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«CONOCIMIENTO ES RESPETO»: Feminicidio, otro temblor en México

La tragedia del feminicidio y violación de María Fernanda Castilla en Puebla, nos mostró hace unas semanas (antes del terrible sismo) nuevamente la jodidez de muchas áreas de la sociedad mexicana, jodidez que los políticos tradicionales llamarán de manera eufemística “áreas de oportunidad”.

Con una velocidad que más que asombrar llama a sospechar, pero que se presume de eficiencia de la Policía Judicial Estatal de Puebla, se dio con el presunto culpable del inenarrable crimen sobre el cual caerá además (otra frase célebre) “todo el peso de la justicia”. Le esperan unos ejemplares 85 años según ha informado el Procurador estatal Víctor Carrancá.

Este hecho indigna y llama a la protesta y a la crítica, porque el feminicidio se volvió ya parte del check list de todos los noticiarios. El de Mara tuvo una mayor atención mediática y la protesta valiente y solidaria de varios organismos de mujeres bajo el lema de #NiUnaMenos.

¿Qué está pasando en nuestro país? En el que desde los terribles 90, en Ciudad Juárez y actualmente en muchos estados, destacando el Estado de México (con el vergonzoso liderazgo de ser la entidad en la que hay mayor número de feminicidios) y no se hace nada?

¿Qué pasa en la orgullosamente llamada CDMX, Ciudad supuestamente Gay Friendly, con el mayor número de transfeminicidios?

Se combinan dos ingredientes fundamentales: una cultura machista, patriarcal y misógina, cultura de ejercicio de poder irracional y animal, macabro y despiadado que se recicla, se transmite, se transfiere generación tras generación y que ha sido imposible de cambiar, y que hoy se exacerban además con pronunciamientos homófobos y cobardes, por ejemplo del conductor Sergio Zurita y el presentador de noticias Esteban Arce.

Hoy, en mi visión y posición como mujer transexual, puedo hacer abstracción y describir objetivamente cómo yo también –como hombre–, siendo niño viví una educación machista en donde te preparaban para ejercer el poder sobre las mujeres.

Pongo dos ejemplos: a mis hermanas y primas las educaban para que prestaran sus muñecas y otros juguetes; a los niños, mis primos hermanos y yo nos insistieron: “SON TUS CANICAS, las puedes perder en el juego pero no las puedes prestar ni regalar, las defenderás con todo y hay de ti si alguien más te las quita y te dejas porque te las verás conmigo”…

En esta enseñanza a defender “lo nuestro”, estaba implícita y explícita la violencia de saber también imponer y arrebatar. De las canicas pasas a que tu novia es “TU novia”: es tu objeto, tu posesión, tu propiedad, ella o ellas, no deberán burlar tu autoridad, tu derecho a su posesión y a ejercer la violencia si se salen de los lineamientos de “cómo debe comportarse una mujer decente”.

Esto último se volvió a mostrar con el feminicidio de Mara: mucha gente sin cultura ni educación y sobre todo, sin compasión, expresa en las redes sociales y en los corrillos que Mara es culpable por haber ido a una fiesta sola, por haber salido tan tarde, por arriesgarse a tomar un taxi sola, por haber bebido, por divertirse, por haberse quedado dormida…

Además, siguiendo las ideas más arcaicas y estúpidas de la Iglesia Católica sobre el poder demoniaco de la mujer, alguna gente imbécil ha caído incluso en la estupidez de querer quitarle responsabilidad al chofer asesino, afirmando que “no se pudo resistir”, como si fuera un animalito.

Hasta un rector de una Universidad de Puebla señaló que hoy las mujeres tenemos demasiadas libertades y eso hace que estemos en riesgo mayor de que nos violen o nos maten.

El discurso misógino y patriarcal, proveniente de las más profundas estructuras de poder machista tradicional y religioso, defendido incluso por muchas mujeres que están felices de su codependencia y esclavitud, se presenta de forma furiosa para agredir a una casi niña que hoy no puede defenderse porque ya está muerta.

Este discurso pretende transmitirse a través de los diversos medios como una lección y un mensaje: no vivas, no disfrutes ni te diviertas; no te atrevas, mujer, a creer que al pretender ser libre estarás protegida; si crees eso, te arriesgas a que te maten. Te mereces que te violen y te maten.

La realidad es otra. El machismo mexicano, reproducido incluso por muchas mujeres a las que escuchas decir a sus hijos: “no llores porque pareces niña”, se suma a una cultura de la impunidad.

Los feminicidas, igual que los pederastas, los secuestradores y los narcos, actúan porque saben que la autoridad no hará nada. Saben que el castigo no será severo. Saben que, con dinero se compran silencios y complicidades, también candidaturas, gubernaturas y presidencias, favores y licitaciones inmobiliarias, corrupción…

El cáncer que nos está matando no es Donald Trump: somos nosotros mismos, en una vorágine en donde es premiado el ser delincuente con la máxima impunidad, y a ella se unen los discursos ideológicos y religiosos, moralistas e hipócritas: no es que haya delincuentes, es que las víctimas lo provocaron, se lo buscaron, se lo ganaron.

¿Alternativas? Seguir luchando como sociedad civil contra la impunidad, seguir denunciando, seguir enfrentando la corrupción y la ignominia. Eso por un lado y por otro: el machismo y la misoginia arraigados en el ADN del mexicano. Solo con educación enfrentarlos, debatirlos, señalarlos, criticarlos para llamar a la conciencia y lograr el cambio con un marco legal cumplible y para todos, no solo para aquellos con poder.

Justicia y educación es lo único que puede salvar a este país que va en camino a convertirse en un espacio de impunidad, que solo vemos en estados fallidos africanos, en Medio Oriente, o en películas como todas las secuelas de “Mad Max”.

Alicia Guerrero es mercadóloga y comunicóloga, orgullosamente mujer trans en proceso de cambio. Ha dirigido diversos organismos gremiales de ambos rubros. Actualmente es asesora en estos temas así como de equidad de género, combate a la violencia y empoderamiento femenino.

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