«EL RELATO»: Terapia intensiva

8 noviembre, 2017

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Porque me hirió y cuando estoy herida, no tengo palabras. Es mejor poner la otra mejilla.

Se pintaba a sí misma como mujer “de avanzada” mientras callaba sumisamente ante los abusos que sufría por parte del marido que, a esas alturas, empezaba a caerme mejor.

-¿Por qué no le responde?

-Porque me hirió y cuando estoy herida, no tengo palabras. Es mejor poner la otra mejilla.

Hubiera querido abofetearla, pero eso no es permitido en el gremio de los psicólogos a riesgo de perder la cédula, el trabajo. Tendría que seguir escuchándola porque, por más ejercicios, más discursos analizados, era evidente que solo quería hablar del marido. Era una paciente complicada que quizá no debía atender en ese ámbito: la Red de Psicólogos Voluntarios al Servicio de la Comunidad. Era un trabajo gratificante, aunque agotador luego de horas, muchos años, trabajando en el hospital psiquiátrico, en donde quizá ella podría recibir mejor atención.

La señora continuó hablando del marido.

-Él debe protegerme.

-Pero usted lo abandonó y hasta le explicó los motivos: la trataba mal. ¿No le daría miedo estar bajo la protección de alguien que desde hace años le muestra desprecio?

Empezó a tartamudear y yo me regocijé haciéndola sufrir, casi sonreí dulcemente.

-Bueno, pero todavía estamos casados y la ley dice que él debe cuidarme.

-No lo hizo los veinte años anteriores, ¿por qué habría de hacerlo ahora?

-Mire, doctor, usted no entiende. A mí lo que me importa son mis lecturas y diplomados, he tomado miles de cursos y en todos he sido reconocida. Así que a mi marido le corresponde cuidarme en todos sentidos, le guste o no.

-Pero si usted es una señora independiente, ¿para qué quiere seguir bajo el cuidado de un hombre al que usted ya tampoco le tiene cariño?

-¡Macho! Todos se cubren, todos son iguales. No sé ni para qué vengo.

Se levantó furiosa, azotó la puerta y yo disfruté de algunos minutos de paz. Pocos, porque casi en seguida escuché que llamaban. Era ella.

-Pero ni crea que le voy a regalar los veinticinco pesos que me costó llegar hasta aquí y mi tiempo. Porque mi tiempo vale, señor. Así que vamos a terminar ésta sesión aunque esté usted en mi contra.

-Yo no estoy en su contra, señora. Sólo la escucho y pregunto mis dudas sobre la historia que usted comparte-mentí porque la verdad es que a esas alturas me sentí casi aliado del marido.

Se quedó en silencio. Observó el consultorio que la red improvisó en un salón de la Casa de la Cultura. Un noble esfuerzo: las paredes forradas de dibujos que los alumnos de la casa hacían durante los cursos gratuitos y, sobre las mesas, esculturas infantiles llenas de colorido para alegrar a los pacientes. Yo agradecí el ambiente distendido, informal, que se presta más a la apertura del interior, sin poses, sin temores.

-Muy mal gusto el de la directora de la Casa. Debían colgar cuadros de Miró, Picasso o Diego Rivera, algo más profesional que ayude a la gente a tener aspiraciones y no quedarse en esta colonia mediocre en donde nacieron y de la que seguro no saldrán.

-A menos que se encuentren un marido o una esposa que los lleve al más allá-ironicé tratando de deshacer el nudo que sentí en la boca del estómago.

-¿Lo dice por mí, doctor? Le agradecería que fuera más directo y no saliera con niñerías de gente inculta que tiene miedo de que le digan las cosas en la jeta.

Guardé silencio. Al ver su rostro, comprendí el significado de “jeta”. Era una cara deformada, los orificios de la nariz muy abiertos, como de quien respira algo de olor desagradable; las cejas uniéndose y marcando una línea vertical al centro de la frente. Los ojos chispeantes, parecidos a los de quienes hemos bebido muchas horas, inyectados de sangre, pequeños y acuosos. Invoqué a Hipócrates y casi le recé en silencio:

“No permitiré que entre mi deber y mi enfermo vengan a interponerse consideraciones de religión, nacionalidad, raza, partido o clase. Tendré absoluto respeto por la vida humana…”, y ella, por sobre todo, era un ser humano.

-Por cierto-intenté salir del ring de boxeo en el que me sentía ubicado-cuénteme, ¿cómo fue su adolescencia?

-Pues muy mala, ¿cómo iba a ser? Mi padre-y escuché un sollozo que sonó a falsedad-era un hombre abusivo quien nunca nos ofreció cariño. Era mano dura, como mi marido, exactamente igual. Mi madre, que en paz descanse, todo le permitió, en su ignorancia, pobrecita, creyó que así debía ser.

-Pero, usted ahora, con su marido, también le permitió todo, ¿no es así?

-Vaya-y sonrió con ironía-allá vamos de nuevo, a culparme de todo de manera indirecta. No, doctor, yo no me trago sus preguntas baratas. Yo estudié, ¿sabe?, sé muy bien a dónde va su jueguito…

“No permitiré…”, recé de nuevo.

-Ande, dígame de frente, cara a cara, ¿qué le parezco? Dígalo, no sea hipócrita…

-¡Basta! No es usted más que una farsante que busca echarle la culpa de todo a quien tenga enfrente. Es usted una irresponsable, una clasista, no sé a qué fue a la escuela si no aprendió nada- y no seguí porque la vi pálida, echando la espalda hacia atrás en la silla de plástico que nos prestó la directora de la casa. La miré con frialdad. El cerebro también empezó a enfriarse y entonces, al estilo de viejas escuelas, rematé-Sépalo de una vez, no hay cura posible. Tendrá que vivir con usted para el resto de sus días.

Explotó en llanto, balbuceando cosas a medias: “nadie, nunca”, “yo, solidaria”,  “¿qué hice?”.

La directora y otras empleadas de la Casa llegaron al salón, alertadas por los gritos.

-Sus métodos son un poco extremos, ¿no le parece, doctor?-consideró la directora acercándose a abrazar a mi paciente.

Ella se dejó consolar, parecía más pequeña en medio de la silla, alzando los brazos para que la ayudaran a ponerse en pie.

-Ya, ya, no pasa nada, señora-le dijeron las empleadas mientras le sobaban la espalda, le acariciaban el cabello y le pasaban kleenex.

-Sáquenlo, por favor, va a destruir a todos los pacientes como lo hizo conmigo-sollozó.

La directora me miró con un aire de sospecha. No cedí.

-Si me permite, aún me quedan algunos minutos con mi paciente. Debo terminar de hacer la transferencia porque, de otro modo, la señora no estará totalmente de vuelta en este mundo, por así decirlo, disculpe, términos de nosotros los psicólogos…-dije para aminorar el impacto. Era verdad, necesitaba tranquilizarme y ayudar en lo que pudiera a esa señora.

-Por mí, déjelo, soy una mujer fuerte y arrojada, sabré defenderme y tiene razón, este asunto no está terminado.

Nos dejaron solos en el salón colorido y alegre. Para evitar a los curiosos, cerré las persianas y me quedé de pie, con la mirada fija en un dinosaurio de papel maché morado, bastante bien logrado para un pequeño de tres años, edad que tenían los autores de las obras de arte depositadas sobre la mesa.

-¿Se va a quedar ahí de pie, doctor? ¿No me diga que me tiene miedo?

Respiré profundo.

-¿Para qué viene usted a terapia?

-¡Uy, qué profesional!-exclamó juntando sus manos como en una oración-lógicamente para sentirme mejor.

La verdad es que ya estaba aburrido de sus respuestas. No me dieron ganas de responder.

-¿Entonces? Dígame, ¿qué hago para sentirme mejor?

Pensé en recomendarle que se fuera muy lejos y dejara en paz a la gente, así ella se divertiría y los demás también, pero opté por los básicos:

-Se me ocurren muchas cosas, señora. Podría usted hacer ejercicio, comer sanamente-respondí casi con ironía, pero no sin verdad.

-Ahora se burla de mí.

-De ninguna manera, es la receta básica que a veces se nos olvida.

Sentí que se levantó y se acercó a mí. Yo continué admirando el dinosaurio morado. De un tirón me jaló del brazo, obligándome a verla de frente. Sentí la cara enrojecida. Respiré profundo de nuevo.

-Se le olvida a usted que están a punto de correrlo. Depende de mí. Así que más le vale que salga contenta o de lo contrario se verá seriamente afectado. No crea que no sé la forma de divulgar esto, seré vieja pero no “pentonta” –y yo sentí otra vez una punzada en el estómago por la forma de utilizar las palabras-¡Ande! Deme terapia.

-Ya le dije que no tiene usted cura-respondí mirándola a los ojos, sin emoción alguna, como quien mira a un muerto.

No vi en qué momento se apoderó del dinosaurio morado, pero sí lo sentí estrellándose sobre mi cabeza. Por instinto, tomé lo que encontré a la mano. Era un osito de yeso que también terminó estrellado en la cabeza de la paciente.

Los gritos no se hicieron esperar. La señora sangraba, nada de gravedad, como sabemos los padres de familia. Las heridas en la frente suelen ser escandalosas.

Huí en medio del conjunto de empleadas que intentaban detener la hemorragia. Subí a mi auto todavía con restos del dinosaurio pegado en los hombros y me fui.

 

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Diana Teresa Pérez. Narradora. Impulsiva, incoherente, terca, insomne. Recuerda que nació en el antes DF, hoy Ciudad de México (aunque siempre está perdida). Cree que la comunicación es fundamental para crear, recrear y dejar testimonio del paso del ser humano en este mundo. Ha trabajado para los periódicos Crónica y Excélsior y para la revista Expansión. Ha publicado varios cuentos en revistas y antologías literarias. Actualmente imparte talleres de escritura autobiográfica.

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