«EL RING DE LOS DEBATES»: Maternidad tras las rejas

Magdalena (evitamos su nombre real por razones obvias) se encuentra desde hace ocho años en el Penal de Santa Martha Acatitla. Está condenada a 12 por el delito de homicidio. Es madre de un pequeñito de cuatro años, a quien llamaremos Pedro.

El niño fue concebido en reclusión. Su padre también cumplía una condena, pero obtuvo su libertad. Durante los siguientes meses, los visitaba a ambos pero esos encuentros se fueron espaciando. Algunas veces tardó 15 días en ir, luego fue durante un mes entero y así hasta que ya no regresó.

Pedrito estaba acostumbrado a que su padre le llevara golosinas, juguetes y artículos de primera necesidad. Una vez pidió chicharrones que venden dentro del penal. A Magdalena se le hizo un nudo en la garganta pues no tenía dinero para comprárselos. Se sintió tan mal que se hizo una promesa: al niño no le iba a faltar nada.

A partir de ese momento, todos los días se levanta a las 7 de la mañana para ir a su empleo de limpieza en el tercer nivel del penal. A las 8 regresa a su celda para llevar al pequeño al Centro de Desarrollo Infantil “Amalia Solórzano” (Cendi) que está en el interior y que opera desde 2004.

Los sábados, empieza más temprano. A las 5 de la mañana ya está de pie para preparar empanadas que vende dentro del propio penal.

Además, también toma cursos. Quiere hacer méritos para su preliberación pues -de acuerdo con la Ley de Ejecución Penal-, ningún menor puede permanecer más allá de los 6 años. Tiene la esperanza de poder salir con él.

En Santa Martha hay otros 78 menores que viven con sus madres. Cincuenta y cinco van al Cendi, como lo hace Pedro y en la medida de lo posible, llevan una vida “normal”.

Del total de la población penitenciaria en México, 12 mil 132 son mujeres y 88 por ciento de ellas son madres. En el 73 por ciento de los casos de las madres en prisión, ellas eran el sostén económico de sus hijos. Otros, como en el caso de Pedro, nacieron tras las rejas.

Por el rol de cuidadoras que asumen en general las mujeres, su privación de libertad afecta de manera desproporcionada a sus hijas e hijos, en particular a los menores de edad. Sólo un tercio de ellos crecen con sus padres. En la mayoría de los casos viven con otros familiares, en una situación de precariedad afectiva y material que no les permite desarrollarse plenamente.

De acuerdo con las Reglas de las Naciones Unidas para el Tratamiento de las Reclusas y Medidas no Privativas de la Libertad para las Mujeres Delincuentes, mejor conocidas como Reglas de Bangkok, firmadas por México, los países deben privilegiar medidas alternativas al encarcelamiento para las mujeres, lo cual implica limitar lo más posible el uso de la prisión preventiva como medida cautelar.

Sin embargo, en nuestro país eso no ocurre. La proporción de mujeres en prisión preventiva es más alta que la de hombres: mientras un poco más de un tercio de los hombres privados de libertad están en espera de sentencia, es casi la mitad de las mujeres que se encuentran en esta situación.

Lo anterior es una clara muestra de la falta de perspectiva de género en el sistema de impartición de justicia nacional. En algunos países, como Colombia, por ejemplo, la ley prevé que las madres solteras puedan cumplir su sentencia en arresto domiciliario.

Así que organizaciones sociales empujan para que en nuestro país se modifique la ley y se reduzca de seis a tres años la estadía de los niños en las cárceles. Argumentan que en ellas están expuestos a un ambiente violento, al consumo de drogas y al riesgo de motines.

También apuntan que el trauma de la separación de su madre a los seis años es mucho mayor que si fuera a los tres. Y es que en muchos casos, los menores que dejan las prisiones a los 6 años no son entregados a sus familiares, sino que son colocados en Casas Hogar.

Mientras tanto, Magdalena trabaja muy duro todos los días para tratar que a Pedrito no le falte nada. Lo que le empuja a salir adelante es la esperanza de que dejen juntos las rejas. Ojalá así ocurra. En este caso, merecen construir una vida familiar fuera de prisión. Es así como debería trabajar la reinserción social. Sólo así habrá realmente justicia.

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