«EL RING DE LOS DEBATES»: Yo no soy el “sexo débil”

En respuesta a una exigencia mundial que cada día cobra cada vez más fuerza, el diccionario de la Real Academia Española (RAE) dejó de definir a la mujer como “el sexo débil”.

La RAE hace cada año cambios a los términos que define. Reclasifica algunos, incluye a otros y desaparece conceptos. Esto en función del avance tecnológico y de los cambios en la sociedad. Sin embargo, algunas de estas adecuaciones son más que semánticas y representan también un cambio de postura ante fenómenos sociales.

Justo eso es lo que precisamente hizo este año al dejar de definir a la mujer como “el sexo débil”. De hecho, el director de la RAE, Darío Villanueva, dijo que es muestra del trabajo que realizan en el diccionario para que sea “más igualitario”.

Así, a partir de su edición 2018, dentro de la palabra “sexo”, dejará de aparecer el concepto de “sexo débil” al que se definía como el “conjunto de las mujeres”, mientras que el “sexo fuerte” correspondía al “conjunto de hombres”. Eso ya no ocurrirá.

Además, entre sus más de 3 mil enmiendas y adiciones a la edición digital de su diccionario para el año entrante, destaca que a partir de ahora “sexo débil” es un concepto que tiene una “intención despectiva o discriminatoria”.

Esta definición conceptual tiene pleno reflejo en la realidad. Veamos: el número de jefas de familia en México se incrementó 4.4 por ciento en los últimos cinco años, al pasar de seis millones 916 mil 206 a nueve millones 266 mil 221, de acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).

El organismo detalló que los más de nueve millones de hogares al mando de mujeres, representan 29 por ciento del total de hogares familiares registrados en la Encuesta Intercensal 2015, en la que se contabilizaron más de 27 millones.

Son diversos factores que explican que cada vez más mujeres mantengan a su familia, entre ellos,  cambios en la dinámica de los integrantes (falta del trabajo del cónyuge); así como por viudez o separaciones.

Sin embargo, las disparidades persisten. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) denunció que las mujeres ganan en promedio 15 por ciento menos que sus compañeros masculinos, una tasa que apenas ha cambiado en los últimos siete años y que ve como un gran obstáculo de cara a un crecimiento inclusivo.

En un informe sobre igualdad de género, la organización apuntó que la diferencia salarial persiste en todas las áreas sociales y económicas, pese a que las jóvenes en esos países (los Estados miembros  de la OCDE) concluyen su educación con mejores notas que sus homólogos masculinos.

Pero ojo: a nivel mundial, India (52.9 por ciento), Turquía (42 por ciento) y México (42 por ciento) son los tres países donde la disparidad salarial entre mujeres y hombres es más grande, mientras que Finlandia (3 por ciento), Lituania (3.3 por ciento) y Suecia (3.6 por ciento) son los más igualitarios.

México se ubica como la tercera tasa de empleo femenino más baja entre los países pertenecientes a la OCDE, después de Turquía y Grecia, y muy por debajo del promedio del organismo que es de 60 por ciento.

Cuando las mujeres trabajan, según las conclusiones de la OCDE, es más probable que lo hagan en turnos parciales, que tengan menos posibilidades de ocupar puestos directivos y que sean objeto de discriminación.

En la nota sobre México, el organismo que preside José Ángel Gurría detalla que muchos factores generan estas desigualdades, entre ellos, los estereotipos que todavía limitan las opciones de mujeres y niñas, y que obligan a las mexicanas a ocuparse de los quehaceres domésticos sin remuneración alguna.

Sin embargo, no se puede negar que las mujeres mexicanas avanzamos en la dirección correcta. Además de ser jefas de familia, de conquistar puestos en los gobiernos, en los congresos y en las empresas, nos sobra energía para educar a los hijos y para atender a nuestras parejas.

Sí, es cierto, nos falta mucho para alcanzar la igualdad, pero también es real que cada día demostramos con hechos fehacientes que nunca hemos sido, no somos, ni seremos más el “sexo débil”.

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