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«EL RELATO»: La Tía

31 octubre, 2017

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Paulina vivía en una aislada rutina gris con pocas o casi nulas motivaciones.

Me ardían los ojos de tanto revisar cables en la computadora y nada que salvara la edición sabatina.

“Un camión se volcó en Tláhuac. Dos atropellados”. “El asalto número 523 a las sucursales bancarias”. “Cuatro muertos y una herida de gravedad en un choque de carretera”…

Bostecé. Me despertó la llamada de mi madre, llorando. Las víctimas fatales del accidente eran mis tíos y sus dos hijos; la sobreviviente, otra hermana de mi mamá, la tía Paulina.

Nadie en la familia pensaba con claridad. Era una locura. Hicimos cuatro paradas en distintos lugares del panteón y sólo hasta el momento en que fuimos cerrando fosas, abrimos espacio en la cabeza para los vivos. ¿Y, la tía Paulina?

–¡Álzala, güey! Sujétale el cuello.

–Ora sí. Vámonos.

No pudo verlos pero escuchó cómo los paramédicos intentaban meterla en la ambulancia y esperó, sin éxito, diálogos similares que le indicaran que sus compañeros de viaje estaban en una situación parecida o mejor. ¿Para qué mentirse? Si antes de caer sobre el pavimento vio a su hermana muerta.

Cerró los ojos y cuando los abrió de nuevo, dos días después, se encontró con la cara sonriente del médico.

–¿Cómo se siente? ¡Vaya susto que nos dio! Pero no se preocupe que, en unos días, estará usted como adolescente, de arriba para abajo.

Aunque le pareció simpática la mentira, emitió un gruñido en vez de una risa. El doctor le explicó que tenía contusiones severas en las piernas, pero que era posible que caminara de nuevo, si esa era su voluntad. Antes de irse, ordenó a su paciente:

–¡Hay que echarle ganas a la vida!

El cuarto, vacío. ¿Cómo habría estado el velorio? La familia de su hermana sí que tenía motivos para “echarle ganas”. A ella, ¿quién la esperaba? De repente se preocupó por las cuentas de gas, teléfono. A pelearse con los del Seguro cuando saliera. Mil y un trámites para ese mísero sueldo que a veces servía para un buen mole poblano, cuando en la soledad de su departamento, ponía en la consola su disco de María Dolores Pradera. Se transportaba a su juventud y reproducía los olores y sabores que su madre le enseñó a punta de regaños.

“Porque no engraso los ejes, me llaman abandonado”, canturreaba mientras asaba los chiles y cocía el pollo. Acabado el ritual, se le iba el hambre. Comía un poco y el resto lo guardaba en recipientes de plástico que luego llevaba en bolsas de mandado a las casas de sus hermanas, preocupada porque entre los empujones del trolebús no se tirara la comida.

Pero hacía diez años que se había retirado y ya no consentía a todos como antes. De cualquier modo, nadie se había dado cuenta.

No existía porque no daba problemas. No contaba historias de casada, puesto que nunca lo fue; tampoco recomendaba ofertas de artículos para niños porque nunca tuvo uno y por lo tanto sus opiniones en torno a los conflictos familiares nunca tuvieron “peso”. “Tú qué sabes”, la callaban sus hermanas y por eso, aún cuando era la mayor, nunca tuvo influencia sobre ellas.

Para ellas, Paulina vivía en una aislada rutina gris con pocas o casi nulas motivaciones y ganando una migraña crónica que no impidió que fumara religiosamente sus veinte cigarros al día.

–Vamos a poner una sección de no fumar.

–Ah, no me diga.

Los fumadores éramos todavía mayoría, sin embargo, nuestro grupo iba reduciéndose. Las nuevas generaciones de reporteros eran todo salud y optimismo, aunque respetaban los vicios ajenos. Además, la presión cotidiana no daba tiempo para detenerse en esos detalles.

Después del accidente, sumé a mis tensiones laborales, las familiares. Y como no tenía horario fijo, era también la candidata ideal para tramitar los papeles con los cuales cobraría la pensión de mi tía Paulina mientras convaleciera.

Con toda la tristeza a cuestas, mi madre ya estaba poniendo en orden el resto de los pendientes de sus hermanas, así que no podía negarme a ayudarla.

Guardia nocturna. Algo se me estaba olvidando. “¡La luz!”. Busqué en la bolsa el recibo y junto con él, encontré la credencial de jubilación del IMSS de mi tía. Me sorprendí viendo a detalle la cara de esa mujer, Paulina. No te conozco.

Llegó el momento de decirle a la hermana mayor lo que ya sabía, pero que ingenuamente todas pensaron que sería una verdadera noticia para ella.

La cita fue en el cuarto del hospital. Entre sollozos genuinos y uno que otro grito sobreactuado, le contaron los detalles del choque y luego el entierro de la hermana dulce y comprensiva junto con su familia.

Paulina las observó. No les dijo de las pesadillas que tenía a diario en las que revivía aquélla tarde. El miedo que sintió cuando Julieta y Octavio callaron de súbito y ese dolor intenso en la mitad del cuerpo. No arruinaría la escena. Además, a nadie le interesó su versión de los hechos, aunque hubiera estado ahí.

–Pues, así fue… ¿Qué no oíste?

–¡Sí! Estoy coja, no sorda.

Solitaria por tanto tiempo, a Paulina no le gustaban los llantos en equipo y aunque en más de una ocasión deseó con toda el alma unos brazos que acompañaran su tristeza, a fuerza de no tenerlos, aprendió a postergar para siempre el dolor.

Su silencio confundió a las hermanas que esperaban el clímax del sufrimiento.

–¿Qué quieres que diga?

–¡Qué insensible! Se me olvidaba que eres una amargada, dijo una de ellas y abandonó el cuarto.

El resto comprendió que ya lo sabía, se pusieron nerviosas e incapaces de enfrentarse a los sentimientos de la mayor, resolvieron que necesitaba descanso y se fueron.

–¡Qué genio! Ya cásate.

Era la frase típica de mi jefe cada vez que caíamos en una discusión, esta vez, por el fin de la guardia.

A las dos de la mañana todavía tenía ánimo de hacerme bromas que yo agradecía aunque me salió una mueca malhumorada como respuesta. ¿Era cansancio o tristeza? Como fuera, no era una buena hora para derramar lágrimas y más cuando tenía que levantarme temprano para la corretiza de costumbre. Dejé el drama para otra ocasión.

Con ayuda de las enfermeras se bañó y se puso el vestido nuevo que una de sus hermanas le llevó para cuando saliera del hospital. Su sobrina la recogería. Sabía poco de su vida pero suficiente para tenerle un cariño especial. ¡Ah! Del regaño no se salvaría. Ya llevaba media hora de retraso. Pues ¿qué pensaba que estaba en un hotel de lujo o qué? Carambas.

¡Chispas! La conferencia duró más de lo previsto. Mi madre me mataría cuando supiera que iba tarde por la tía que de seguro, ya estaba de un humor negro. En fin, yo tampoco andaba muy de buenas.

Nos miramos en silencio, enojadas. Mejor, así no hablaríamos mucho en el camino. Tensas, apenas intercambiamos algunas palabras; indicaciones que aceleraran la llegada al departamento. Se notaba a leguas que queríamos despedirnos aprisa.

Mi madre llamó. Mi tía no debía quedarse sola. ¡Con qué facilidad ordenaban mi vida! ¡Como si yo no tuviera planes y asuntos pendientes! Me reproché mi debilidad frente a los chantajes familiares y, molesta, instalé sin permiso una mini-redacción en el comedor del pequeño departamento. Cuando enviaba las notas, comprobé que el médico tenía razón: Paulina caminaba, no digamos perfectamente, pero se desplazaba sin mayores problemas. ¿De dónde sacaba fuerza, no para caminar, para vivir? Me sorprendió observándola y retiré la mirada.

¡Pobre! Cree que trabajando como burro se sentirá mejor; la soledad no funciona así”, pensaba mientras su sobrina escribía sin descanso, se peleaba con todo el mundo por teléfono, se carcajeaba de repente y se regañaba. ¿No estaría loca? ¡Que va! Ella hacía lo mismo, solo que ahora ya no se maltrataba.

Ya habían pasado varias horas y la escuchó despidiéndose del “jefe”. Luego la observó paseando la mirada por las cuatro paredes, como esperando que su madre apareciera y la rescatara.

No era necesario pararme. Desde esa silla veía el departamento completo. ¿Cuántas veces estuve ahí de niña? Acompañaba a mi madre cuando la tía pedía “aventón” de regreso para no cargar con tanta cosa que llevaba. Nunca me detuve a pensar qué pasaba después de despedirse de nosotros, cuando cerraba el zaguán de golpe. Ahora imaginaba que subía pesadamente los escalones y entraba a su espacio. Mi mamá decía que su hermana mayor había sido muy atractiva. Se notaba, aún con el ceño fruncido que ya tenía en forma permanente. ¡Ah, caray!, al verme reflejada en la vitrina noté que mis cejas estaban casi juntas. Ensayé una sonrisa. Me espanté. De pronto sentí que mi tía me observaba.

Suavizamos nuestros gestos y sin más, mi tía se paró y regresó con una caja mediana, llena de cartas, fotografías, algunos libros, discos viejos.

Poco a poco me fue mostrando el contenido y me enteré que Paulina tuvo un tórrido romance que terminó porque el hombre nunca quiso “compromisos”, aunque estuvieron juntos más de quince años. Nadie se enteró. “Era cosa nuestra mijita y con el tiempo abandoné la idea de casarme”.

–¿Qué le pasó?

–¡Qué le va a pasar! Lo que a todos, se murió.

Me gustaron sus discos y las fotos, tomadas en distintos años, mostraban a una mujer de sonrisa desinhibida, abrazando a algunas amigas, huyendo de la cámara, a veces risueña y otras, con el gesto de enojo conocido. Tristemente libre.

La sobreviviente del terrible choque en el que murieron los de la vida “normal” me quitó de las manos su historia –encerrada en esa caja–, y me dijo: “Cada quien tiene una función en la vida. No hay un solo camino, m´hijita”. Después me corrió de su casa con todo y discos –que me regaló. “Yo no necesito nana. Cuídate mucho”.

Días después, recibí otra llamada. Mi tía había amanecido muerta. Un paro cardiaco la sorprendió mientras dormía. El entierro fue muy silencioso. Quizá algunos estaban cansados por la frecuente visita de la muerte en la familia; otros, sorprendidos, se dieron cuenta que esa mujer existía cuando se murió. Descansa en paz, Paulina.

Hoy recogí a mi sobrino y a sus amiguitos de la escuela. Mientras esperaba impaciente que cruzaran la calle para subirse al coche escuché:

–¿Es tu tía?

–Sí.

–¿La solterona?

 

Diana Teresa Pérez. Narradora. Impulsiva, incoherente, terca, insomne. Recuerda que nació en el antes DF, hoy Ciudad de México (aunque siempre está perdida). Cree que la comunicación es fundamental para crear, recrear y dejar testimonio del paso del ser humano en este mundo. Ha trabajado para los periódicos Crónica y Excélsior y para la revista Expansión. Ha publicado varios cuentos en revistas y antologías literarias. Actualmente imparte talleres de escritura autobiográfica.

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