«DOLCE ÁLTER EGO»: Meghan la ‘foodie’

En el 2014, siendo ya una actriz reconocida por su papel en la serie Suits, Meghan Markle inauguró un blog personal de estilo de vida con el que logró aumentar su número de fans e inspirar a miles de sus contemporáneas.

En The Tig, la hoy “Duquesa de Sussex”, publicaba temas relacionados con la moda, los viajes, el arte, la decoración, su labor humanitaria y la comida… mucha comida.

Su escaparate personal daba cuenta de sus placeres culinarios como el del vino, empezando por el mismo nombre del blog que hacía alusión a su tinto favorito, el vino italiano Tignanello, oriundo de la Toscana y del cual un día escribió: “Probar ese chianti me hizo comprender que el vino es más que una bebida alcohólica”. De venta en Catamundi: 2,420 pesos (www.catamundi.com/producto/tignanello/).

En variadas ocasiones, Meghan se autonombró foodie o “comidista”, por lo que en su blog, además de publicar recetas, también solía recomendar restaurantes y sitios emblemáticos de la gastronomía italiana, como la costa de Amalfi.

Tras el anuncio público de su relación con el príncipe Harry, la actriz se vio obligada a cerrar el blog, del cual se despidió con un “Hasta luego” en abril de 2017.

En noviembre pasado que se formalizó el compromiso, comenzaron los rumores y apuestas sobre los detalles de la boda, especialmente acerca del vestido de novia que ella llevaría puesto y del menú que se ofrecería en el banquete. Teniendo en cuenta la afición de Meghan por la buena mesa, la expectación era aún mayor.

Semanas antes del enlace real, un anuncio oficial tomó desprevenidos a los que especulaban sobre el tema de la comida. La sorpresa más grande fue el anuncio de que los 600 invitados al festejo postceremonia religiosa ofrecido por la Reina, a celebrarse en los jardines del castillo Windsor, comerían ¡de pie!, pues sólo se servirían bocadillos, cucharones y bowls. Sin duda una elección moderna y pragmática de parte de los novios.

Aunque sí se celebró una cena formal para 200 invitados presidida por el príncipe Carlos y su esposa Camila, a la que acudieron los familiares y amigos más cercanos de la pareja.

Los alimentos de ambos eventos fueron preparados en los fogones del castillo (cuyas instalaciones datan del siglo XVI), bajo el mando del chef de la casa real .

Si bien la selección del menú fue de cocina internacional, hubo un marcado acento británico al utilizar vegetales autóctonos de primavera como los espárragos, chícharos y tomates (algunos de la propia huerta de la Reina), alimentos con los que se prepararon 28 mil canapés. En el lunch ofrecido en los jardines, los invitados degustaron “Langostino escocés envuelto en salmón ahumado con crema de cítricos”, “Espárragos a la parrilla envueltos en jamón de Cumbria”, ”Panacota de chícharos con huevos de codorniz y verbena de limón”, “Tartitas de tomate y albahaca con perlas de balsámico”. En los bowls o tazones, se sirvieron los alimentos calientes con platillos tradicionales, como “Cordero de Windsor con verduras asadas y mermelada de echalote” o el “Cerdo asado 10 horas con compota de manzana”.

Hubo tres postres: “Macarrones de pistache y champán”, “Tartita de creme brulée de naranja” y “tartitas de cerezas y ruibarbo”.

En cuanto a bebidas, durante los festejos se sirvió Champán, vinos y un coctel sin alcohol llamado “Mocktail”, a base de manzana y jarabe de saúco.

El pastel de bodas es un capítulo aparte, porque la novia tuvo manga ancha y seleccionó a una repostera californiana –como ella–, quien es propietaria de Violet bakery, una pastelería hípster en Londres. El pastel, construido con un bizcocho de limón elaborado con huevos ecológicos, relleno de lemon curd a partir de 200 limones orgánicos de Amalfi, Italia, y cubierto con crema ligera de mantequilla endulzada con jarabe de flor de saúco, fue el símbolo metafórico y material para dejar bien claro que con este enlace se ventilan los nuevos tiempos de la realeza británica.

Por siglos, el pastel de la boda real había sido preparado por una pastelería oficial con la misma receta tradicional del pastel inglés de frutas con brandy cubierto de mazapán y azúcar glass.

La torta “hecha a la medida” de Meghan y Harry es un claro guiño al estilo foddie que la duquesa promocionaba en su blog. Un aire fresco que rompió con kilos de azúcar y la dura corteza de un mazapán que ya nadie quiere ni se come. Adiós a los pasteles de utilería y a las bodas arregladas. Bienvenidas las historias modernas de la Cenicienta feminista.

Justo el día de la boda, me mandaron un meme con la imagen de la pareja en la que Meghan sonríe  junto a su príncipe. El texto adjunto decía: “Esta es la sonrisa de una mujer que sabe, perfectamente, que jamás volverá a tocar jabón de trastes en su vida”.

Y me quedé pensando que también ha de estar muy consciente de que No podrá publicar ya ninguno de sus viajes, cenas, vinos favoritos o lo que sea a título personal. Como quizás tampoco tenga libertad de vestirse como quiera ni pasear a donde sea.

¿Por qué una mujer joven, empoderada, exitosa, embajadora de la ONU, que logró forjarse a sí misma con sus propios méritos querría cambiar su “libertad” y autonomía por vivir una vida de realeza con todo lo que eso implica?

Las feministas puras dirán que –en el fondo– ella es francamente una mujer conservadora.

Mi humilde opinión es que una mujer exitosa que se probó a sí misma, apasionada de la buena vida, no tiene ya nada qué perder, aún más si su elección la aleja de todo sufrimiento anterior y la hará gozar de las mieles de un beso apasionado y verdadero.

¿Por cuánto tiempo? No lo sabemos.

Si algo no sale bien, ella tiene un nombre propio y seguramente podrá salir adelante con una copa de Tignanello en la mano.

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