martes 13 abril, 2021
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COLUMNAS COLUMNA INVITADA

«BRUJAS, HADAS Y VALKIRIAS» Labios sabor cereza

Por. Liliana Rivera

La última vez que la fui a buscar, sentí cómo corría por mi cuerpo esa adrenalina por la enajenación de gozarla una vez más, de volver a estrechar entre mis brazos su pequeña cintura de 62 cm, la sed bestial de besarla, de cogérmela sin parar… No sé cuantas más de ron tomé, no sé hasta qué punto molly se apoderó de mí.

Joaquín me la presentó: “Érika mi mujer”. Desde el primer momento que la vi, me impactaron esos ojos, y esa piel. Su mirada seductoramente inocente, me invitaba a la perversión. Al tocar su mano, sentí de inmediato ese componente químico de explosión… TNT puro. Curiosamente después, también me la presentó Ernesto como Tania, Sebastián como Zara, y unos meses más tarde Daniel, él solo dijo: “una nalguita”.

Y cómo no tomar a esa delicia de bebé de 18 años, de sólo recordar, cómo la besé, cómo me dejó acariciarla, y lo que sabía hacer: “Son $1500”, acomodándose la miniatura de trapo que traía por vestido. Me quedé atónito, le hice una señal de que no traía dinero, y de sus labios sabor cereza, salió: “Sólo por ser amigo de Joaquín por esta ocasión no hay problema. La próxima me pagas triple”.

Todos los días pensaba en Érika, no podía sacarla de mi mente, su voz llegaba hasta mi memoria, su risa escandalosa, su euforia al bailar; su conversación sin sentido, pero era lo que menos me interesaba, lo único que me atraía de Tania y que nunca perdía de vista era la forma de sus caderas, como se me antojaban todo el tiempo. De solo pensarla llegué a masturbarme en varias ocasiones.

Regresé, la vi con Joaquín discutiendo, ahí la dejó, en el lugar donde siempre podías encontrarla. Estaba llorando, me enterneció verla de esa manera, sangraba de los labios… esos labios… seguramente seguían con sabor cereza, pero ahora con un toque metálico, un dejo de su fina sangre; de inmediato salió del bar, ya la esperaba un Audi blanco; Zara secó sus lágrimas, y con una sonrisa desencajada, se acercó a la ventanilla, le mostró al conductor sus pequeños senos color barro, se subió al auto y marchó. Logré captar el momento en el que se fue.

Enloquecía de solo pensar en no poder tenerla, era de todos y de nadie. Su cuerpo suave aún de niña, al estrecharla sentí su fragilidad, no quería soltarla, ya no quería que otros la gozaran. Me deleitaba grabarla, sus movimientos, su caminar, con quién salía, a qué hora regresaba, cómo bailaba; a veces tomaba el tiempo de cuánto se tardaba con cada uno de sus devotos.

Foto. Emilio Villalobos

Empecé a seguirla sin que ella me percibiera; descubrí que vivía en el cuarto piso de una unidad habitacional, por Iztacalco, rumbo al Palacio de los Deportes. Tenía un hijo, tres hermanos y una abuela a quienes alimentar. Habitualmente Joaquín la regresaba a casa alrededor de las cinco de la mañana, le daba su paga y partía. Érika se notaba mortal, cansada, extenuada por los cinco o seis clientes de la noche, consumida por el alcohol y otras veces por MDMA.

Después de un merecido descanso, emergía alrededor de las doce de la tarde para realizar sus compras del día; se entretenía en el puesto de DVD’s, ahí veía qué novedades de películas y música traían, le encantaba platicar, siempre desvergonzada, alegre, pero triste. Una vez a la semana iba a la farmacia, por un kit: parches anticonceptivos, condones y lubricantes de sabores; y a partir de las siete de la noche, salía recién bañada, con su cabellera negra, limpia, que al caminar dejaba por la calle una estela de olor a Maja; fresca otra vez, lista nuevamente para la faena nocturna. ¿El crío? supuse que era de Joaquín.

Esa noche, la última que estuve con ella, era como siempre, fingiendo ser ingenua, dulce, y al mismo tiempo maliciosa en sus caricias. “¿Has escuchado de molly?”, me preguntó, moviéndose de lado a lado, meneando su cabeza con el vibrante ritmo del lugar que estaba lleno.

Al principio no quería, pero Tania insistió: “Pruébala, te desinhibes, no vas a parar”, así que, acercó sus labios, deliciosamente lento, con un roce húmedo, y de su suave lengua pasó la pastilla a la mía. La tragué, al inicio tenía un sabor amargo, que se disimuló con un poco de ron. No me di cuenta cuando todo se amplificó, una descarga loca de adrenalina empezó a moverme; el bar a nuestro alrededor zumbaba con anticipación; la música estaba a todo volumen; las personas bailaban, brincaban, se reían, se tomaban selfies. Me sentía imbatible.

Érika me agarró de la mano y me llevó al privado del lugar, ahí entre luces de colores empezó con un baile lascivo, jugaba con su lindo y provocativo vestido plateado, se contorneaba al son de la canción, se acercó, me deleitaron sus caricias, sus besos; poco a poco fue bajando el zipper de mi pantalón, acarició mi miembro que desde un inicio se encontraba totalmente erecto, restregó sus hermosas caderas en mí, la aferré más; era tanto mi deseo de estar con ella que hubo un momento donde no aguanté, la estreché con fuerza contra mi cuerpo, y en mi quimera creía que ella gozaba.

No me di cuenta en qué instante la arrojé contra el suelo, recuerdo el segundo donde le abrí las piernas y la penetré, una y otra vez, sin permiso alguno, Tania gritaba, forcejeó con empeño, jadeábamos juntos, me trastornaron sus muslos firmes entre los míos, los gemidos; cómo no excitarse con ese cuerpo blando y delicado de una bebé de 18 años; y en el frenesí de mi locura empecé a morder sus labios, mordí su cuello, sus pezones, trataba de defenderse, vi sangre, mía o de ella, daba igual, eso hacía que mis instintos animales se encendieran más, mi gozo por golpearla se incrementaba, estaba totalmente desquiciado, hasta que, Zara dejó de luchar, podía manejarla a mi antojo, cual muñequita dormida. En ese preciso momento todo mi ser explotó llegando al divino éxtasis…

Abrí mis ojos, miré alrededor del pequeño cubículo, mi corazón seguía ebrio, vi el escenario en el que me encontraba sitiado… no estaba sólo… ¿Culpable? No, lo único que lamento de esa noche es que no pude volver a besar una vez más sus labios, que aún sin vida, estoy seguro que seguían conservando su sabor cereza.


Liliana Rivera (@LilianaDazRive1)Contadora Pública egresada del Instituto Politécnico Nacional, amante de las letras y su caos. Editora y autora de Cajita de Cristal y otros cuentos, vol. I,II, III. Coautora de tres antologías de cuento: Pandora (2016), Brecha (2017) y El viaje a través de los sueños (2019). Ha colaborado en diversas revistas digitales, así como dado ponencias en espacios culturales. Desde 2016 escribe historias que las Brujas, Hadas y Valkirias le cuentan entre sueños.

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