«TENGO ALGO QUE DECIRTE»: Cirugía

8 marzo, 2018

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Llevábamos tiempo en terapia de pareja. Él me pidió ir para arreglar las cosas entre nosotros. Cosas. Así dijo. Recuerdo bien que el primer día, mencionó querer hacerlo porque había perdido tanto que él haría todo lo que fuera para que eso no sucediera conmigo y estar juntos toda la vida.

Nuestra confesora terapeuta nos pidió firmar frente a ella un “acuerdo en el que nos comprometíamos a cumplir acuerdos”. La idea era no cambiar los compromisos adquiridos. Si en algún momento uno de los dos necesitaba hacerlo, debería hablarlo y negociarlo. Si la otra persona se negaba a aceptar la modificación, no procedía y se mantenía lo acordado.

Interesante la manera de tratar de resolver el problema de fondo, en especial por todos aquellos momentos no esperados en los que sorpresivamente su exmujer llamaba para dejarle a su hija en cualquier lugar a la hora que fuera con pretextos inventados. Él salía corriendo sin importar los compromisos que teníamos como pareja pues ella era “lo más importante en su vida”, lo que no cuestioné pues el amor de padre debe estar presente aún con las separaciones. Su hija se quedaba en casa los fines de semana que la señora disponía. Era bien recibida y amada por todos. Él mencionaba constantemente la fortuna de poder darle a su hija una familia con nosotros.

El incumplimiento de acuerdos conmigo por ese tipo de mensajes era recurrente. Incluso, podíamos planear un fin de semana largo en Valle de Bravo (promesa hecha que nunca cumplió) avisando previamente a su exmujer y de la nada, recibir una de sus llamadas madrugadoras el día de nuestro viaje para informarle que debía recoger a su hija a las dos de la tarde pues ella estaba abordando un avión para irse de vacaciones.  En la escuela, su exmujer había dado la instrucción que se comunicaran con el papá cuando la niña se sintiera mal; la niña pronto aprendió que vomitar era fácil y que de esa manera, papá iba por ella a cualquier hora dejando los juzgados donde él trabajaba. Casualmente, la mayoría de las llamadas de su ex eran los viernes y sábados por la tarde-noche; y yo tenía que cancelar compromisos o ir sola con amigos, familia, y perdía boletos de teatro, cine, conciertos. Entiendo lo que uno debe hacer por los hijos, pero su justificación ante los plantones era que lo hacía “por su hija, por quien daba su vida”, a la que no podía dejar en manos de una mala mujer o abandonada donde indicará la susodicha.  Pero, ¿y nuestra pareja?

Al paso del tiempo, los problemas crecían pues no era fácil aceptar que su exmujer, utilizando a su hija, pudiera ser dueña de mi calendario, mis compromisos y  mis tiempos. Él insistía que ella no lo hacía por dañar nuestra relación. ¿No debía también darme mi lugar ante ambas y hacer que ellas respetaran el poco tiempo de pareja que podíamos estar juntos y solos?

El acuerdo que nos pedían firmar era lo que se necesitaba. En esa misma cita, él decidió la fecha de la cirugía en la que me quitarían la matriz pues era cuando podía “cuidarme y dedicarse totalmente a mi” asegurando que no tendría a su hija ese fin de semana.  La terapeuta le pidió que se comprometiera a cumplir y le pidió que no fallara dada la importancia del evento.

Miércoles por la noche y con el nervio de hospital a flor de piel. Estaba programada muy temprano al día siguiente por la mañana. Suena su celular y lo único que escucho a lo lejos es un “sí mi princesa, claro que sí”. Me dice que su hija tiene una competencia de porras el domingo, de esas que hay muchas durante el ciclo escolar. Le pregunté si le explicó que yo, su mujer, estaría saliendo del hospital y que la vería en otra ocasión. No contestó.

El sábado pude ir a casa. No podía caminar. La rajada de la panza no permitía que me levantara de la cama tan fácilmente. Después de las visitas esa tarde, cuando pude escuchar el silencio, cansada y adolorida, me llama mi madre para informarme que él le habló y le pidió que viniera a casa a cuidarme a las seis de la mañana y así, ir al concurso de su hija. ¡No lo podía creer! ¿Cómo podía atreverse a pedirle a mi madre que madrugara cuando el acordó que estaría conmigo? Cuidar a quien amas cuando está enfermo y saliendo del hospital es algo que no debe firmarse, algo que se da naturalmente; son esos momentos en los que realmente sabes quienes están contigo. Aún después de acordarlo estableciendo él las fechas frente a la terapeuta, ¡¿se iba a ir a un concurso de porras?! ¿No podía decir que no a su hija y que iría al de la semana siguiente?

Para su sorpresa, le pregunté por qué había hablado con mi madre sin hacerlo antes conmigo. Naturalmente empezó a discutir en defensa al amor por su hija y mi no entendimiento. En mi molestia, no sólo física sino del alma, le pedí que si decidía irse con ella, lo hiciera en ese instante para que mi madre durmiera conmigo y no tuviera que despertarse a las cinco en domingo. Tomó su mochilita, empacó sus pocas cosas, gritó, y se fue dejando la puerta abierta del departamento. Me dejó sola en cama sin poder dar paso alguno.

Empecé a llorar. No sabía cómo decirle a mi madre que viniera a casa porque mi “pareja” me había dejado sola en esas condiciones y con la puerta abierta. Por suerte, ella llegó amorosamente pronto, no hizo preguntas y se dedicó a cuidarme como sólo las madres saben hacerlo. Estoy segura que ella sabía que mi dolor iba más allá de una matriz y puntadas en mi cuerpo.

Me reclamo a mí misma el haber permitido que volviera a mi vida después de ese hecho tan miserable, enviando flores, jurando amor eterno y aceptando ser un idiota. Mi amor por él permitió perdonar que me abandonara de esa manera en un momento tan vulnerable e importante de mi vida sin darme mi lugar.  Me enoja no haber escuchado a mi abuela cuando me repetía que “eso no se hacía” y que no podía confiar en él ni perdonarlo. Aprendí también que uno puede perdonar, pero a veces es imposible olvidar.

El amor no necesita firmarse. Debe ser algo natural con base en el respeto y la confianza. Hoy entiendo que si pudo abandonarme al salir del hospital, no debe sorprenderme que lo hiciera años más tarde con otra mujer, que dejara de ver su hija (“el amor de su vida”), no pagara su pensión,  y descubrir que sus engaños y mentiras eran constantes. Soy muy afortunada de no saber más de él. Estoy segura que esas cicatrices, que no debieron existir, me han hecho una mujer más fuerte.

 

 


Citlalli Berruecos. Tiene estudios de Sociología en la UNAM y la Universidad Complutense de Madrid, España. Licenciatura en Lengua y Literatura Inglesa, UNAM. Maestría en Educación con especialidad en Educación a Distancia, Universidad de Athabasca, Canadá.

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