«POLÍTICA DE LO COTIDIANO»: Razones para tener hijas e hijos

El filósofo Immanuel Kant (1724-1804), representante de la ética de principios, centrada en deberes, acuñó una máxima para el comportamiento correcto: tratar a las personas como fines en sí mismos y no como medios. De hecho, de este principio deriva un desarrollo que llega a los actuales derechos humanos.

Sin embargo, en nuestra más común vida cotidiana, existen costumbres y visiones sobre las relaciones humanas y familiares, en las que los discursos dominantes normalizan la utilización de las personas como medios y no como fines. Un ejemplo de esto, que suena brutal, pero ocurre, radica en las razones para tener hijas o hijos. Éstas son algunas de las que yo he escuchado:

Para no quedarme sola/o; para unir o “arreglar” a la pareja; para acompañar al primer hijo/a; para que me cuide cuando esté grande; para “amarrar” a la pareja; para que la mujer se quede en la casa; para que al esposo se le quite lo infiel o lo alcohólico o le cambie el carácter; para ver si trae torta bajo el brazo y se compone la situación económica; en el caso de adolescentes, para que la situación obligue a los adultos a aceptar a la pareja del hijo o la hija y se conviertan “mágicamente” en adultos (y supuestamente sean tratados con más respeto); para ser una “verdadera familia”.

Todas estas razones, muy comunes y escuchadas como “lo más normal” son expresiones que miran a los hijos como medios y no como fines en sí mismos; se espera tenerlos para que sean de alguna utilidad, no para criar responsablemente a un ser humano íntegro, esto puede que de paso suceda, pero no es la manera en que se planean.

Estas concepciones de los hijos como medios tienen implicaciones necesariamente en el desarrollo y cuidado de los mismos. Es posible que algunos, a pesar de ser concebidos utilitariamente, igualmente reciban los cuidados adecuados para crecer como seres humanos a cabalidad. Sin embargo, cuando predomina su visión como medios, es probable que esta concepción rodee su entorno de forma predominante y sigan siendo tratados de ese modo, lastimando con ello su integridad.

Por ejemplo, si un hijo o hija se tiene para no quedarse solo o sola, siempre se le estará advirtiendo explícita o implícitamente que ésta es su misión más importante (para eso fue traído al mundo), y entonces su autonomía será siempre amenazada por la lealtad que le debe a “quien le dio la vida”. Si los hijos se conciben para arreglar relaciones, sabemos que ésta es una idea falaz, por más que sean idealizados por visiones religiosas como bendiciones en sí mismos, su crianza requiere tal responsabilidad y compromiso de los adultos a cargo, que si no existe esa responsabilidad, rápidamente quedarán desencantados porque el milagro de arreglar matrimonios no viene con el nacimiento sino con la conciencia y madurez de las parejas en conflicto.

Y ni qué decir de los adolescentes que se embarazan para que el hijo los vuelva adultos y sean respetados, estamos hablando de muchas tragedias de embarazos adolescentes: la reproducción de la violencia y la pobreza.

Sin duda las razones por las que los y las adultas deciden tener hijos son complejas, no siempre tan claras y se combinan también aspectos conscientes e inconscientes. Insisto que a pesar de “razones equivocadas” (verlos como medios), los adultos pueden tener cuidados responsables; pero las concepciones impregnadas de una religiosidad irresponsable, esas que conciben que el solo nacimiento es gozoso, cuando no hay condiciones materiales, éticas, de calidad de las relaciones en los hogares a donde los hijos llegan; cuando no se piensa en ellos y para ellos y sino en usarlos, se multiplican parentalidades irresponsables e hijos que sufren.

 

 


Adriana Segovia. Socióloga por la UNAM y terapeuta familiar por el ILEF.

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