«EL ARCÓN DE HIPATIA»: Las malas artes de la corrección política

Meses atrás se levantó una polémica tras la solicitud de una mujer al Museo Metropolitano de Arte de Nueva York para retirar una pintura de Balthus, en la que aparece una niña a la que se le ve la ropa interior. A la petición se sumaron casi nueve mil firmas, pero, a pesar de ello, el museo se negó a mover la pieza. El también llamado Met argumentó que su misión “es coleccionar, estudiar, conservar y presentar obras que conectan a las personas con la creatividad, el conocimiento y las ideas“.

En días recientes, la Galeria de Arte de Manchester encendió una nueva polémica al decidir, por voluntad propia, retirar una de sus obras donde aparecen ninfas desnudas.

La pintura en disputa es “Hilas y las ninfas”, una obra de John William Waterhouse, un pintor de la llamada hermandad prerrafaelita,  que buscaba poner fin a la malentendida influencia de Rafael y Miguel Ángel en el arte. El cuadro –que muestra a unas mujeres desnudas conduciendo a un hombre a la muerte– fue retirado hace unos días como parte de un debate sobre la cosificación de la mujer, de acuerdo con Clare Gannaway en una entrevista para el diario briránico The Guardian. Ella funge como la  comisaria de arte contemporáneo de esta galería.

La obra forma parte de la sala que lleva por nombre “En busca de la belleza” y  ha estado expuesta junto a más obras del siglo XIX. La imagen destaca por sus desnudos femeninos y  fue señalada por Gannaway por promover el prototipo de mujer fatal o meramente decorativa.

“Queremos hacer algo al respecto, porque lo hemos dejado pasar mucho tiempo“, explicó la comisaria. Y lo que finalmente se hizo fue retirar la obra, a lo que se pidió no se interpretara como censura, sino como un “llamado a desafiar las fantasías victorianas”.

Hablar de prerrafelitas es evocar imágenes de mujeres altas y delgadas, pálidas y de cabellos sueltos, contrarias al modelo victoriano de mujeres regordetas, encorsetadas y de peinados estilizados que sirvieron de marco a rostros sonrojados.

Las mujeres que desafiaban los patrones de belleza victorianos desencadenaron una gran controversia por enfrentarse a estereotipos de belleza, sin que esto implicara una visión más moderna de la mujer en sus roles, cabe destacar.

El público victoriano, cimbrado, contemplaba con espanto y desagrado estas obras. Desagrado que, al parecer, con el paso del tiempo, no hemos logrado superar, y hace más necesaria la esencia de nuestro pasado para sobreponerlo.

En el muro de donde colgaba el lienzo de Whitehouse aparecieron varios post-it colocados por los visitantes de la galería, en la que daban su opinión sobre el retiro. Al parecer, las opiniones ahí dichas, más una fuerte polémica mediática y en redes en la que se acusó a la Galería de ejercer la censura, hizo reconsiderar a la Galería y el cuadro fue devuelto a su lugar.

Ahora, el recinto alega que la decisión de quitarlo fue temporal y agradeció el debate que se generó. Y si de contribuir al debate se trata, creo que el solo hecho de haber tomado tal decisión no impide reflexionar sobre los motivos que condujeron a ella, porque parten de un sentimiento vivo en un sector del feminismo que prefiere censurar antes que reflexionar.

Es imposible comenzar a dialogar a partir de la negación de nuestro patrimonio cultural. ¿En qué momento un sector radical del feminismo se convirtió en censor vigilante de la corrección política en el arte? El arte en sí mismo es un puente entre el hombre y la sociedad. Si dinamitamos dichos puentes, negamos la posibilidad  de rebatir y ganar el debate.

El arte posee una fuerza de rebeldía social desde sus orígenes. Por ello, los artistas han sido siempre perseguidos en los movimientos de los grandes dictadores. Basta recordar a Stalin en la renovación de la Enciclopedia Soviética y su afán por eliminar todas las fotografías e imágenes de los líderes caídos en desgracia.

¿Es absolutamente necesario que un movimiento libertario como el feminismo caiga en el uso de prácticas represivas? Si al arte no se le permite ir más allá de las superficies, en las partes más profundas del ser no podremos entender y conocer más que convencionalismos y consignas disfrazadas de corrección política.

Al parecer, nos olvidamos que la capacidad de la obra por activar a un espectador como participante depende de su genio creativo, no de subtítulos moralizadores.

Me niego a creer que una causa que redimió de origen la capacidad de decidir y el acceso por igual a los derechos se use por unas cuantas voces para imponer visiones hegemónicas del mundo.

No somos todas. Yo, como mujer, feminista y académica, me opongo a que la defensa de la integridad de la mujer esté reñida con la inteligencia y el diálogo. Es hora de alzar la voz sin acallar a las otras.

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