«DOLCE ÁLTER EGO»: Bodegones posmodernos


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El arte de la buena mesa.

De niña me llamaban mucho la atención los cuadros que decoraban los comedores en las casas de mis vecinos. En casi todos los casos, representaban canastos con frutas o jarrones de flores. Algunos quizás eran reproducciones de cuadros famosos. Otros, seguro que sólo eran pinturas hechas por aficionados de la familia.

Lo cierto es que en mi casa había cuadros de otro tipo, y tal vez por esa razón, el manejo de la luz, la representación realista de los alimentos y la composición en la mesa de aquellos cuadros, me producía fascinación.

Al parecer, las pinturas clásicas conocidas como “bodegones” tienen su origen en los mosaicos decorativos “emblema” de las casas romanas, los que dan cuenta de la variedad de alimentos que disfrutaban las clases altas, como los que se aprecian en la Villa Romana del Casale, en Sicilia.

Sin embargo, hasta antes del Renacimiento, los aspectos realistas de la vida cotidiana en la pintura aparecían sólo como elementos secundarios de imágenes religiosas. Es hasta el XVI –con la Ilustración– cuando los objetos naturales empiezan a apreciarse como elementos de estudio individuales al margen de cualquier asociación mitológica o religiosa, que florece una importante corriente italiana de artistas que pintaban bodegones –por encargo– para la nobleza.

Por ejemplo, la obra “Cesta con frutas” de Caravaggio (c. 1596), en la que se aprecian duraznos, higos, peras, membrillos, manzanas, hojas de parra y uvas, es considerada pionera del género “naturaleza muerta”, que más tarde tendría mucho éxito entre coleccionistas privados que deseaban “pinturas profanas”. Tan importante es esa obra dentro la iconografía universal que, antes del euro, su imagen estaba impresa al reverso de los billetes de 100,000 liras.

Otro pintor clásico de ese género fue el español Francisco de Zurbarán, quien en su obra “Naturaleza muerta con limones, naranjas y una rosa” (1633) plasmó de manera hiperrealista la textura de los cítricos bajo un juego de luces y sombras que evocan una hermosa tarde otoñal.

Ya en la época moderna, podemos citar los bodegones postimpresionistas de Paul Cézanne, como “Naturaleza muerta con mantel”, de 1899, ahora en el Museo de Orsay, en el que destaca el colorido de la fruta en primer plano, dejando atrás los elementos decorativos. El amarillo intenso de los duraznos transmite perfectamente la idea de la fruta madura del verano.

Aunque esas imágenes ajenas a mi entorno me gustaban de niña, nunca tuve ni he tenido una reproducción de ellas conmigo. Pero mi madre me acaba de regalar un hermoso bodegón tropical, pintado por el artista salvadoreño contemporáneo Francisco Reyes y titulado “Ofrenda”, cuyo elemento central es un manojo de plátanos maduros sobre un fondo verde selva. Me encanta.

Seguramente para la mayoría de nosotros, tener hoy un bodegón clásico colgando de nuestras paredes significaría estar demodé y quizás hasta ser un poco vulgar.

No obstante, grandes pintores del siglo XX también incursionaron en el género. La mismísima “transgesora” Frida Kahlo dejó una hermosa “Naturaleza muerta” (1942) circular con una enorme calabaza de castilla al centro, rodeada de flores de calabaza, guanábanas, membrillos y limones. Pintado en 1942 por encargo del entonces presidente Manuel Ávila Camacho, cuenta la leyenda que la obra no llegó a decorar la residencia oficial porque a la primera dama le pareció que tenía demasiadas sugerencias eróticas.

Y qué me dicen de una de las “Sandías” de Tamayo (1969), vendida apenas el año pasado por la casa Christies en más de 2 millones de dólares.

Quizás a nadie le importe ya pintar frutas y flores, más que a los aficionados. Pero hay muchos famosos bodegoneros del siglo XXI que, aunque usted no lo crea, cuentan con miles de seguidores vía Instagram.

Son los llamados “Food styler” que a diario suben a la red composiciones fotográficas de alimentos y mesas decoradas según una ocasión particular o época del año. Sus impresionantes montajes bien podrían ser el símil contemporáneo de los “banquetes romanos”. Mesas con vino, uvas, higos y fiambres sobre manteles y cristalería de ensueño que no sólo se antojan, sino que se gozan visualmente como una experiencia estética de la cual son depositarios cientos de miles de “followers” en todo el mundo.

Personalmente sigo a @lauraponts, una estilista española que monta unas mesas de estación que si no son arte, lo parecen.

Si bien estos bodegoneros posmodernos hacen arte efímero, de una cosa estoy segura: el ánimo que los lleva a instalar y fotografiar alimentos naturales y preparados sobre un escenario es el mismo que movió a los romanos, o a Caravaggio y Tamayo. Transmitir y compartir emociones del acto cotidiano más animal que los humanos hemos estilizado y sublimado a más no poder: el arte de la buena mesa.

 

 

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