«TENGO ALGO QUE DECIRTE»: Anestesiada

18 enero, 2018

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De chica soñaba como todas mis amigas que llegaría ese príncipe amoroso con el que me casaría y viviría feliz para el resto de mi vida… parecido a los cuentos que leíamos continuamente. Algo cambió en mi adolescencia.  No sé cómo fue, pero empecé a pensar en ser una mujer libre, respetada y empoderada que no tuviera la necesidad de tener un anillo en la mano o casarse. Aun así, tuve novio durante siete años con el que acepté casarme. Ahora puedo decir que creo que les emocionaba más la boda a mis hermanas que a mí, ellas hacían todo para que fuera excepcional. Mientras, yo obedecía lo que tenía que hacer, cuándo sonreír y bailar.

Nuestra vida cambió cuando iniciamos lo cotidiano compartiendo cama, techo, papel de baño y platos. Su indiferencia diaria era lo normal. Intenté por todos los medios tratar de entender qué sucedía sin darme cuenta que era yo quien lo justificaba y esperaba que todo volviera a la “normalidad”. Me decía a mí misma: “es que el me ama pero está confundido”, “seguro debe tener más tiempo, para darse cuenta realmente de lo que quiere”, “solo hay que esperar y no ocasionarle problemas, para que todo esté bien”… en fin, cualquier cosa bastaba para asimilar lo que entiendo ahora con el paso de los años: se le acabó el amor. No llevábamos ni un año cuando se fue, después de tantos en los que nos habían augurado que seríamos una pareja ejemplar como la de mis padres.

El golpe fue duro. Durante más de 10 años sentí que estaba anestesiada ante el amor y el miedo al dolor. Me permitía salir con otros hombres, me divertía con ellos pero terminaba alejándolos de alguna manera. No quería volver a  pasar por lo mismo, sentir ese abandono; tenía un inmenso miedo a que me lastimaran de nuevo. Al mismo tiempo, poco a poco, con un grupo de amigas divorciadas y solteras igual que yo, salimos, nos divertimos, bailamos, nos emborrachamos, vivimos la vida intensamente, manteniendo ese discurso no tan oculto en el que nos permitíamos hablar mal de los hombres, jugar con ellos y dejarlos.

Ocultaba que lo que quería era sanar, sentía que los años se acercaban cada vez más y quería encontrar respuestas. Me gradué de todo lo posible, psicoanálisis, logoterapia, sistemas, constelaciones, autoayuda, yoga, tetrahealing…, en fin, tengo todos los títulos nobiliarios habidos y por haber. Gracias a ellos pude empezar a reacomodar mi vida y sentirme acompañada. La maestra de sistemas era muy reconocida en el tema. Conforme pasó el tiempo, nos hicimos amigas del alma, confiaba toda mi vida en ella, podíamos pasar horas hablando de cualquier tema. Hace poco tiempo, decidió volar e irse, después de un ataque fulminante al corazón, dejando un vacío enorme en todos quienes la conocimos y amamos.  El duelo duele, no sólo en saber que no está con nosotros sino en el gran hueco que dejó en nuestras vidas.

¿Y ahora qué? Estoy sola. ¿De dónde me agarro? Los excelentes cursos que pude tener me dieron la gran posibilidad de tener herramientas que me permiten tomar mis decisiones con las inmensas ganas de saberme feliz, pero no tengo pareja. También me doy cuenta que, de alguna manera, el haber compartido tanto con esas nuevas amistades que vivían algo parecido a lo mío, hizo que me cerrará las puertas a aquellos hombres aventurados y buenos que se atrevían a acercarse a mi sin darme cuenta.

Estoy sola. El cambio en mi vida ha sido notorio. Se abren puertas de trabajo, continúo con las sesiones de terapia, ayudo a otros y me atrevo a contar mi historia pues tengo claro que el amor no se busca y menos cuando no se está dispuesto a comprometerse a ello. Entiendo que mi vacío está lleno de mi familia, amistades verdaderas, trabajo… que soy una mujer afortunada, y que si algún día el amor llega a mí, será bienvenido, si no sucede así, seré feliz de todas maneras.

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