«EL BENEFICIO DE LA DUDA»: Un año con Trump

Trump no deja de sorprender. Millones de personas lo siguen en las redes sociales; los comentaristas de los noticieros de todo el mundo hablan de sus últimas declaraciones, gestos, relaciones familiares e incluso, hasta de su ejercicio del poder.

Los académicos y políticos ya sean de izquierda, liberales o conservadores, analizan sus movimientos. Una rama nueva del conocimiento está construyéndose y busca batir récords. Quizás, al final de los cuatro años de la Administración 2017-2021 se escribirán más libros sobre Tump que los que se han escrito sobre Aristóteles; y si logra la reelección, la trumpología quizás supere en publicaciones incluso a la Segunda Guerra Mundial.

Hay otra cosa igual de interesante que el propio Trump: el discurso en contra de Trump. De hecho, este es el núcleo de la trumpología. Claro está, cuando se encuentra una “bestia negra” es más fácil hablar sobre ella que sobre sus enemigos. Pero esto tiene costos analíticos.

A propósito de esta nueva rama del conocimiento, no deja de intrigar por qué Trump ganó la presidencia de Estados Unidos; así como tampoco dejan de intrigar las explicaciones de sus enemigos al respecto.

Hillary Clinton en ¿Qué fue lo que pasó?, acusa a los culpables de su derrota -entre ellos Julian Assange, Bernie Sanders y James Comey-, de misóginos. Fue esta tara cultural, que millones de votantes comparten con Trump, lo que no les permitió apoyarla como se merecía. ¡Y vaya que se merecía ganar, según dice ella misma! La ex candidata nos cuenta todas las “buenas reformas” que habría promovido si hubiera ganado la elección de 2016.

Otra versión, un poco más compleja, pero también promovida por los derrotados Demócratas es la de la “clase trabajadora blanca”. Millones de hombres y mujeres blancos, maltratados por el stablishment; millones de “deplorables” -según la expresión de la propia Clinton- que no se identifican con el discurso de lo “políticamente correcto”, egoístas e ignorantes; fueron estos millones quienes hicieron triunfar a Trump. Bueno, eso han dicho miles de analistas, intelectuales y periodistas de todo el mundo, simpatizantes de Hillary o, al menos, enemigos ideológicos de Donald Trump.

Los elementos básicos de esta versión son los siguientes: habiendo visto un declive en su nivel económico los “trabajadores blancos” buscaron consuelo en la catarsis proporcionada por el odio a las minorías -especialmente los mexicanos-. Trump ofrecía una forma de compensación cultural, una sensación de superioridad social que paliaba la desesperación económica.

Esta clase, al estar compuesta por hombres sin educación, no se habría percatado de la manipulación demagógica de la que estaba siendo objeto.

Sin duda que mucha gente así votó por Trump. Pero ¿eran suficientes los votantes ignorantes, pobres, blancos, xenófobos para hacer ganar a Trump?

Hace unos días Tony McKenna, novelista y editorialista de Al-Jazeera, publicó un artículo que desmiente el “mito de la clase obrera blanca”. Su análisis comienza con la falta de rigor de los encuestadores de 2016 acerca de la definición de la “clase trabajadora”. Encuentra que los criterios para definirla “no dependían de la información sobre cómo las personas se ganaban la vida, sino que giraban en torno a consideraciones superficiales, como si tenían títulos universitarios o no”.

McKenna descubrió que esas mismas encuestas, leídas de otra forma, destruyen el mito de los “obreros pro-Trump”. Simplemente hay que definir a la clase social de acuerdo con su economía. Si se hace esto vemos los siguientes resultados: un tercio de los votantes de Trump tenían ingresos familiares iguales o inferiores a la media nacional; otro tercio tenía ingresos por encima de esa media pero inferiores a 100,000 dólares anuales; y el último tercio de votantes de Trump ganaba más de 100,000 dólares anuales.

Concluye el devastador McKenna: “Si uno asume que los trabajos de la clase obrera tienden a caer en el extremo inferior del espectro económico, entonces uno tiene que concluir que la gran mayoría de los partidarios de Trump (…) simplemente no eran de esta clase social”.

¿Por qué promover dicha ficción “analítica”? Para los Demócratas tiene dos utilidades. La primera, decir que el electorado pobre fue engañado y por eso votó por Trump, les permite buscar sus votos en un futuro próximo. En segundo lugar, les permite ocultar las fallas de la Administración Obama.

Los electores se cansan de las promesas incumplidas y Obama incumplió muchas. No es que Trump vaya a cumplir con todo lo que prometió, es simple y sencillamente que, como candidato, aún no le fallaba a nadie. Pero sabemos que fallará. Su agenda es ambiciosa y ya se asoman los primeros fracasos. El Gobierno de Trump comienza a construir una narrativa para explicar el incumplimiento de sus promesas. Esta narrativa puede ser aún más xenófoba y peligrosa que la de su campaña presidencial.

Mientras tanto, en México, seguimos esperando que los “pesos y contrapesos” del sistema político de Estados Unidos sean suficientes para ponerle un alto a los aspectos más negativos de la agenda de Trump.

 


Jorge Federico Márquez Muñoz. Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, Doctor en Ciencia Política, ganador del Reconocimiento Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Docencia en Ciencias Sociales. (2012) y es autor, entre otros, de los libros: Envidia y Política en la Antigua Grecia, Más allá del Homo Oeconomicus y las Claves de la Gobernabilidad.

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