domingo 07 marzo, 2021
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«CEREBRO 40» Desesperación colectiva

Por Bárbara Lejtik

No estábamos preparados para esto, lo confirmo todos los días, por lo menos en México no. Sabíamos de otros tipos de contingencia, supimos responder a temblores, inundaciones, huracanes, pero nunca nadie nos preparó para estar confinados.

El benévolo clima de la mayor parte del territorio mexicano, nuestro carácter sociable, la necesidad de buscar trabajo fuera de casa, sin importar la distancia nos hizo siempre una sociedad un poco nómada, estamos acostumbrados a vivir hacia la calle, a salir todos los días por cualquier razón o con cualquier pretexto, ir a trabajar o tomar el fresco.

Nos gusta caminar, visitar a la familia, pasar tiempo con los amigos.

Nos encanta la fiesta y estar siempre en constante movimiento, estamos acostumbrados a ver el sol, a pasear solos o en grupo, a ser vecinos, a vivir en comunidad.

Tal vez sea por eso que no fuimos capaces de atender el llamado de emergencia y la necesidad de confinarnos en casa para evitar contagios.

A la fecha, 10 meses después no pongo la mano en el fuego por nadie, no conozco a una sola persona que haya obedecido la recomendación, hasta para confinarnos somos montoneros y nos parecía muy lógico encerrarnos con amigos, cambiando de sede cada fin de semana, con el pretexto más que ilógico de decir: Somos puros conocidos, todos nos estamos cuidando.

Y pues no, no era así, porque si eso hubiese sido cierto no nos habríamos contagiado.

De cada festividad y cada fin de semana salen como resultados nuevos récords en los contagios y decesos, parece chiste pero no lo es, los hospitales en la Ciudad de México están al 93 por ciento de su capacidad y por irracional que parezca, las personas que están contagiadas en estos momentos y que están muriendo cada hora son la consecuencia de las fiestas del 24 y 31 de diciembre. Y es que con todo y una fuerte campaña mediática de advertencia y prevención no pudimos quedarnos en casa, salimos aunque fuera a ver solamente a otra familia, a una sola reunión, dos horas a un centro comercial, a una comida con amigos.

Ni modo que digamos ahora que no sabíamos, tal vez los primeros meses pudimos acusar al gobierno del mal manejo de la pandemia, de la falta de información, de los malos ejemplos de los gobernantes.

¿Ahora qué vamos a decir?

Información sobra, advertencias sobran, pruebas gratuitas, historias terribles casi en todas las familias y círculos sociales.

Incluso a sabiendas que hicimos mal mentimos, decimos que nos contagiamos en el trabajo o recibiendo un paquete o asomándonos por la ventana, cuando sabemos perfectamente que el contagio tocando superficies es casi imposible. Sabemos que estuvimos en una reunión con más personas y que no respetamos la sana distancia ni el uso del cubrebocas, pero nos da pena admitirlo.

-El Presidente no usa cubrebocas, por eso todos sus seguidores tampoco lo hacen.

-¿El subsecretario se fue de vacaciones y así quiere que nosotros nos quedemos en casa?

Los pretextos nos hacen parecer más tontos incluso que las cifras.

Estamos los mexicanos metidos en un círculo vicioso que nosotros mismos ocasionamos y que nos está arrastrando a la catástrofe total, con nuestros negocios cerrados, nuestros empleos en riesgo, los jóvenes perdiendo años irreparables de su vida, los hospitales desbordados y aun así seguimos haciendo planes, buscando boletos de avión para ir a playas en donde la vigilancia sea más laxa, en donde si haya vida nocturna, dándonos permiso y presumir que andamos toreando al virus, que no nos hemos contagiado o peor aún, que ya somos inmunes, entonces ahora si podemos darle vuelo a la fiesta.

Todos levantamos el dedo para señalar al que no se cuida hasta que nos llega a nosotros la invitación a pasarla bien en algún otro lugar fuera de casa.

Esto es un callejón sin salida, un laberinto mortal, en el que llamamos al término “salud mental” como objeción para salir. Todos tenemos necesidades imperiosas, pasear al perro, correr al aire libre, visitar a la familia o amigos, todo es primordial, más importante pareciera que salvar nuestras vidas.

No nos acabo de entender.

En el temblor del 2017, recuerdo ver a miles de personas haciendo lo que fuera por rescatar a dos personas presumiblemente enteradas aún con vida bajo los escombros del edificio Álvaro Obregón, cargando cascajo, haciendo vallas humanas, llevando comida, acarreando medicamentos, ropa, víveres, paralizados frente a los televisores, todo por dos personas que ninguno de los cientos de miles de involucrados habíamos visto nunca antes.

Ahora se trata de la vida de millones de compatriotas, de miles de médicos y trabajadores de la salud, de trabajadores esenciales que tienen que andar en la calle para que las ciudades sigan funcionando, de nuestros padres y abuelos que son los ciudadanos de mayor riesgo, de gente que verdaderamente conocemos, que tienen cara y nombre.

No, ahora no podemos apoyar, no es que nos pidan ir a pasar noches en los puestos de acopio como en el 2017, no gastar la mitad de nuestra quincena en garrafones de agua, ni ir a palear escombro.

Solo tenemos que quedarnos en casa y cuidarnos a nosotros mismos.

Pero no podemos.

 

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