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«POLÍTICA DE LO COTIDIANO»: Sobre honestidad y navidades

22 diciembre, 2017

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Aprovecharé estos momentos de fin de año para compartir una historia y una reflexión sobre un tema más “espiritual”, pero que no deja de tener su grado de política en lo cotidiano. Fui educada, como muchos, en una cultura católica, sin rigideces, y aunque muy pronto cuestioné las prácticas y creencias religiosas, me sumo sin problema a algunos de los rituales organizados en dicha cultura y que acompañan ritos de pasaje o convivencias comunitarias como bodas, funerales o festejos navideños. Ningún santo, ninguna jerarquía eclesiástica me representa nada, y si me preguntan en qué creo, les cuento que yo creo en las personas. Es decir, las experiencias más profundas de expansión de mi corazón, las que yo llamaría “espirituales”, han provenido de actos generosos o amorosos de personas cercanas de mi vida cotidiana, o de encuentros momentáneos con personas con las que me he cruzado en mi vida.

Recientemente tuve la oportunidad de experimentar uno de estos encuentros afortunados que les comparto. Compré en una oferta un mueble para mi casa en una tienda departamental. Una semana después de hecha la compra me habló el vendedor para decirme que el modelo estaba agotado y tenía que ir a la tienda a hacer el cambio por un modelo parecido. Como dispongo de poco tiempo en la semana, fui con prisa a la hora de la comida a hacer el trámite en el departamento de atención al cliente, atendida por el mismo vendedor. El cambio implicaba un precio menor, por lo que me entregó el vendedor, después de hacer la transacción, un monedero electrónico con tres mil pesos. Al mismo tiempo firmé, di tarjetas de crédito, identificaciones, saqué boleto de estacionamiento, todas esas cosas que moví para irme con prisa porque se me hacía tarde para mi clase, y cuando estaba en el coche, ya en camino. me di cuenta de que no tenía el dichoso monedero. Se me detuvo un poco el corazón y alcancé a marcarle al vendedor con la ilusa esperanza de que se pudiera cancelar la tarjeta-monedero.

El vendedor me dijo cuatro cosas nada consoladoras, pero reconozco que algo quería hacer: “no se puede cancelar”; “yo se la di en la mano”; “esas cosas hay que guardarlas bien” y “búsquela bien”. Yo me sentía bastante miserable con mi pérdida como para rebatir ninguna de esas cuatro verdades, así que solo dije “gracias” y colgué. Pasaron unos minutos y el vendedor me habló para preguntarme que si ya la había encontrado. ¡Que no!, grité-pensé, pero solo le dije “no”. Me habló entonces una segunda vez, ahora para decirme ¡que la había encontrado! Se había tomado la molestia de regresar al lugar donde me la entregó y ahí estaba tirada. Yo pasé de la tristeza a la euforia, a la alegría, al agradecimiento y al amor.

Dos días después fui a recogerla directamente con él y me contó su propia reflexión. Me dijo que se había preocupado mucho por mi pérdida y que se le ocurrió intentar a ver si de casualidad la encontraba. Voy a usar la palabra “milagroso” para este hecho, porque debió haber pasado media hora entre que se cayó y él la recuperó. Pero lo que más me conmovió es que me dijo que él le había pedido algo a Dios mientras se dirigía a buscarla: “Señor, ponme a prueba de que soy un hombre honesto y permíteme encontrarla para devolvérsela a ella”. Pues esa fue su gran alegría, que Dios lo escuchó y él pudo sentirse orgulloso y bendecido por demostrar su honestidad. ¿Qué más puede pedir un hombre recto y de bien?

Ante tantas historias de maldad y falta de honestidad que nos rodean, me siento profundamente agradecida de haberme topado con aquel hombre y su acto de honestidad. Lo reitero, creo en las personas. Creo en la gente de bien que hace este tipo de actos extraordinarios, a pesar de que los medios de información estén abrumadoramente llenos de noticias de corrupción y crimen que no abonan a la esperanza. El señor Luis Rojas está en el área de muebles en Sears Perisur y por fortuna nunca disputará un titular de periódico al estilo Duarte, pero a lo mejor quieran pasar por ahí y saludar a un hombre honesto.

 

 


Adriana Segovia. Socióloga por la UNAM y terapeuta familiar por el ILEF.

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