«EL RING DE LOS DEBATES»: Mentes criminales

¿Qué pasa por la mente de un joven de 19 años como para abrir fuego a mansalva contra sus compañeros de escuela? ¿Cómo es capaz de asesinar a 17 de ellos? ¿En qué piensa cuando, tras la agresión, decide confundirse entre los alumnos que fueron desalojados para huir? ¿Qué clase de persona puede tener la sangre tan fría como para dirigirse a un Walmart, comprar un refresco en un Subway y luego entrar a un McDonald’s, como si nada hubiera ocurrido?

Cada vez que se registra un hecho como el del pasado miércoles 14 de febrero en la Marjory Stoneman Douglas High School, de la ciudad de Parkland, Florida, especialistas presentan diagnósticos similares: los autores de asesinatos masivos son personas que tienen conflictos y trastornos emocionales, están enojados, deprimidos, no se encuentran satisfechos con sus logros y, a pesar de tener amigos, se sienten solos.

En el caso específico del más reciente tiroteo, su autor, Nikolas Cruz, se dice que se trata de un joven con serios problemas de depresión. Alguien que ha tenido graves pérdidas a lo largo de su vida: se trata de un niño adoptado cuyo padre muere de un ataque al corazón cuando tenía 11 años de edad y cuya madre también falleció en noviembre pasado.

Sin embargo, ¿eso justifica su actuación? Nikolas es reflejo de lo que ocurre en las escuelas y, en general, en la sociedad estadounidense cada vez más caracterizada por la violencia armada. Y lo peor es que los estadounidenses parecen resignados.

Tan es así que en los primeros 45 días de este año se registraron 18 tiroteos en escuelas de ese país. La mayoría de estos casos ni siquiera aparecen en los titulares de la prensa nacional. Se han convertido en hechos usuales.

El 23 de enero, un estudiante abrió fuego en su escuela en Kentucky, al comienzo de la jornada. Mató a un chico y una chica, ambos de 15 años como él; 14 más resultaron heridos.

El día anterior, un adolescente fue herido en la cafetería de su escuela en Texas. Ese mismo lunes, un adolescente de 14 años recibió un balazo en el estacionamiento de una universidad en Nueva Orleans.

En enero también le dispararon a un autobús escolar en Iowa. Hubo un tiroteo en una escuela secundaria en Seattle, en un campus en California. Y así consecutivamente: las tragedias se suceden y parecen no tener fin.

Un estudio del FBI descubrió una “frecuencia creciente” de los tiroteos entre el año 2000 y 2013. El 24.4 por ciento de los tiroteos ocurre en ámbitos educativos. En la mayoría de los casos, los tiradores que abren fuego dentro de una escuela secundaria o universidad son estudiantes del propio establecimiento.

Estados Unidos quedó traumatizado luego de algunas de estas escenas, en particular después de la de Columbine en 1999, con un saldo de 12 estudiantes y un maestro muertos, y 27 lesionados; la de Virginia Tech en 2007, en la que murieron 33 personas, incluyendo al único autor del tiroteo​ y 29 personas resultaron heridas; así como la masacre de Sandy Hook, una escuela primaria de Connecticut, donde murieron 20 niños de seis y siete años en 2012.

¿Qué se puede hacer para frenar esa ola de violencia escolar? ¿Equipar a todas las instituciones con puertas de seguridad? ¿Armar a los maestros? ¿Dar entrenamiento a los estudiantes sobre cómo reaccionar ante un individuo que dispara a ciegas para alcanzar un máximo de víctimas?

Pareciera que la única respuesta es la resignación luego de que el primer incitador al odio es el presidente Donald Trump, quien se ha dedicado a polarizar a la población.

Más allá de lo que ocurre en el vecino país del norte, debemos echar las barbas a remojar. Ya hay antecedentes de violencia escolar en México. El 18 de enero de 2017 en las instalaciones del Colegio Americano del Noreste, un colegio privado al sur de Monterrey, Nuevo León, un estudiante de secundaria de 15 años de edad disparó con un revólver calibre .22 a su profesora y a sus compañeros mientras estaban en el salón de clases.

Pero hay un dato: se sospecha que la destreza que tenía el alumno con el arma se debía a que él y su padre practicaban la caza. Seguramente vivía en un ambiente familiar violento. Todas ellas eran señales de que algo no estaba bien, y sus padres no vieron o no las quisieron reconocer.

Los adultos debemos estar pendientes de los contenidos que niños y jóvenes consultan en las redes sociales, pues si bien las imágenes y los videos no generan la violencia, sí contribuyen a verla como algo cotidiano.

También se pueden crear programas de salud mental en las escuelas, ofrecer educación emocional a los estudiantes, contratar a psicólogos e instruir a profesores capaces de detectar cuando algo no va bien.

Son solo algunas ideas para evitar resignarnos a crear mentes criminales como lo ha hecho la sociedad de Estados Unidos. Nada, por exagerado que sea está de más cuando de prevención se trata.

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