«TENGO ALGO QUE DECIRTE»: ¿Y si ahora somos novios?

30 noviembre, 2017

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Vivimos juntos diez años. Se instaló en mi casa y al entrar en ella, se apoderó de cada esquina, remodelando y construyendo espacios nuevos. De mi lugar propio, se hizo el nuestro, compartido con mis hijos. No había más que amor. El placer común era el de viajar, dejar atrás todo y emprender aventuras extraordinarias en las que él definía donde comer, beber, caminar, disfrutar.

Diez años mayor que yo. Hombre exitoso, reconocido en su ámbito de trabajo. Me sentía protegida y cuidada. Estábamos bien, muy bien a veces y otras no tanto. Formamos una familia. Un día cualquiera, me dice que tiene algo que decirme. ¿Decirme qué? ¿Qué puede ser tan importante? Típico, mi cabeza echa a volar la imaginación y piensa cualquier cosa: ¿un viaje sorpresa? ¿Nuevo trabajo? ¿Otra mujer? ¿Está enfermo?

Salimos a cenar y después de un menú de esos que no se olvidan y que mejor no lo menciono para que no se les antoje, me suelta lo que quería decirme…. “¿Y si nos casamos?”

Mis neuronas se bombardean con preguntas…. ¿Quééééééé? ¿Y cómo por qué? ¿Hice algo malo? Pero… Si estamos bien así, ¿no? ¿Y ahora qué digo?

Opción A: pretendo ser la más feliz del universo.

Opción B: cuestiono de una manera cordial y respetuosa el porqué de la pregunta.

Opción C: digo NO.

Los segundos se vuelven horas en solo instantes… Mi silencio empieza a marcar una diferencia que preocupa. ¡Debo decir algo YA!

“Está bien… Si así tú lo quieres, por mi no hay problema…”.

Vivimos otros cuatro años juntos, ahora casados. La distancia de edad y su jubilación en el momento en el que me sentía en mi plena juventud, hicieron que poco a poco él buscara refugio en otro lugar fuera de la ciudad, y decidiera irse a vivir a dos horas de carretera. Mientras tanto, su no presencia me permitía atender mis multifunciones, trabajo, casa, hijos y familia.

Un día común y corriente, recibo un mensaje de texto: “No podemos estar así. Creo que nos debemos divorciar”.

Respuesta considerando que estábamos separados: “Está  bien… Si así tú lo quieres, por mi no hay problema…”.

Tres meses después otro mensaje: “¿Por qué no nos vamos de viaje?”

Respuesta: “Está  bien… Si así tú lo quieres, por mi no hay problema…”.

Fuimos a una isla maravillosa en la que disfrutamos la playa, comida, baile y bebida. A nuestro regreso, la vida cotidiana; él en su pueblo, yo en mi ciudad y continuos mensajes amorosos en lo que decía lo que me quería y extrañaba.

Cinco meses después…”Te invito a comer. ¿Puedes?”

Vamos a un excelente restaurante, uno de mis favoritos. La plática fluyó como los platillos y las bebidas. Pido un carajillo para terminar  y antes de que llegara a la mesa, saca de su manga un sobre enorme con papeles tamaño oficio y me dice: “Pues… aquí están los papeles del divorcio, si te los quieres llevar para revisarlos con tus abogados, no hay problema. Lo que debes hacer es firmarlos…”.

¿Quuuuuééééé? ¡A ver! ¿Alguien me explica? Después del viaje y los mensajes amorosos… ¿¿¿El objetivo de esta comida era mi firma en esos papeles???

Sin entender y con un cuerpo helado apunto de soltar esa risa nerviosa de esas que salen cuando sientes que toda la escuela te está viendo porque traes la ropa al revés… respondí: “Está  bien… Por mí no hay problema, no hay necesidad de abogados, te los firmo de una vez. ¿Tienes una pluma?”

Para mi sorpresa, ¡llevaba el artefacto que raramente tenía en su poder!  Tomo un trago dulce de mi carajillo amargo mientras que él, suspira y sonríe… y me dice:

“Bueno… ¡Ya estuvo! Ahora que ya no estamos casados, ¿no te parece que podemos ser novios?”

¿Qué se hace en estos casos? ¿Río? ¿Lloro? ¿O mejor me pido mi taxi para irme?

Prometo que fui una linda persona que agradeció la comida, los papeles y 14 años de vida juntos y le dije que me negaba a ser su novia, mientras que esperaba ansiosamente que llegara mi operación escape.

Llamé a mis amigas cercanas para decirles lo qué pasó en mi comida romántica, la taxista escucha atentamente y me dice que no me preocupe, ella se acaba de divorciar, le va muy bien, y es muy feliz. Entre los consejos de una niña taxista divorciada que lleva el volante de mi futuro en un mambo taxi almodovariano y los mensajes que recibo de mis amigas, los lagrimones nacen como cascadas y escucho: “Señora, discúlpeme, sé que se siente mal, pero debo decirle que se equivocó y pidió un taxi pool y debo recoger a otras tres personas”.  Suben tres chamacos de 18 a 20 años que iban a su precopeo antes del bar, me ofrecen un kleenex y seguramente les di mucho de qué hablar y reírse esa noche.

Desde ese día, no he vuelto a hablarle y sus mensajes amorosos e invitaciones para ir de viaje siguen llegando a mi celular.

 

 


Citlalli Berruecos. Tiene estudios de Sociología en la UNAM y la Universidad Complutense de Madrid, España. Licenciatura en Lengua y Literatura Inglesa, UNAM. Maestría en Educación con especialidad en Educación a Distancia, Universidad de Athabasca, Canadá.

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