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«EL RELATO»: La guardia (segunda parte)

23 noviembre, 2017

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—¿No?, ¿no, qué?—Norma palideció. Aunque ya había visto el nombre de Beto sobre el espejo, nunca había sido testigo del proceso de escritura de un fantasma. ¿Sería el mismo o era otro? Observó las letras y seguían siendo las de un niño.

Beto continuó silbando.

—Ya estate quieto que me estás mareando. ¿No hay más fantasmas?

Y observó que el aire subrayaba la palabra “no” escrita sobre la mesa.

Norma se tranquilizó un poco.

—Está bien, muy bien. Serás mi compañero. Te voy a enseñar a hacer una guardia.

Esa noche, Beto y Norma jugaron casi todo el tiempo. Beto la llevó hasta la entrada de los túneles que ella ya había oído decir que conectaban a unos edificios con otros. Por suerte para ella, sólo tenía que cuidar el edificio, no los túneles, a los que por nada del mundo se metería.

Beto también le escondió cosas. Un cenicero del salón de Firmas lo puso sobre el pasillo; las plumas de las oficinas las cambió de cajón; se robó algún folder y lo llevó en el aire de arriba abajo, Norma persiguiéndolo, hasta volverlo a colocar en su lugar.

Al amanecer, exhausta de tanto correteo, Norma se despidió de Beto.

—No hagas travesuras, nos vemos en la noche.

Era bueno salir de mañana, cuando el tamalero recién estacionaba su carrito y el atole estaba a punto de ebullición. Siempre pedía una torta de tamal de mole con el bolillo todavía caliente y un atole de chocolate. Necesitaba recuperar las energías gastadas por tanta tensión.

Después se iba a su casa, en un barrio ubicado a media hora del centro. Era una casita pequeña, de una recámara, un baño, una cocina muy reducida y apenas un espacio de dos metros cuadrados para la sala y comedor. Desde que tenía diez años vivió ahí con su madre. Nunca pusieron sala, el comedor era su lugar de reunión. Ahí se sentaban a comer, platicar, ver la tele. Ahora hacía lo mismo, pero sola y, de regreso del trabajo, se tumbaba en la cama individual y caía profundamente dormida.

Esa mañana, mientras se quitaba el uniforme, recordó la pregunta, “¿ya se te olvido?”. Sintió el sudor frío en la frente y fue al baño, se enjuagó la cara y se observó en el espejo. Mirándose a los ojos, ojos café claro, grandes, como sus pestañas, se regañó. Sabía que los problemas de trabajo se quedaban en el trabajo. Así le decía su madre. “Cuando cambies de lugar, lo de atrás, quedó atrás y a lo que sigue, niñita, concéntrate”.

Se puso una playera grande, ya vieja, con algunos agujeros, que le había servido de pijama por muchos años y se quedó dormida.

Despertó de súbito a las tres horas. Soñó con su tío Ramiro, vio su cara entre neblinas. Esa cara alargada, seca, de pómulos salientes, bigote oscuro y espeso, ojos negros sin brillo. Norma se sentó. “Estoy despierta”.

Sólo de evocar el nombre de su tío, la piel se le enchinó. No tenía muchos recuerdos, era hermano de su madre. Tenía alguna idea de que era una visita frecuente, pero luego no lo volvió a ver. Su madre le dijo que había muerto de un infarto.

Miró el reloj y vio que apenas era el medio día. Intentó dormir de nuevo, pero sólo dio vueltas hasta que decidió ponerse en pie. Preparó algo de comer, prendió la tele, se quedó ahí, como pasmada, viendo programas de chismes de artistas y se asustó cuando el despertador sonó. Las cinco de la tarde. Se metió a bañar, se puso de nuevo el uniforme y salió rumbo a Palacio.

A las ocho de la noche todavía había una decena de personas trabajando. Una a una se despidieron hasta que, a las nueve de la noche, Norma cerró el enorme portón, se sentó sobre la fuente y llamó a Beto. El viento suave y cálido apareció de inmediato y empezaron el rondín.

Caminaba por la planta baja del lado poniente cuando escuchó ruidos, como pasos. Beto no silbó, aprendió que cuando escucharan algo ajeno a ellos mismos, debían detener todo sonido. Silencio. De nuevo escucharon pasos, apresurados pero sonoros. Norma caminó rápidamente hacia la escalinata, Beto la siguió y subieron al primer piso. De un vistazo, Norma comprobó que las puertas de los salones estaban cerradas. Pero desde el pie de la escalera no pudo ver la puerta de la oficina presidencial. Caminó hacia allá. La puerta estaba cerrada.

No había experimentado tantos sustos en sólo dos días en un mismo edificio. Las axilas se le humedecieron, la frente; el pulso estaba acelerado. Esta vez, Beto se adelantó y ella lo siguió por el pasillo poniente. Se metieron al Salón Banderas. Todo en orden. Beto se deslizó por el lugar hasta que se detuvo frente a una de las ventanas que daban al patio central. Norma fue hasta ahí. Miró por la ventana hacia abajo. La fuente apagada. Levantó la vista hacia el techo y los descubrió.

Eran oscuras figuras humanas. Eran reales. Eran tres.

Tomó su silbato y sopló con fuerza. Más que por sentido del deber, corrió por pánico, sus piernas la llevaron hacia abajo primero, saltando de dos en dos los peldaños de la escalinata, giró aprisa hacia la derecha, ubicó la escalera de caracol que conducía al techo, y subió, ya furiosa, con la mirada llena de temor, pero también de decisión.

Beto la envolvió y refrescó por momentos y ya arriba, se detuvieron en seco. Vieron la última figura humana, vestida de negro de cabello a pies, desaparecer por la esquina sur—oriente. Norma se acercó al punto con lentitud. ¿Qué tal que estaban escondidos por ahí? Entre paso y paso, sacó el radio de la funda que colgaba de su cinturón y llamó a sus compañeros patrulleros para pedir refuerzo. Llegó a la esquina y ya no había nadie. Sólo Beto silbaba alrededor. Norma se quedó unos minutos viendo hacia abajo, hacia la plaza vacía y muda, hasta que recuperó el aliento y volvió un poco a la calma, si es que eso era posible.

Beto giraba unos metros más allá, en torno al tinaco de cemento. Se acercó y descubrió en el suelo un llavero de metal en forma de herradura. Sintió que la presión le bajaba a los pies. Ella había visto un llavero igual, estaba segura aunque no recordara bien en dónde. Beto, girando en círculos suaves la llevó hasta la cocina, le preparó un café y se escondió cuando escucharon el ruido de las sirenas acercándose.

La patrulla llegó media hora después. Los compañeros se llevaron el llavero como evidencia y felicitaron a Norma por su conducta ejemplar. Ella aprovechó para solicitar un arma. Los compañeros se rieron y le dijeron lo mismo que el jefe: “No, compañerita, para eso estamos nosotros, a ti, con esto te basta”, remataron señalando el tolete que colgaba de la cintura de la guardia.

Esa mañana bebió dos vasos de atole para el susto y pidió que no le quitaran el migajón a la torta. Se sentía muy cansada, pero al llegar a casa y acostarse, apenas dormitó. Soñó con el llavero de herradura. Colgaba del bolsillo de un pantalón de tela brillosa de tanto uso y falta de aseo, una prenda que despedía un olor a pulque y tabaco. Se despertó con asco, fue al baño, vomitó y ya no pudo dormir.

Esa noche llegó agotada y muy tensa a la guardia. Se preparó un café y jugueteó un poco con Beto, pero el fantasma dejó de insistir cuando vio que su compañera no lo seguía y se quedaba sentada en la escalinata mirando hacia el suelo o hacia las estrellas. Decidió quedarse ahí con ella, acariciarle la cara con suavidad, hasta que ella rompió en llanto, un llanto lento, pero sin pausa.

—Ay, Beto. No sé qué me pasa. Siento una punzada en el corazón y no sé qué es. ¿Sabes? Me siento sola. Este trabajo, que se supone que era mi orgullo, está siendo una pesadilla. Nunca había sido tan difícil y…

Norma calló porque Beto le llenó la boca de aire. Pero sólo así, escucharon un tintineo en el primer piso.

Esta vez Beto llevó la delantera. Norma lo siguió. Sentía las piernas tiesas. Llegó sudando al Salón Banderas en donde estaba ya Beto, revoloteando frente a la cortina, confundiéndose con el aire que entraba por la ventana abierta.

Norma hubiera querido huir. Se acercó a la ventana. Beto hizo remolinos cerca del suelo. Ella se agachó y cayó de sentón en el piso al descubrir una hebilla de metal muy delgado y corriente con la figura de un caballo en relincho. No quiso tocarla, sintió náuseas que quizá Beto notó porque comenzó a soplar sobre su pecho, secando el sudor de la cara, de las manos, reanimándola. Norma se quedó como ida mirando la hebilla. La cabeza le dolía, como si el cerebro quisiera recuperar algo de muy adentro, pero le era imposible materializar la imagen. Así, entre neblinas, Norma alcanzó a rescatar una figura, era una cara, la de su tío Ramiro.

Se puso en pie de golpe. Sí, su tío llevaba un cinturón con una hebilla similar y un llavero de herradura. Tembló, no sabía por qué exactamente, había miles de hebillas así, las vio muchas veces, pero no a juego con el llavero de herradura aunque mucha gente pudiera hacer esa misma combinación, sobretodo en ese pueblo de ganaderos y campesinos. Sintió que se desmayaba, se recargó sobre la gran mesa, cerró los ojos para poder respirar y ahuyentar la imagen y cuando los abrió se dio cuenta de que otra vez, sobre la superficie, estaba escrita la misma pregunta: “¿ya se te olvidó?”.

Ya no pensó, tomó su radio y dio parte a las autoridades. La policía llegó una hora después. Encontró a Norma sentada sobre la escalinata con un café del que de manera sorprendente salía mucho humo. Levantó el acta integrando fotos de la ventana abierta y las huellas de la mesa del Salón Banderas y le dieron el resto del turno libre. Apenas unas dos horas antes de terminar la guardia…

Continuará…


Diana Teresa Pérez. Narradora. Impulsiva, incoherente, terca, insomne. Recuerda que nació en el antes DF, hoy Ciudad de México (aunque siempre está perdida). Cree que la comunicación es fundamental para crear, recrear y dejar testimonio del paso del ser humano en este mundo. Ha trabajado para los periódicos Crónica y Excélsior y para la revista Expansión. Ha publicado varios cuentos en revistas y antologías literarias. Actualmente imparte talleres de escritura autobiográfica.

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