«ACTOS DE PODER»: Lo que no son

Son tiempos de campañas y los candidatos quieren mostrar su mejor cara ante los millones de electores.

Por eso veremos que los aspirantes a presidente modifican, un poco, su forma de vestir, de peinarse, de hablar.

Pero es difícil creérselos. Los hemos visto toda la vida tal cual son.

Por ejemplo José Antonio Meade. Este joven tecnócrata siempre ha sido visto como un burócrata de altos niveles lejano a los mexicanos de a pie.

Hoy, sus asesores de imagen lo quieren hacer pasar como un buen “cuate” de todos al que le llaman Pepe. Nada más lejano de la realidad.

Educado, sí. Amable, también. De voz tranquila y suave en público, José Antonio Meade es tan lejano al “pueblo” como Plutón del Sol.

Desde los tiempos de Limantour, los secretarios de Hacienda son lo menos que quiere ver el pueblo en la silla máxima del poder. Más cuando el último en ocupar el trono de las finanzas públicas y luego la “Grande” también le llamaban Pepe. Aún padecemos las ocurrencias del Pepe López Portillo.

Lo que no es José Antonio Meade es un ciudadano común. Si siguen vendiéndolo así, nadie lo va a comprar.

Otro es el caso de Andrés Manuel López Obrador. Mucho se publica hoy del nuevo look de El Peje. Ni tan nuevo. Andrés Manuel realizó el cambio más radical de su persona cuando era Jefe de Gobierno del Distrito Federal. Dejó de usar las horrendas camisas de colores para usar, siempre, camisas blancas. Él decía que no quería cambiarlas, que así se sentía a gusto. Cuando le dijeron que él representaba a la capital de México y no a Andrés Manuel, cambio sus camisas.

Lo del cabello mejor recortado, la actitud más afable, familiar no es de hoy, es de siempre. Si alguien lo ha visto caminar entre sus seguidores y se fija que antes de subir a los templetes, AMLO siempre trae en su bolsillo un peine. Se arregla el cabello, sube y da su discurso. Y su vida familiar siempre ha sido tal y como se ve hoy, allegado a sus hijos (José Ramón, Andrés, Gonzalo y Jesús Ernesto). Tal vez hoy, en su tercera campaña presidencial, algunos lo vean diferente, pero Andrés no es el que quieren ver hoy, es el de siempre.

Ricardo Anaya intentó romper su imagen de político rígido, articulado y sobrio echándose un palomazo al ritmo de Three Souls in My Mind. Anaya no puede, no se le da ser “banda”. En el video en el que se le ve junto al ADeNista Juan Zepeda, se le nota lejano. No siente aquello de estar “esperando su camión en la terminal del ADO”. ¿Alguien se imagina a Anaya consolándose con las “tachas, la mota o el alcohol”? Así como Meade no es un ciudadano común, y como Andrés jamás será un “fifí”, Anaya no es banda. Tampoco fresa. Es… es Anaya. Es de esos jóvenes militantes del PAN que siempre quisieron ser la versión moderna de Diego Fernández de Cevallos, pero sin la fuerza del ex candidato presidencial ni tampoco con su fortuna en las artes de la abogacía.

Y qué decir de los “independientes”. Son todo, menos independientes. Ni Margarita Zavala, ni el Bronco, ni Ríos Piter ni Ferriz de Con. Todos ellos son, han sido y serán miembros de la élite del poder. Una del PAN, otro del PRI, otro del PRD y el último, al servicio del gobierno que impidió la llegada de AMLO a la presidencia.

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