«ANDANDO Y PENSANDO»: Noticia sobre Maquiavelo

Un par de años atrás estaba en la biblioteca de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Es un espacio que no invita a la lectura, menos al estudio, además pequeño, y la música o lo que se supone que debe ser la música que los estudiantes improvisan en la explanada entra clara y estridente hasta las mesas en que se lee. Sin embargo, me gusta estar allí. Está para mí, lleno de aquello que los sabios latinos denominaron genius loci, el espíritu del lugar. Cuando leo y me concentro en mi tema no estoy en el presente nada más, sino que estoy en 1984 o en los años que se sucedieron. Abstraído, protegido, purificado por las letras, por los conceptos, por los personajes, me siento custodiado por la sombra protectora de la multitud de libros en los estantes. Dijo Monteigne o yo leí un autor que lo citaba, que dos horas de buena lectura nos liberan de cualquier infelicidad cotidiana; incorporé en mi interioridad esta idea, y le doy uso práctico.

En esas andanzas bibliotecarias, preparando un tema sobre Maquiavelo, el fundador de la Ciencia Política clásica, y autor de culto hasta los días actuales, una vez agotado los ensayos de Federico Chabod sobre el tema, busqué más bibliografía. Encontré en un encuadernado rústico dos copias de Nicolás Maquiavelo: Principios políticos. Comencé a leerlo de inmediato. Por aquellos días sólo pensaba en el autor florentino, pues necesitaba salir de un compromiso académico. Lo había leído por placer, ahora lo estudiaba por necesidad, pero el gusto se renovaba, pues sus consejos y máximas me han enseñado sobre uno de los temas que más me apasionan: el de la condición humana; y también de la política como actividad primordial de los hombres, y todo ello, situado en una de las épocas más luminosas de la humanidad, como lo fue el Renacimiento, en la Italia del siglo XVI. Se escribe fácil: el Renacimiento, Florencia, a orillas del Arno, en un pequeño espacio terrestre en el cual, a pocos kilómetros los unos de los otros, respiraron y trabajaron hombres como Maquiavelo, Leonardo da Vinci, Miguel Ángel Buonarroti, Francesco Guicciardini…en una ciudad gobernada por la familia Médici, cuyo representante más eminente sigue siendo Lorenzo El Magnífico; también en ese mismo lapso pontificó contra el pecado e incluso tomó el poder un tiempo en la ciudad el religioso dominico Girolamo Savonarola, el inventor en forma de “Las hogueras de las vanidades”. Un ritual que es necesario conocer para liberarnos, o al menos, tener a raya, ese demonio siempre presente que es la vanidad. O como se dice ahora, el Ego. Lo menciono porque  Maquiavelo dejó testimonio de lo mucho que le impresionó el personaje y Miguel Ángel, ya de viejo, en un ejemplar gastado leía los sermones del monje alucinado. La idea de la Florencia de esa época en que vivió Maquiavelo y ejerció su cargo diplomático y forjó su experiencia como político y su vivencia en los asuntos humanos, la recree en la lectura de la biografía del pintor de la Capilla Sixtina publicada hace pocos años por Martin Gayford.  Es un fresco delicioso. No tiene la narración el tono opaco de la luz de las oficinas de la Cancillería florentina sino la luz fuerte de la vida en la plaza de la ciudad. Siento que nos enseña más sobre la Florencia real que alguna vez fue, que lo que dice el propio Villari en su amplia biografía de Maquiavelo.

Y sobre eso es que quiero hablar a los estudiosos y lectores del autor de El Príncipe: que en fecha reciente la UNAM editó de nuevo el estudio del Dr. Héctor Zamitiz Gamboa, sobre el también autor de Discursos sobre la primera década de Tito Livio. El libro en cuestión, es bueno repetirlo, es Nicolás Maquiavelo: Principios políticos. Está ordenado en cuatro capítulos: 1.-Renacimiento, humanismo y realismo político; 2.-La Historia, maestra de la política; 3.-La invariable Naturaleza Humana como premisa antropológica de la política; 4.-Los principios de la política y del gobierno. El tema oceánico del poder en Maquiavelo Héctor Zamitiz lo sintetiza con maestría,  así, logra extraer la savia fundamental de aquellos temas maquiavelianos que necesitamos saber. Esta tarea es propia del oficio del politólogo que al narrar y describir su tema de estudio, demuestra su lenguaje y la categoría de su oficio. En alguna parte del texto se usan los términos maquiavélico y maquiaveliano. Del primero nos dice el diccionario que es referido al hombre astuto y engañoso; el segundo, “…se refiere a formas, teorías o hipótesis constitutivas de la obra y el pensamiento de Maquiavelo.” (Marcelo A. Barbuto. El momento maquiaveliano: propuesta de un nuevo vocablo para el Diccionario de la Lengua Española.) Aclarar esta terminología es importante, pues pese a toda la información disponible, sigue generando confusión.

Al abrir el libro de Héctor Zamitiz, encontramos este párrafo que es muy importante reproducir, pues aclara un punto vital al adentrarnos en la obra del florentino: “Conviene subrayar, al igual que lo hace Pasquale Villari, que Maquiavelo no escribió jamás que el fin justifica los medios, y que esta abominable figura no es de él ni está en él, lo cual nos lleva a afirmar que existen dos maquiavelismos, el verdadero de Maquiavelo y el falso, la caricatura que hacen sus enemigos. El verdadero sería la interpretación correcta y científica de los escritos del secretario florentino; el otro sería su deformación, errónea o maliciosa. ¿No habrá sido Maquiavelo poco maquiavélico? –se pregunta Antonio Gramsci, uno de aquellos que “saben el juego” y tontamente lo enseñan mientras el maquiavelismo vulgar enseña a hacer lo contrario.” Este pasaje nos invita a pensar…

Buscaba en mi ejemplar del estudio de Héctor Zamitiz el multicitado fragmento de la correspondencia en que Maquiavelo describe como, después de sus actividades ordinarias, se sienta a estudiar y dialoga con los grandes espíritus del pasado. Dice en una línea: “Para este alimento he sido hecho.” Creo que ese párrafo hay que citarlo una y otra vez. Sin cansarnos. En esa búsqueda encontré al propio Maquiavelo decir, pese a la distancia de los siglos: “Pero siendo mi propósito escribir algo útil para quien lo lea, me ha parecido más conveniente ir directamente a la verdad real de la cosa que a la representación imaginaria de la misma. Muchos se han imaginado repúblicas o principados que nadie ha visto jamás ni se ha sabido que existieran realmente; porque hay tanta distancia de cómo se vive a cómo se debería vivir, que quien deja a un lado lo que se hace por lo que se debería hacer, aprende antes su ruina que su preservación: porque un hombre que quiera hacer en todos los puntos profesión de bueno, labrará necesariamente su ruina entre tantos que no lo son. Por todo ello, es necesario que un príncipe, si se quiere mantener, que aprenda a poder ser no bueno y a usar o no usar de esta capacidad en función de la necesidad.”

Puro sentido práctico. Por el pragma, dirían los politólogos, este libro del Dr. Héctor Zamitiz, brillante en su despliegue verbal y erudito en su contenido, tiene la obligación de circular. Que no duerma el sueño en las universales bodegas universitarias, sino que circule, que ilustre y le dé sabiduría y vitalidad a su futuro lector, que ansioso, ya lo espera.

 


Jorge Lamoyi. Editor y periodista tabasqueño.

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