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«EL RELATO»: La huída

25 octubre, 2017

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¡Ay Teresa, cómo te extraño!

Le dije que había estado en el hospital después de una sobredosis y ella ni en cuenta. La verdad sí estuve pero esta vez, el chantaje no funcionó.

Mugre Gina, se fue con mi mejor amigo. ¿Qué si me importa? Bah. ¿Qué mejor que un reventón para la despedida? Resultado: otro celular perdido que me repusieron en el trabajo, claro, no hay escapatoria y luego, como por arte de magia, apareció en la bolsa de mi pantalón… uno más para la venta o quizá se lo de a Mandy para que ya no joda con eso de que cómo le hace con el niño, que si una emergencia, que está incomunicada… El niño…es un patán. El otro día me dijo que me fuera, que quién era yo. Por eso ya no lo visito hasta que su madre reclama. Primero pensé que agarraba al escuincle de pretexto y que era ella la que quería verme pero la muy jija ya está saliendo con ese idiota del volkswagen rojo. Ya le dije que solo quiere acostarse con ella y cínica me dice que eso es exactamente lo único que se le ofrece. Me ofrezco a hacerle el favor y pone cara de aburrimiento.

¡Ay Teresa, cómo te extraño! Siempre estabas… y eso que te advertí, oye, soy yo. No te importó. Me abrías a la hora que fuera y luego te abrías y yo entraba hasta el fondo y me desvanecía poco a poco mirando cómo me mirabas hasta que casi me moría y entonces me burlaba de nuestro mutuo asesinato voluntario. ¿Te acuerdas? Te dejaba con los ojos llenos de lágrimas que no ocultaban tu maldita ternura, tu soledad que amaba pero odiaba también porque ponía al descubierto la mía y ¿quién eras tú para hacer eso? Por eso coqueteaba con Regina, por eso le metía la mano bajo la falda cuando nos veías de reojo y gozaba tu tristeza, tu inalcanzable tristeza que no nació con la primera de muchas barbajanadas que te hice sino que era de años antes, de cuando te sentías viva y alguien te mató o ¿te suicidaste?, no lo sé, yo sólo tenía la luz que se quedó en tus ojos y que me regalabas siempre, me deslumbrabas tanto que quería irme, huir de ti.

La vuelta a la oscuridad en donde no veo nada empezando por mi y eso me tranquiliza porque cada vez que me observo se me cierra la garganta, no reconozco lo que veo y me desespero y corro y me pierdo en la noche oscura como yo y desaparezco de nuevo entre la gente de los bares de mala muerte, que huele a alcohol, a vómito, a mota y me fundo con ellos, hasta que despierto de nuevo a la joda del trabajo en donde te busco constantemente desde el día que te fuiste lejos, lejos de mi que ya había logrado arrebatarte un poco de esa lucecita insoportable que ya se salía por mis ojos cada vez que te veía.

Lo supiste. Tu mirada me descubrió con el pantalón a la altura de las rodillas y Regina dándome sus redondas nalgas en el baño de la oficina. Me puse pálido pero reaccioné de inmediato. Nunca te prometí nada, nunca hubo una declaración ni cursilerías de ese tipo. Sentí vergüenza y no sé ni por qué… yo creo que por la lucecita que ya traía adentro. Me viste y descubrí tu angustia, tu orgullo herido, el daño, mi cruel obra en tu rostro fiel. Eras tan hermosa y te amé profundamente. Te lo dije en silencio mientras Regina gemía de placer porque mis manos no pararon. El caso es que lo supiste, que siempre te quise, que me habías ganado y te fuiste derrotada…

La luz que te robé se apagó. Ya no tenía sentido el manoseo de los abultados senos de Regina, hasta asco me dio cuando observé su vientre creciendo, su estúpida sonrisa maternal. ¡Guácala! Ni que fuera mío…

Mejor Gina que vivía en penumbras como yo. Andábamos a ciegas, dando tumbos, alaridos, desparpajos, destrozándonos cada vez más y más, hasta el abandono…

No, no me importó que se fuera, total, ya habías regresado con tu luz infame. Salvación y derrota ¿A qué viniste? Presencia insoportable, no quiero ir a dónde propones, ¿por qué tanta insistencia?

Tus ojos encendidos me esperaban como siempre recordándome que mi soledad nunca llenaría la tuya.

¿A qué viniste? Te tocaba y te me deshacías en las manos. Desesperación. Te apreté tanto, no te vayas, tanto, tanto…

No escuché tu pausada respiración. Te fuiste sin avisarme y esta vez para siempre. De cualquier modo te besé despacio y antes de huir, cerré tus ojos para que ya no iluminaras el cuarto, para que ya no iluminaras nada.

 

Narradora, Diana Teresa Pérez. Impulsiva, incoherente, terca, insomne. Recuerda que nació en el antes DF, hoy Ciudad de México (aunque siempre está perdida). Cree que la comunicación es fundamental para crear, recrear y dejar testimonio del paso del ser humano en este mundo. Ha trabajado para los periódicos Crónica y Excélsior y para la revista Expansión. Ha publicado varios cuentos en revistas y antologías literarias. Actualmente imparte talleres de escritura autobiográfica.

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