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«POLÍTICA DE LO COTIDIANO»: Impotencia y acompañamiento

La corrupción, un mal entre los escombros. 

De los muchos temas psicosociales, existenciales, que este terremoto nos ha dejado para pensar, y que valdrá la pena ir deconstruyendo de a poco, me referiré aquí a uno que he oído repetidamente en diversas versiones, y entre todas las particularidades de cada caso y lo mucho que tienen en común, hay varios puntos para reflexionar, de los que hoy retomo la relación entre la impotencia y el acompañamiento.

Tras la enorme sacudida de la tierra y resquebrajamiento de edificios y casas, que son uno de nuestros símbolos más importantes de estabilidad, sobrevino, una vez más para algunos y quizá por primera vez para otros, la realidad de nuestra vulnerabilidad como seres humanos. Y ante esta fragilidad, sobre la que no tenemos control alguno, la sensación abrumadora de impotencia.

Las reacciones ante este hecho fueron diversas y van desde la parálisis, física y emocional, hasta la necesidad imperiosa de salir a ayudar a otros. Esta activación hacia la ayuda es el motor de la conmovedora solidaridad que palpamos en, por fortuna, infinitos ejemplos. Las vitales e inmediatas: correr a quitar con las manos los escombros para rescatar a personas enterradas, darle agua a los que tuvieron que caminar por horas ante el colapso del tráfico, darle de comer y beber a los que rescatan, y luego las que se van sumando a la complejidad de necesidades conforme pasamos del primer impacto, la emergencia y los cuidados primarios a la inminente reconstrucción.

Sin embargo, a pesar de toda esta activación, he escuchado a muchas personas que se presentaron en muchos lados buscando cómo ayudar, y aun cuando hicieron alguna cosa, en la medida de sus posibilidades, su sensación, a pesar de las ganas y el esfuerzo, es que lo que hicieron sirvió de muy poco.

Porque sobraba la comida, o eso parecía, porque estaban fuera de la Ciudad, porque había demasiadas personas en una cadena o armando paquetes, porque había demasiados médicas/os, psicóloga/os, ingeniera/os, voluntaria/os, rescatistas; porque no pudieron ir a ayudar porque tenían que cuidar a sus hijos o hijas, a sus enfermos, porque no sabían qué hacer, porque se paralizaron, porque no sabían cuál de las muchas demandas en redes sociales atender, o porque sentían que no podían atender ninguna.

Hubo quienes permanecieron esperando por horas a sustituir a brigadistas, aunque les dijeran que no eran necesarios. En los servicios de llamadas de urgencia, muchas personas, especialmente mujeres mayores, hablaban de su angustia, pero sobre todo de la desesperación de no sentirse útiles para otros.

Me parece que cuando a pesar de activarse, la sensación generalizada de impotencia persiste, se debe al enorme tamaño de la herida social y emocional que este terremoto nos produjo.

El desastre natural viene a agregarse a la violencia generalizada en todos niveles, que ya de por sí nos arroja a la impotencia, especialmente los grupos más vulnerables.

Comparar las cifras de muertes y edificios colapsados en 1985 para saber que la dimensión de este 19 de septiembre es mucho menor, es solo algo de consuelo. Es, sobre todo, la constatación para algunos y el descubrimiento para los más jóvenes de que este país no ha aprendido lo suficiente en materia de prevención y afrontamiento de desastres, y que el tamaño de la corrupción y sus consecuencias sigue siendo el más avasallante de los males humanos a combatir en este país. Quizá ésta es la impotencia más profunda y una de nuestras tareas más urgentes en tantos ámbitos.

En la socialización de nuestra impotencia, sin embargo, en los pequeños grupos que me ha tocado conversar sobre esto, concluyo que el acompañamiento ha sido uno de los antídotos más eficaces contra ésta. No solo el que se ha brindado en materia de ayudas materiales concretas, o de heroicos rescates o brigadas de ayuda, o de servicios profesionales o de oficios voluntarios, sino también y especialmente los acompañamientos que no parecen heroicos, pero lo son, el de los padres y madres que cuidaron a sus hijos e hijas y/o a los de otros, con especial sensibilidad de que estuvieran tranquilos.

También el de quienes siguieron acompañando a los enfermos; los que estuvieron junto a quienes perdieron a sus seres queridos, o sus casas queridas, quienes escucharon las angustias de otros, al tiempo que reconocían silenciosamente las propias, y a quienes se interesaron si estaban bien todos los demás, estando en cualquier punto del planeta.

Porque saberse acompañado (no aconsejado, no juzgado, no presionado), solo acompañada o acompañado, solo eso y todo lo que es, nos libera en buena medida de la soledad de nuestra propia angustia y de la impotencia.

Adriana Segovia. Socióloga por la UNAM y terapeuta familiar por el ILEF. 

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