lunes 14 junio, 2021
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SALA DE ESPERA BLOGS EL RELATO

«EL RELATO»: Qué hice

Por Diana Teresa Pérez Ortiz

-¿Qué?

-Que te bajes.

-No me puedes hacer esto. Estamos en plena carretera…

El coche se detuvo. Luis esperó, impaciente. Presionó el acelerador para demostrar que no era broma. Nadia lo miró sorprendida y asustada, pero no se movió. Luis puso el freno de mano, se bajó, rodeó el automóvil y de un jalón la sacó. Azotó la puerta, volvió a su lugar, arrancó y se alejó.

No lo podía creer. Eso sí que ya no tenía nombre. Se levantó lagrimeando, se sacudió la falda, tiró el zapato rojo que perdió el tacón en la caída y el otro lo sujetó en la mano porque, pensó, podría servir como arma mientras caminaba entre la oscuridad.

“Ahora, ¿qué le hice?”, se preguntó mientras empezó a andar, lo cual hizo de inmediato. No se detuvo ni para recuperarse del susto. Estaba enojada pero sólo se hubiera notado con un poco de luz. Tenía las mejillas encendidas y la mandíbula tensa. Caminó con firmeza. Eran sólo dos kilómetros para llegar a la casa.

“No sé por qué sigo con él”, la frase que se repetía al menos dos veces diarias desde hacía, al menos, diez años. “Sí, me mantiene, y ¿qué?, ¿eso le da derecho?”.

Luis respondió muchas veces a esa pregunta: “Tengo derecho a convivir con mi familia y mis amigos, ¡en paz! ¡Carajo!”.

-Sí, pero a mí tu familia me cae mal-reviraba ella hecha una furia, jalándose los cabellos y con los ojos desorbitados.

A veces, no lo podía evitar, él se reía al verla transformada, le recordaba a las caricaturas de monstruos. Otras, no. Fastidio, enojo.

-Pues es mutuo.

-Claro, como ellos no te aguantan…

-¿Aguantarme? ¡Ja! De veras que no te mides-y ahora sí reía con franqueza y descaro.

-¿De qué te ríes? ¿Crees que es fácil convivir contigo?

-Sí-afirmaba con sequedad y seguridad.

-Ahora tú hazme reír-aunque ella en realidad no reía, echaba lumbre por los ojos-soy la madre de tu hijo, que no se te olvide.

-No, qué va.

-Pues, vete, vete, nadie te detiene-y se echaba a llorar. Luis, en efecto, se iba por unas horas. Regresaba ya cansado de vagar, cansado de lo mismo. Lo peor era que, sin importar la hora, ella lo esperara ya en camisón, sobre la cama, la cara deslavada con ánimo de perdón. De vez en cuando se dejó consolar. “Perdóname, ya ves cómo me exalto. Soy una tonta, yo te quiero”. Pero casi siempre prefería el sofá.

Al despertar, se metía a bañar. Ella reaccionaba cuando oía el ruido de la máquina de rasurar. Entonces se ponía en pie de un salto y se apresuraba a la cocina para preparar lo que fuera, malhumorada.

-Sólo me presionas. Siempre con tus prisas-rezongaba azotando el sartén en la estufa y sacando rápidamente los huevos del refrigerador.

-No voy a desayunar aquí-respondía él indiferente.

-No me levantaste para irte casi huyendo. Te estuve esperando toda la noche, me tienes en vela y…

El hombre se había ido.

Podía ver la casa a lo lejos, pero prefirió dar un rodeo para generar más dramatismo. De seguro él estaría arrepentido, preguntándose si habría hecho mal en dejarla sola a medianoche.

No dejaba de reproducir las escenas en su mente. Quince años de noviazgo y un hijo de catorce le hubieran alcanzado para vagar toda la noche y el día entero. Horas y horas de desilusión, de frustración, no alcanzaban a enumerarse ni aunque se desgarrara los pies descalzos sobre el pavimento.

La noticia del embarazo no deseado más que por ella; la baja de la universidad aún cuando él le dijo que no lo hiciera, “y ¿quién va a cuidar a nuestro hijo? ¿Tú?”, y la risa sarcástica, minimizando las capacidades de aquel a quien decía querer.

-¿Por qué no te has bañado? Ya son las diez de la noche…

-¡Qué bárbaro! ¿Crees que es fácil cuidar una criatura y atender una casa?-cuestionamiento lleno de amargura.

-Pues el que lava los platos y limpia la casa soy yo.

-¿No entiendes? ¡Quiero superarme!

-Nada te impide trabajar. Te he dicho mil veces que podemos organizarnos…

-Todo lo arreglas con eso.

Se quedó mudo y ella sonrió por haberlo dejado callado.

-No te entiendo-dijo él sinceramente-si quieres trabajar pues hazlo, o ir a la universidad, como te he dicho; al niño lo podemos encargar con mis padr…

No terminó la frase porque vino el contrataque:

-¡Claro! Para que tu familia siga diciendo que soy una fodonga, que no valgo como mujer.

-Nadie dice eso.

-¡Claro que sí! No lo dicen, pero lo veo en sus ojos. Tu mamá siempre me está mandando disque “tips” para cocinar, para lavar…

Era inútil. Ante el silencio que gritaba fastidio, un punto antes del abandono, hacía el último intento. Se descubría la blusa dejando a la vista el brassiere y se pegaba con fuerza en el pecho al tiempo que gritaba, “¡mira! ¡Aquí está tu mujer! Anda, bien que te gusté esa noche, ¿no?”.

A él le parecía estar viendo a King Kong enfurecido en lo alto de la torre. Luego recordaba que esa mujer humillada y fuera de sí era su compañera. Aunque no le gustara. Todavía lo era.

Silencio. Pasos lentos que se alejan, escapan.

“¡Cobarde!”, pensó mientras miraba las luces de la casa apagadas. “Debería sentirse orgulloso de mí. Ay, sí, el nene se enojó porque le dije a su familia que era un pelele, que me tenía como muerta de hambre. Es la verdad. No me ha comprado ropa hace no sé cuánto. Dejé a todos callados”, y sonrió con sarcasmo. “Pero él debió defenderme cuando la estúpida de su hermana me dijo que a lo mejor era porque ya no sabía mi talla de tanto que he engordado”.

-Tú no sabes lo que es estudiar, criar a un niño y atender la casa-dijo golpeando la mesa del comedor alrededor de la cual la familia de Luis convivía luego de tremenda comilona.

-Universidad que te paga mi hermano, casa que limpia y paga él, niño que ya es un adolescente y que hasta se hace de comer solo porque según tú estás estudiando, aunque llevas reprobada la mitad de las materias…

-¡Idiota!-lanzó impotente porque era verdad-tú, como sólo estudiaste contaduría no te das cuenta de lo que son las carreras de filosofía y humanidades. Yo sí he leído, a mí no me ves la cara como a la bola de estúpidos de tu familia.

Y ahora sí se hizo un silencio pesado.

Luis la sacó inmediatamente. Ella continuó burlándose de los estudios primarios de la madre, del trabajo de cajero de banco de su padre, de la “tiendita” -como le llamó- a la franquicia que llevaba una de las hermanas y de la aburrición que debía sentir la otra atendiendo a dos hijos, un marido y ventas de cosméticos a domicilio. Después, el carro se detuvo, el jalón, el frío congelando la risa.

-¡Cobarde!-entró gritando a la casa.

Nadie salió a su encuentro. Silencio.

-¿Luisito? ¿Hijito?

Todo estaba como lo dejó. Los trastes sucios, sus cuadernos tirados por toda la casa. Subió a las recámaras. Entró a la de su hijo. No estaba. Caminó, furiosa, hacia la suya. La cama estaba vacía, salvo por la ropa que había regado cuando no sabía qué ponerse para ir a la comida de “los criticones” y una nota:

“Por fin me atrevo. Luisito decidió irse conmigo. Pagué dos meses de renta por adelantado así que tienes tiempo para buscar a donde irte o seguir pagando tú. Adiós”.

Su primera reacción fue reírse. Después de recorrer la casa completa y comprobar que ahí no había nadie, que faltaban dos maletas y marcar unas veinte veces al celular tanto del hijo como del padre sin obtener respuesta, se preguntó lagrimeando sentada sobre la alfombra de la sala:

-Ahora, ¿qué hice?

26-6-18

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