«METAMORFOSIS»: ¿Estadista Anaya? ¡No creo!

6 junio, 2018

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Nadie puede negar que el país necesita urgentemente entrar a una nueva etapa en la que, quien lo conduzca, sea un estadista, un gran conocedor de los problemas que nos han llevado a estar entre las naciones más inseguras o más corruptas del mundo. No obstante, Ricardo Anaya Cortés no es el hombre que México demanda, no por su juventud, sino porque se muestra inseguro, titubeante y molesto cuando se le cuestionan temas tan trascendentales en un mundo globalizado como son: derechos humanos, aborto, derecho a la verdad, matrimonio igualitario; integridad de los migrantes, un medio ambiente sano, igualdad y una vida libre de violencia que incluya a los seres vivos: animales que, al parecer, no entran en su agenda.

Me bastó ser espectadora de su encuentro con estudiantes de la Universidad Iberoamericana para darme cuenta que su discurso está sumamente estudiado, demasiado cuadrado diría, como una tarea que de memoria se debe aprender para recitarla durante la clase, sin preguntas ni respuestas, sólo esperando el estruendoso aplauso del auditorio.

Anaya Cortés tiene, además, un gran problema: no conecta con el público. No transmite confianza en que con él los conflictos de desigualdad, abuso, inseguridad, y corrupción serán, ya no digamos erradicados, sino mínimamente combatidos. Tiene un pasado que lo persigue desde su participación como funcionario de Felipe Calderón hasta su acompañamiento como legislador del PAN para lograr las controvertidas reformas de Enrique Peña Nieto que hoy califica como insuficientes y mal ejecutadas.

En las respuestas a las preguntas rápidas de un buen entrevistador como Jorge Ramos, fue donde me decepcionó el abanderado de Por México al Frente. En esa etapa todos los candidatos presidenciales tropiezan. Los mexicanos queremos que quienes aspiran a gobernarnos, hablen con la verdad; por qué no decir que se equivocaron como servidores públicos y legisladores, por qué no aceptar que fueron directa o indirectamente corresponsables de las fallidas políticas públicas para combatir a la delincuencia o para proporcionar a nuestros jóvenes educación de primer nivel.

Sus titubeos detrás de una sonrisa fría, profesional, retadora no genera certidumbre, su hablar bien modulado mostrando al joven bien preparado de la contienda presidencial no basta para convencer a millones de electores que no han decidido su voto y que no ven a Andrés Manuel López Obrador como la opción que México necesita. No es su juventud, repito, lo que no me inspira, es la de una personalidad no auténtica escondida tras de una máscara que no consigue en los jóvenes universitarios el clamor de ¡presidente! ¡presidente!

Anaya calló durante la guerra que dejó más de ciento veinte mil muertos en el arranque y el final del gobierno calderonista y se comportó igual durante los cinco años de administración de Enrique Peña Nieto hasta que una mañana despertó queriendo ser presidente de México, sin importarle si en su deseo juvenil arrastraba a una militancia panista de alta alcurnia que defiende a capa y espada el derecho a la vida mientras su socio, el PRD, garantiza a las mujeres su derecho a decidir sobre su propio cuerpo aun cuando exista una lucecita de vida en su vientre.

¡No le gustaron esas preguntas!

Hasta este momento me resistía a aceptar que Ricardo Anaya no es el hombre adecuado para gobernar este gran país, no por su juventud subrayo de nuevo, sino porque a su lado, al igual que en Morena y el PRI, tiene a personajes de la política que no desean un México prospero, desean, como lo han hecho desde hace décadas, servirse de la política para mantener en sus manos el poder y el dinero: Dante Delgado, los Jesús Ortega y Zambrano, Miguel Ángel Mancera, los viejos y nuevos aprendices de legisladores y los hijos de gobernadores como Miguel Ángel Yunes a quien el candidato presidencial frentista calificó de honesto.

Nada nuevo esperaría de Ricardo Anaya en el tercer debate presidencial de los próximos días, no es su momento, no es el hombre que terminará con un régimen odiado por más de la mitad de la población, no es el estadista que México necesita para su renacimiento…No votaré por él.

 


Elena Chávez. Estudió periodismo en la universidad Carlos Septién García. Ha escrito los libros “Ángeles Abandonados” y “Elisa, el diagnóstico final”. Reportera en diversos diarios como Excélsior, Ovaciones, UnomásUno; cubrió diferentes fuentes de información. Servidora Pública en el Gobierno del Distrito Federal y Diputada Constituyente externa por el PRD.

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