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«TENGO ALGO QUE DECIRTE»: Zapoteco

9 noviembre, 2017

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No todos son malos, pero por uno, pagan todos.

Me trajeron a la ciudad cuando apenas cumplía 13 años. Un señor fue por mi al pueblo, habló con mi papá y me dieron la instrucción de tomar mis pocas cosas en una bolsa y pa´pronto, irme. No tuve miedo pues sabía que muchas regresan después a presumir a sus chamacos y a estar con sus familias. Entendí que iría a vivir a una casa de esas grandes a trabajar y limpiar.

Me dieron un cuartito que compartía con otra niña como yo. Por suerte, ella llevaba tiempo ahí y entendía algo de mi zapoteco, pues venía de otro pueblo y aunque hablábamos el mismo idioma, hay cosas que no se comprenden. Hay diferentes zapotecos. Yo no hablaba español. Con ella aprendí como querían que hiciera las camas y pusiera la mesa. A veces, podía cocinar. Poco a poco me fui hallando.

Cuando cumplí 14 años me bajó. No sabía que era eso de la regla. Me asusté mucho y me encerré en el baño a llorar. La otra niña me aseguró que no había problema y me dijo que tenía que hacer para no andar manchando en la casa.  Era feo eso. Hoy me da risa lo de no saber y sorprenderme tanto.

Nos daban el domingo para descansar y, aunque no me gustaba tanto, ella me animaba a ir al parque y me presentaba hombres. Algunos de ellos me invitaban a comer y después se desquitaban con el cuerpo. No había uno con quién estar por un tiempo. Quién sabe qué es que pasa, que la dejan a una por otra.  Y pues así, quedé embarazada.

Me fui a vivir con el papá de mi hijo y pagábamos los dos los gastos. La patrona me dio permiso de ir a trabajar entrada por salida y podía dejar encargado al chamaco mientras que me iba a la casa grande. Un día, regresé cansada y él se había ido, así nomás.  No dijo nada. Lloré. Sí lloré. Quería que regresara pero de pronto pensé que si se fue, era porque no me quería lo suficiente. También entendí que por loca abrí las patas y que mi hijo no pidió llegar al mundo, no era su culpa. Así que tenía que trabajar.

Con el tiempo, pude hacerme de un terrenito y construir un cuartito, luego otro y otro, hasta tener una casita de dos pisos donde ahora vive arriba mi hijo con su esposa y mi nieto. El sí estudio la universidad y trabaja como eso que llaman administrativo en no sé qué lugar.

Sé que hay muchas muchachas como yo que no logran lo que hice y ya no vuelven más. A veces se quedan con esos hombres.  Yo doy gracias todos los días de que a mi no me falta nada. Lo único sería comprar un coche pero no sé manejar y no me interesa. Vivo con lo que tengo y a mis casi 65 años, sigo trabajando para sentir que respiro.  De vez en cuando voy a mi pueblo en Oaxaca a visitar lo que queda de familia y el terrenito que nos dejaron.

¿De los hombres? No, no creo que los hombres puedan decir que aman. No todos son malos, pero por uno, pagan todos.  Soy feliz así. Todos los días voy a la iglesia y no me siento sola.

 

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Citlalli Berruecos. Tiene estudios de Sociología en la UNAM y la Universidad Complutense de Madrid, España. Licenciatura en Lengua y Literatura Inglesa, UNAM. Maestría en Educación con especialidad en Educación a Distancia, Universidad de Athabasca, Canadá.

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