domingo 09 mayo, 2021
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«TENGO ALGO QUE DECIRTE»: ¡Es mi hijo! ¡Es mi hija!

 

Lo admiraba. Era un hombre reconocido en el ámbito de su trabajo. Juntos habíamos podido lograr la gran empresa, donde ambos trabajábamos. Éramos novios y le pidió permiso a mi padre para llevarme de viaje. Me envolvía en su mundo. Regresé feliz y soñando. Nunca imaginé que me pidiera ser su esposa. Nos casamos y en la luna de miel, nos embarazamos. ¡Sorpresa!

Ella no tenía nada que ver conmigo. A lo mejor eso era lo que me atraía más a ella después de tener relaciones con otras mujeres. Ella era diferente. Yo, las artes. Ella, las ciencias. Era un reto más en mi vida, y decidí darle el anillo y casarnos. Ella, workaholic. Yo quería tener un hijo. Muchos años y finalmente recibimos la gran noticia.

No quería ser mamá. No era el momento. Tenía mucho qué hacer. Tenía que titularme. Pero, ese ser se movió dentro de mí, y lo amé más que a nadie en el mundo. Mi vida cambió.

Mi sueño era ser papá. Ella no quería. Prefería llegar a ser director general en su laboratorio. Pero, creció su panza, y no tuvo más que hacerse a la idea de que la felicidad de nuestras vidas llegaría pronto y aprender a amarla.

Nació. Mi depresión postparto es horrible, aumentándose con la presencia continua de la suegra alemana que obviamente no me quiere y que se entromete hasta en las sábanas.

Nació. Como dicen por ahí, soy “ma-pa”, mamá y papá al mismo tiempo. Decido hacerme cargo de mi bebé pues ella regresa a su trabajo. El suegro es una persona que da mucho miedo. No me entiende y me critica por ser hombre que cambia pañales.

Mi bebé tiene pocos meses. Crece. El trato de la familia de mi marido es cada vez más difícil. No me gusta vivir como su vecina en sus terrenos. Me insultan porque trabajo, porque me visto como me gusta hacerlo, porque no comparto sus tradiciones alemanas. Dicen que no cuido a mi hijo y que no soy buena madre. Mi hijo es quién me mantiene viva.

Mi bebé tiene pocos meses. Crece. Aumentan los problemas con su regreso al trabajo y yo en el mío haciéndome cargo de nuestra hija. No me gusta vivir en una casa que era de su padre a la que le he invertido tanto y no es mía, pero lo hago por nuestra familia. Su padre no sólo opina, decide y la apoya en cada decisión que ella toma sin considerarme.

Voy a mi clase de baile y le pido a una amiga que cuide a mi hijo. Sin saberlo, la suegra no deja que mi hijo se vaya con mi amiga y se lo queda. Regreso a casa y me encuentro con policías en la entrada que no me dejan pasar. Me dicen que no puedo entrar más. ¡Quiero ver a mi hijo! No me dejan entrar. Insisto. Puerta cerrada. ¿Razones? Ninguna. Llamo a mi padre. Necesito ayuda. No entiendo.

Salgo a correr como todas las mañanas en mis pants y sudadera porque hace frío. A mi regreso encuentro policías bloqueando la entrada y me dicen que no puedo pasar. ¡Déjenme entrar!. Es mi casa. ¡Quiero ver a mi hija! NO. Ella, junto con su padre, me han acusado de maltrato y debo ir a la delegación de policía. Por suerte llevo mi celular y alcanzo a llamar a un amigo abogado que de inmediato viene a mi rescate.

Tres meses para poder ver a mi hijo. Muchos más para recuperar mis cosas, mi ropa, mi piano, mis muebles… Un proceso largo que marcó mi vida en el que tuve que empezar de nuevo. Bajé tanto de peso que me diagnosticaron anorexia depresiva y pasé 10 años en depresión. Al año, cuando la suegra se cansó de cuidar a mi hijo, me hizo el favor de regresármelo.

Secuestraron todo lo mío. Fueron meses para ver a mi hija y años para tener de regreso mi biblioteca, mi ropa, mis discos gracias a un juez que no aceptó dinero del suegro para lograr lo que quería. El juez ayudó a tener un convenio en el que se obligaba a que mi hija pasara días conmigo.

Nos divorciamos. Se casó de nuevo y tiene hijos. Hace unos años, mi hijo vive con ellos pues si no lo hace, no le paga su universidad. Estamos en contacto diario. Sabe bien que puede venir a nuestra casa cuando lo desee a la hora que quiera pues es mi razón de vida con el que tengo una relación maravillosa.

Nos divorciamos. Pasaron muchos años y mi hija decidió vivir conmigo. Hemos viajado por el mundo. Hemos gozado juntos cada momento. Nuestra relación se basa en el respeto y la confianza y ella sabe, que es mi vida.

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