jueves 04 marzo, 2021
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«2020: EL AÑO DEL ENCIERRO» Como anillo al dedo

 

Una de las frases célebres en torno a la pandemia de Covid 19 en México fue pronunciada por el presidente López Obrador hace meses y se refirió al dicho popular con que yo encabezo este artículo para el especial que estamos publicando en Mujeresmas. Los medios se le fueron encima y las críticas abundaron, acusando una insensibilidad atroz del mandatario ante la desgracia que para muchísimas personas ha significado esta pandemia, como la muerte de seres queridos, la pérdida del empleo y de ingresos, el cierre de negocios y una lista amplia de calamidades que la enfermedad y la jornada de sana distancia han traído consigo. Y respeto las opiniones de aquellos que se sintieron lastimados por el refrán en boca del mandatario.

Sin embargo, a lo largo de estos meses en que hemos sobrevivido con miedo y en la reclusión al contagio, las lecciones de vida se manifiestan de manera ineludible y la sacudida quizás termine por recolocarnos ante una nueva perspectiva.

La pandemia rompió nuestra inercia cotidiana sin remedio. Acostumbrados a una vida en el exterior, el aislamiento nos obligó a vernos con detalle en el espejo. A escarbar dentro de nosotros mismos y encontrar los cadáveres enterrados y también los tesoros. Las restricciones económicas nos llevaron a desarrollar nuevas habilidades y a crear pequeñas comunidades solidarias que nos permitieran subsistir. A tolerar la frustración y a imaginar nuevas posibilidades que se antojan mucho.

Además de esta perspectiva personal está la dimensión social de la pandemia. Ese ámbito donde todos los gobiernos del mundo pusieron a prueba su capacidad de respuesta ante lo desconocido y a gestionar la fatalidad. La confrontación histórica entre la visión del Estado regente de la vida social y la perspectiva neoliberal que pregonaba menos Estado y más empresa es sin duda la discusión actual. Pues hoy queremos que ese Estado se haga cargo de devolver las cosas a su sitio original y eso va a implicar un cambio ineludible en la forma de gobernar que ya estamos viviendo en nuestro país desde inicios de este año. Pues de pronto nos enteramos que las deudas de impuestos de los grandes contribuyentes se están cobrando, que los industriales de la comida ahora cumplen con el etiquetado en sus productos y que el SAT van contra las factureras, entre otros ejemplos de acciones de gobierno que le regresan su peso y fuerza al Estado mexicano. Y durante estos meses la autoridad ha fijado una ruta y un discurso para enfrentar el problema de salud y de la economía decaída.

Pero ¿cuál es la perspectiva ya no personal ni social sino espiritual de esta pandemia? Respuestas hay muchas y el Papa Francisco escribió una encíclica maravillosa sobre la fraternidad. Y me pregunto: ¿Qué piensan los dioses mexicanos de todo esto? ¿Qué nos dicen ellos a nosotros que somos su Pueblo del sol? Quizás la respuesta está en la antigua fiesta de Ochpaniztli, la de “los días de barrer”. Pues para que llegue el nuevo tiempo debemos barrer con los resabios de miedo e incertidumbre que nos dejó la pandemia.

“Nuestra madre tierra conoce bien su cuerpo. Sabe que sus caderas y sus senos son los cerros y montañas que forman valles fértiles donde crece el maíz. Pero también tiene selvas húmedas que son su vagina fecunda como fruto espinoso que rebosa sangre cuando no está encinta. Su rostro está formado por todas las flores de colores que crecen al amparo de las lluvias tardías del mes de la patria. Son amarillas, moradas, rojas, azules y crecen en los campos reposados que no han sido sembrados este año.

“Nuestra madre tierra se baña con las lluvias que anuncian el tiempo de la cosecha. El maíz grande y de grano gordo, hinchado por mamar de los senos de la madre Toci está listo para ser tomado por la mano del hombre que alimentará al pueblo. Y así ella, nuestra reverenciada madre, se llena de contento porque el tiempo de la pizca llegó. Tomar maíz y barrer será la consigna.

“Desde siempre el pueblo mexicano barre con actitud ritual el suelo que es la piel de Toci, la madre tierra. Nuestro pueblo tiene un aprecio muy grande por la limpieza. Cada vez que hay una celebración la gente se baña y se acicala y deja los espacios pulcros. El ritual de la escoba es fundamental: con ella se barren las impurezas acumuladas sobre la tierra, no solo para la comodidad de los vecinos, sino a la espera de la llegada de las bendiciones del poder divino.

“La diligencia de la barrida es una estampa entrañable de nuestras colonias que ocurre a tempranas horas del día. Se barre “la calle,” el trozo de banqueta de la fachada de la casa, aunque sea de tierra. Se barren los pasillos de los edificios, de las plazas públicas, los salones de fiesta, las tumbas de los panteones, las casas… entre pasada y pasada se acaricia la faz del mundo esperando que algo bueno suceda en retribución a ese cuidado”.

¿Qué esperaban los antiguos nahuas después de repasar el suelo con la escobilla de zacate amarrado? El descenso de una gracia del cielo como le ocurrió a Coatlicue diosa de la tierra, nuestra madre. Pues barriendo el templo se detuvo al ver caer del cielo una bola de plumas blancas que ella recibió en su seno y quedó encinta del pequeño guerrero Huitzilopochtli.

Es tiempo de tomar la escoba y barrer. La pandemia ha dejado un reguero de cosas ya inútiles que se acumulan como basura. En nuestro fuero interno sabemos cuáles son. El porvenir es un nuevo amanecer. Hagamos que esta oportunidad de cambio nos venga “como anillo al dedo”.

 

 

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