!-la amenaza tronando de nuevo, a lo lejos.

Encontró a su pequeña en el patio. Batida en orines, como él. Le quitó el pañal y como si fuera la alfombra, la empezó a tallar con el cepillo, una y otra vez. Los alaridos no se hicieron esperar, la sangre empezó a correr por el fregadero. Nervios. Le tapó la boquita con su mano. Siguió tallando, “uno, dos…”, lloraba y sin darse cuenta ejercía más presión en ambas manos. Cuando regresó a este mundo y liberó a la bebé, se le escurrió como un trapo, sin llanto, sin nada.

Un escalofrío helado le recorrió todo el cuerpo. “Cuatro”, contó en su mente. Dio media vuelta y se encontró con la mirada asustada de sus sobrinos-hermanos. Echó a correr hacia la azotea. “Tres, los hijos de Pupis… una, mi niña…”. Otra vez el llanto. Una punzada en el corazón y el estómago lo doblaron de dolor a mitad de la escalera de hierro en forma de caracol. Continuó como pudo hasta arriba. “Cuatro niños… no, no, no, son cinco… somos cinco niños”. Respiró aliviado. La cuenta por fin había cuadrado.

Escuchó un grito de terror.

-¿Dónde está ese cabrón?-oyó a su hermana.

¡Las bocas! ¿Cuántas eran? “Ayúdame, Maruca, rápido que viene mi mamá… A ver, cinco… menos una… cuatro… Sí, cuatro”.

Escuchó el ruido de los pasos apresurados sobre el metal. Nervios. Se acercó a la orilla de la azotea. Miró hacia abajo. “Tres, son tres pisos”. No era tan alto.

Pupis, con los ojos desorbitados y rojos, se acercó con el rodillo en la mano, amenazante y seguida por sus hijos atónitos, espantados, curiosos.

Las bocas. “Cuatro… menos uno… tres. Son tres, Maruca, son tres”, dijo mientras saltaba.

 

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