«EL ARCÓN DE HIPATIA»: Casa Xochiquetzal: una historia que no es de Hollywood

Un par de semanas atrás, una nota referente a un hecho en la Ciudad de México fue publicada en The New York Times. Pero entre la euforia de los titulares del #MeToo y el desplegado francés en defensa al derecho a importunar, pasó desapercibida.

En ella se daba cuenta de un albergue para sexoservidoras, Casa Xochiquetzal, que  está ubicada en la zona conformada por Tepito y La Merced, catalogada como de alta marginalidad según datos publicados por el Sistema de Información del Desarrollo Social del Gobierno de la Ciudad de México, en su página web. La casa fue inaugurada en 2006 en respuesta a las necesidades de las trabajadoras sexuales de la tercera edad, quienes por su vejez, género y profesión son estigmatizadas y excluidas de la sociedad.

Este albergue, único en el país y que algunos sitios catalogan como único en su tipo incluso en América Latina, lleva 11 años operando entre donativos y financiamiento público y privado.

Una nota en uno de los diarios de mayor prestigio internacional tuvo poca presencia en las redes feministas aquí. En un país donde solamente en la Ciudad de México se calcula que operen más de 70 mil personas ejerciendo el sexoservicio, de forma voluntaria o forzada, tal indiferencia solo demuestra la indignación selectiva que parece ocuparnos.

¿Por qué, mientras nos solidarizamos con indignación ante los testimonios de las luminarias de Hollywood referente a los abusos y acosos sufridos, no hubo eco ante las historias presentadas en el reportaje de la Casa Xochiquetzal?

Al igual que en los relatos de #MeToo, la violencia y el abuso son elementos que no faltan en las historias de vida de las habitantes de la casa.

La historia de vida de María Norma Ruiz Sánchez, de 65 años, es una de las que podemos leer en la nota. Ella fue violada a los nueve años, cuando iba caminando de regreso a su casa de la escuela en el estado de Jalisco. Todavía se nota la cicatriz en su pierna izquierda de cuando le quitaron a la fuerza el uniforme. Huyó de su casa a los 14 para escapar de un hermano que la violentaba, para terminar a los 16 trabajando en la calle y con un hijo, el primero de cuatro que tendría.

La maternidad no es algo que les resulte ajeno a estas mujeres. Lo diferente es que la mayoría de ellas han sido repudiadas por sus propios parientes. “Es un hecho recurrente que familiares, hasta los hijos, las abandonan, e incluso las lastiman, cuando descubren que son trabajadoras sexuales”, dijo al NYT Jésica Vargas González, la directora del albergue: “Todavía es una profesión muy estigmatizada”. A pesar de esto, algunas de ellas, como Raquel López Moreno, de 81 años, dice: “Estoy orgullosa, pude pagar la escuela para mis dos hijas”.

¿Cuál es la diferencia? ¿Qué hay diferente en estas mujeres que no nos mueve a sororidad? Para algunos, quizá sea el temor a incomodar las buenas conciencias antemujeres que tal vez por voluntad propia han decidido ofrecer sus cuerpos. Para otras puede ser el purismo disfrazado de preceptos feministas, que no concede que una mujer decida (en el caso que no sea víctima de trata) negociar su cuerpo. Como si ello no la convirtiera digna de empatía. ¿O será porque el feminismo no nos interesa si no es “trendy”?

Es tiempo de impulsar un movimiento más activo, de menos hashtags y más resultados. De olvidar prejuicios y adoctrinamientos y simplemente luchar por la igualdad y empoderamiento de todas. Esto solo es posible si, como enunció Simone de Beauvoir, dejamos de boicotear la causa desde adentro. Como ella decía: “El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos”.

Pie de nota: El albergue surgió en 2005, con una propuesta de parte de trabajadoras sexuales ante Marta Lamas, Elena Poniatowska y Jesusa Rodríguez. Sí, Marta Lamas, la misma que las redes han linchado y cuestionado recientemente por tomar partido del lado de las francesas en la controversia de #MeToo. Al parecer, las sexoservidoras, ajenas a las teorías, sí reconocieron una aliada en ella.

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