«EL ARCÓN DE HIPATIA»: Por un universo en el que las científicas también sean estrellas

“Luchador y triunfador. A lo largo de toda su vida logró sortear la inmensidad de impedimentos que le planteaba el mal de Lou Gehrig, una esclerosis lateral amiotrófica que le aquejó desde que tenía veinte años. Fue, sin duda, un caso particular de vitalidad y resistencia frente al infortunio del destino.”

Estas palabras se pueden leer en una biografía de Stephen Hawking, quien es el físico más conocido y popular desde los tiempos de Einstein, de acuerdo con la visión de muchos. Sólo le faltó un reto, que ha sido, por desgracia, una barrera infranqueable a lo largo de la historia para muchas personas en el campo de la ciencia: el ser mujer. Y es que ahí, el género sí pesa.

Sería imposible e injusto decir que no ha habido mujeres destacadas en la investigación científica. Siempre han estado ahí pero, al parecer, la historia y la sociedad se han encargado de que su presencia sea tras bambalinas o en papeles secundarios.

Según datos del informe ‘Mujeres en la Ciencia 2016’ de la Unesco, tan sólo el 28 por ciento de los investigadores en todo el mundo son mujeres.

A escala mundial, el panorama es igual de desalentador. En las matrículas de los programas académicos relacionados con las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), solo el 3% son mujeres; en ciencias naturales, matemáticas y estadística, el 5%, y en fabricación y construcción, únicamente el 8 por ciento.

Haciendo referencia a los Premios Nobel en Química, Física, Fisiología y Medicina, un total de 599 hombres han obtenido alguno de estos reconocimientos, en contraste con las 17 mujeres que lo han logrado.

En América Latina, solamente uno de cada cinco países ha alcanzado la paridad de género en este campo, en donde aproximadamente entre el 45% y el 55% de sus investigadores son mujeres, menciona el informe ‘Mujeres en la Ciencia 2016’. En la región, Argentina y Bolivia tienen datos que superan el 50%; sin embargo, Paula Astudillo, coordinadora institucional de Género de la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (Conicyt), ya ha expresado su desconfianza de cómo se levantaron esos datos.

Parece un mal chiste que sea precisamente en el ámbito de la ciencia donde los prejuicios y estereotipos cobren factura y existan actitudes que resultan discriminatorias. ¿Cómo es posible que en un espacio de conocimiento prevalezcan prejuicios?

Es una cuestión compleja y son muchos los factores que dificultan tanto el ingreso como el desarrollo de la carrera científica de las mujeres en condiciones de igualdad. Desde los estereotipos que afrontan las niñas desde edades muy tempranas y que tienen impacto en la elección de su campo de estudio, hasta las mayores cargas familiares que soportan.

Por otro lado, también existen sesgos de selección en un ámbito laboral dominado por hombres en las posiciones de poder. El problema es de fondo. Las mujeres somos desmotivadas muchas veces desde el aula. Promover estereotipos de que los chicos son buenos en matemáticas y las mujeres en el campo de las humanidades no es nuevo. “Esas carreras no son para mujeres que quieres ser madres”, es otra frase recurrente.

La muerte de Stephen Hawking ha hecho que se desempolven viejas notas sobre cómo terminó su matrimonio con su primera esposa, Jane Wilde, y su posterior relación con una de sus enfermeras, en el que ha salido a debate qué tanto le debe el científico su fama a las mujeres que silenciosamente lo procuraron. Sin dejar de lado esa cuestión, creo que es más pertinente concentrarnos en el debate de la igualdad, en crear un universo en el que las mujeres científicas puedan ser ellas mismas las estrellas.

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