«EL RELATO»: Cuidado con el perro

Te fijas muy bien: desayuna a las nueve un vasito y medio de croquetas, ¿entendiste?

Lo miré con ironía y respondí que sí. Cuidé tantas veces a Tobías que no sólo me sabía de memoria sus horarios, sino que agregué algunas rutinas de juego que lo hacían feliz durante la ausencia de su amo.

En otras ocasiones, cuando le dije a Fabián que ya me había dado las instrucciones, montó en cólera: que por qué lo interrumpía, que si no quería ayudarlo mejor le dijera, que él había supuesto que, aun cuando ya habíamos terminado nuestra relación, todavía seríamos buenos amigos, que… y miré al buen Tobías, sus orejas levantándose y moviendo la cola con alegría. Lo haría por él.

A media tarde, le das unos premios de estos que dejo aquí en la bolsa. ¿Correcto?—me preguntó en el mismo tono arrogante que le conocí cuando acepté el trabajo como su secretaria.

Fue en la misma época en la que su esposa lo abandonó por otro. Era el chisme que circulaba en los pasillos del Corporativo. Yo sufrí en carne propia la prepotencia que adoptó a partir de ese momento, como si dando órdenes se nos olvidara la humillación de la que fue objeto, como si no pudiéramos comprender su tristeza.

Ya por la noche, si no tienes compromisos, te suplico que cierres la puerta del jardín y prendas la lamparita que está al lado de mi buró, ¿te acuerdas?

Nunca lo olvidaré. El buró con una foto de su ex esposa, Alondra, a la que conocí la noche en que jugamos a perseguirnos a risotadas en su recámara. Di tantas vueltas en la huida que choqué contra ese portarretratos. “Es linda ¿no?”, preguntó, orgulloso. “Su cabello sí es suave, ¿por qué no pruebas el enjuague que ella utilizaba?”.

¡Sandra! Te digo que le das otro premio y luego te vas. ¿Está claro?

Sí.

¿Por qué continué con Fabián tanto tiempo? Esa noche, en la que por cierto celebramos mi salida del Corporativo para irme a vivir con él, fue la primera de muchas en las que el fantasma de Alondra, habitante en su memoria, me persiguió hasta el final.

Después de nuestra separación, renté una casa a dos cuadras de la suya. Me traicioné de nuevo. Cierto que era una ganga, que también eran ya mis rumbos, que el nuevo trabajo me quedaba a la vuelta de la esquina, pero ¿tan cerca de él? Acallé mi conciencia diciéndome que quizá lo hacía por el perro.

Terminó de darme las instrucciones, se despidió y dijo que volvería en una semana. A la mañana siguiente me levanté temprano y fui a su casa. Abrí la puerta con el duplicado que nunca me quitó con el propósito de que cuidara a Tobías cuando fuera necesario. El labrador negro, noble y juguetón, me recibió a lamidas y con la cola moviéndose de un lado a otro con fuerza y rapidez.

Convivimos tanto. Fuimos cómplices de travesuras que Fabián jamás hubiera aceptado por estar fuera del orden, la higiene y el buen gusto. Pero el perro y yo éramos felices rodando por el pasto, correteándonos y durmiendo siestas a media tarde antes de que nuestro amo regresara del trabajo. Éramos un par de perros fieles.

El sol se puso, dando paso a una noche estrellada y fresca. Regresé para dar la cena al perro pero no me recibió como de costumbre. Iba y venía de un lado a otro.

Encendí la luz de la sala. Me quedé un momento en silencio por si escuchaba algún ruido. Tobías gimió. ¿Un ladrón? Temblé pero decidí avanzar.

Caminé hasta la cocina y, por los nervios, no atiné más que a tomar una escoba que utilizaría como arma contra lo que fuera que me encontrara. El perro ladró.

¡Calma, Tobías!, soy yo.

Me lamió la mano y corrió hacia el fondo del jardín. Desde la puerta del comedor logré ver algo tirado que Tobías olisqueaba con insistencia. Con las piernas temblando me acerqué despacio hasta que casi tropiezo con el cadáver de un gato. Grité.

De pronto me sentí observada. La sangre se me fue a los pies. Despacio, a punto del desmayo, di media vuelta y vi a Fabián sonriendo divertido a mitad del jardín.

¡Tranquila1, me encontré al pobre gato muerto por ahí y antes de tirarlo pensé en hacerte una bromita—explicó a punto de la carcajada.

No respondí, mi cerebro estaba a punto de reventar.

¡Estás palidísima! No te enojes, la verdad no hubo viaje, hice como que me iba sólo para comprobar que cuidas bien a Tobías.

Me dio palmaditas en la espalda satisfecho por mi labor, como cuando Tobías recupera alguna pelota perdida o un calcetín fuera de lugar.

Del coraje, tenía paralizadas las piernas, la boca seca, las manos temblando y los ojos ardiendo. Él me abrazó con ternura y me dijo al oído que era una “buena mujer”. El círculo perfecto y perverso: terror y ternura; morder y lamer; aflojar la cadena y aplicar el castigo. Acciones que se suceden en cuestión de segundos, que desconciertan, que atrapan en espiral. ¿Cómo escapar?

Descubrí mi mano todavía sosteniendo la escoba. Furiosa por la evaluación y su resultado, alejé a Fabián de un aventón y lo amenacé con mi arma.

¡No te me acerques, perro infeliz!—le dije blandiendo el palo, lista para atacarlo.

¡Baja esa cosa, Sandra, eres una histérica! Alondra sí tenía sentido del humor.

Tobías comenzó a ladrar descontrolado. Me moví despacio hacia la salida siempre con el palo al frente, a modo de escudo.

¡Ay, por favor, qué ridícula eres!—dijo con furia y quiso arrebatarme la escoba, pero retrocedí rápidamente y Tobías se interpuso entre los dos, sus ladridos dirigidos ahora hacia su amo, que ya no era el mío, y que palideció desconcertado. Respiró profundo, se sentó sobre el pasto y esperó a que Tobías dejara de gruñir.

Fabián me miró con tristeza y susurró que hubiera querido una reconciliación. No dije nada y de pronto, como cuando Alondra lo dejó, me ordenó con frialdad que me fuera de su casa.

Puedes llevarte la escoba si quieres—remató irónico.

Atravesé el jardín despacio arrastrando la escoba. Llegué a la puerta del comedor y me sentí a salvo. Giré para verlo de nuevo. Estaba divertido acariciando la panza de Tobías. Ya no me conmovió. Levanté la escoba y como un proyectil la lancé contra su cabeza. Elevó la cara justo a tiempo para que el cepillo le aplastara la nariz. Cerré la puerta de vidrio y corrí a la salida. Escuché los ladridos de Tobías y los gritos de Fabián como ruido de fondo que fue desapareciendo en la medida en que me alejé.

Narradora, Diana Teresa Pérez. Impulsiva, incoherente, terca, insomne. Recuerda que nació en el antes DF, hoy Ciudad de México (aunque siempre está perdida). Cree que la comunicación es fundamental para crear, recrear y dejar testimonio del paso del ser humano en este mundo. Ha trabajado para los periódicos Crónica y Excélsior y para la revista Expansión. Ha publicado varios cuentos en revistas y antologías literarias. Actualmente imparte talleres de escritura autobiográfica. *Ilustración: Chepe. 

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