«COLUMNA INVITADA»: Marianismo: la dominación sumisa

¿Por qué el arquetipo del machismo ha durado tanto tiempo entre nosotros?

¿Por qué el arquetipo del machismo ha durado tanto tiempo entre nosotros? ¿por qué sobrevive generaciones, si como diría Carl Jung son ideas arcaicas que arrastramos en el pensamiento colectivo? La respuesta es que para que esta ideología tan introyectada en la cultura haya podido permanecer por centenares de años necesitó un contrapeso, y ese fue el “marianismo”, la otra parte que ha sostenido por incontables décadas las conductas y roles de género. La forma en que nos educaron para ser hombres y mujeres.

Siendo el machismo el culto específico a la virilidad, definido por: agresividad, imposición de la fuerza y la dominación en las relaciones interpersonales entre hombres y mujeres; por su parte el “Marianismo” (bautizado así por Evelyn Stevens), enseña a las mujeres a emular a la virgen, a ser portadoras de la superioridad moral al interior de la familia, ser abnegadas, negarnos a nosotras mismas todas las veces que sea necesario, pero sobre todo negar nuestro ejercicio de la sexualidad, mientras que bajo esta misma creencia los hombres no son capaces de reprimirse a sí mismos en este plano. En su libro “Antropología del honor” Julian Pitt Rivers señala que: “Las cualidades morales que caracterizan a cada género son la fortaleza y responsabilidad en los varones y la vergüenza sexual en las mujeres”

Así pues, las mujeres podemos estar relegadas en muchos ámbitos, pero al ser contenidas dentro del espacio doméstico, se nos otorga también un gran poder al ser quienes cuidamos y educamos a la familia, bajo esta tesis se nos dan valores que van ligados con lo sagrado. Y aquí esa sacralidad va en función de nuestro cuerpo, un cuerpo asexuado, al que no se le permite contacto sexual antes del matrimonio, y durante esta unión también se niega el placer, el cuerpo femenino es un vehículo meramente reproductivo. En el marianismo las mujeres que cuestionan su rol social como madres y compañeras de por vida terminan agrupadas en 3 categorías: la primera, la de la mujer seducida, burlada que debe volver al círculo familiar arrepentida a pagar su culpa, la segunda, la seductora que se hace cargo de sí misma, de su sexualidad y se empodera (esa es la más peligrosa, incluso está tipificada como la “hechicera”, “la bruja” pues tiene influencia sobre los hombres) y la tercera es la prostituta, que dentro de esta ideología aunque es señalada, es tolerada, pues es “necesaria” ya que el varón no puede contener su impulso sexual.

El autor alemán Horst Kurnitzky sostiene que en las religiones de los sistemas patriarcales, las diosas se sacrifican por la comunidad, es decir que son abnegadas y por ello son adoradas, pero el sacrificio máximo de estas deidades femeninas es el de su sexualidad. Esta entrega de su libertad sexual da cohesión al grupo y garantiza la herencia, pues su descendencia es producto de una esposa fiel y así la propiedad y los bienes están asegurados, pero el control de la sexualidad no es exclusivo de estos sistemas, se ha dado a lo largo y ancho del planeta, pues es la forma de controlar la reproducción de la población, hay regímenes que premian la fertilidad, otros la castigan, pero el fin es el mismo, al controlar la sexualidad femenina, se tiene poder para determinar a la siguiente generación.

La propia Stevens, también nos habla del lado oscuro del marianismo, como una estrategia de control, que de una manera sutil coloca a la mujer como un ser con una moral superior a los hombres y espiritualmente más fuerte que ellos, a este dominio que parece imperceptible podríamos sumar el vínculo que se forma entre esta madre abnegada que lo da todo, que no se cansa de dar y sus hijos varones. Con el hijo se forma un estrechísimo vínculo que impide la entrada de cualquier otra persona, se forman fuertes entramados de dependencia donde este poder sutil de la madre pone al hijo como el protector de la familia, un hombre frente a quienes estas mujeres son casi devotas y en absoluta reciprocidad ese hijo ve a su madre como una “santa”. Entonces el círculo es perfecto, no hay espacios para nuevas relaciones interpersonales y cuando este hijo las tenga, impondrá su autoridad como proveedor, como protector de la nueva familia.

La buena noticia es que aún cuando tenemos una larga historia de machismo-marianismo en el país, han habido muchos movimiento que cuestionan estos parámetros, desde hace medio siglo estamos conscientes de nuestros derechos sexuales y no estamos dispuestos a ceder en estas libertades fundamentales, así que aunque carguemos con mucho peso mariano, todo parece indicar que será por poco tiempo.

 

Georgina Juárez Lledias. Colaboró en el suplemento cultural “El Búho”, publicado en el diario Excélsior y dirigido por René Avilés Fabila. Además, habitual colaboradora de suplementos culturales en Milenio Diario. Autora del libro digital “Alerta Femenina”, encaminado a difundir los derechos de las mujeres ante las distintas formas de violencia.

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