«COLUMNA INVITADA»: Mi ciudad es chinampa en un lago escondido

Mi intervención en este valorado portal de Mujer es más, es no tanto una aportación cultural ni mucho menos, simplemente soy una ciudadana que gusta mucho de caminar y observar todo cuanto ocurre a su alrededor.

Esta ciudad está llena de escenarios, es como un circo de cien pistas, en el que siempre están ocurriendo cosas distintas muchas veces en perímetros muy cortos, muchas veces en el mismo espacio y en diferente dimensión. Desde que llegué a vivir aquí, eso me impactó. No importa en qué zona de la ciudad te encuentres pero siempre hay algo; siempre se está gestando una historia extraordinaria; en esta ciudad pasa todo. Creo que esa fue la primera definición que logré argumentar hace 21 años.

Y no creo ser yo la única que lo piense; cantidad de antropólogos sociales, historiadores, escritores, pintores, artistas han descrito la ciudad de México con adjetivos verdaderamente elocuentes. Es una ciudad surrealista, mágica, intensa, palaciega, caótica, deslumbrante.

No en vano los Dioses nos dijeron que éramos el ombligo de la luna. Las personas de otros países nos deben de observar con una combinación de susto y curiosidad, cuestionándose cómo logramos sobrevivir, ¿cómo es que llegamos a la noche?, ¿cómo llegamos al domingo sin colapsar?, ¿cómo nos volamos en mil pedazos o nos vamos de picada al fondo de la tierra?

Vienen con ansiedad a enterarse si es cierto todo lo que en el extranjero se dice de nosotros, si es verdad que desayunamos tortas de tamal, adquirimos pócimas milagrosas a bordo de los transportes públicos, pintamos con colores que no tienen siquiera nombre fuera de México nuestras casas y escuelas.

Tenemos canciones, oraciones, dichos y porras para cada ocasión y yo creo que vuelven a sus países sin un argumento sólido que pueda describir su visita, con más dudas y preguntas que antes de pisar nuestra tierra. Tal vez ya estemos acostumbrados a este caos, lo venimos heredando de generación en generación. Basta con repasar los archivos fotográficos y sonoros para darnos cuenta que esto no es nuevo, que en cada época hemos dado siempre la nota de realismo mágico que tantos intentan descifrar.

¿Será algo en el ADN de los habitantes de esta ciudad que hemos venido heredando a través de las generaciones o es que hemos respirado tanto plomo y tanta nostalgia?. Son los nombres de las calles en Náhuatl o en nombres de filósofos o héroes independentistas; los poemas y las canciones que se han escrito en las bancas de los parques, la tradición con la que las familias siguen después de tantos siglos pasando sus días de descanso en Chapultepec, Xochimilco, Tlalpan, Coyoacán, lugares ancestralmente sagrados. La seguridad con la que los sacerdotes siguen pidiendo a los elementos en el Centro histórico que antes fuera el Templo Mayor, lluvia o bonanza para las cosechas; saben que éste sigue siendo su lugar; los he visto plenos, amos en su espacio; las estructuras y construcciones no modifican la energía ni la simetría astronómica, y los habitantes de esta ciudad lo saben.

Vivimos como dueños de los volcanes y su historia, sin dudar por ningún momento qué ocurrió con la bandera, las tradiciones, los usos y costumbres. Caminamos sobre y a través de la historia cada día, nos enfrentamos sin miedo a túneles en el tiempo, porque somos parte de ellos, de las leyendas, de las historias, porque hemos ido dejando nuestra energía por las calles y recogiendo la que a su vez dejaron nuestros ancestros.

Distinguimos el olor de lo antiguo, de lo propio, reconocemos los humores de la gente, de nuestros muertos, nuestras calles; llamamos a las flores por su nombre, conocemos las recetas de los platillos familiares, los remedios para prácticamente cualquier dolencia del cuerpo o del alma; aprendimos a bailar solamente viendo a nuestros abuelos, recitamos frases y dichos ininteligibles para el resto de la humanidad. Somos los mismos, nos hemos estado repitiendo una y otra vez.

Cualquiera que haya visitado el Zócalo un domingo, o la Basílica de Guadalupe, o paseado en una trajinera en Xochimilco, los que se hayan aventurado a escalar el Iztaccíhuatl, o caminar en el Ajusco, o subir a la Torre Latino, pasar una tarde en Santa María de la Ribera o en la Arena México, o una tarde de toros, de futbol, de box o una mañana buscando antigüedades en La Zona Rosa o Tepito… quien haya festejado alguna vez la Fiesta de La Candelaria, o visitado el Altar del Día de Muertos de C.U; quien haya disfrutado un atardecer afuera de Bellas Artes o se haya ido de fiesta al Tenampa o a bailar al Salón México sabe de magia, entiende de dimensiones y de energía, se ha mimetizado con otros tiempos en el mismo espacio.

Seguiremos viviendo o deambulando así, porque nos pertenece la tierra y nosotros a ella; porque somos el fruto del árbol que echó raíces hace miles de lunas; porque conocemos sus nombres secretos y sus acertijos. Somos de ella como ella es de nosotros: mexicanos, mexicas, gente de maíz y de lodo, hermanos de las estrellas, habitantes del ombligo de la Luna, supervivientes y sobrevivientes; locos sí, solos sí, huérfanos jamás.

Bárbara Lejtik. Licenciada en Ciencias de la Comunicación, queretana naturalizada en Coyoacán. Me gusta expresar mis puntos de vista desde mi posición como mujer, empresaria, madre y ciudadana de a pie. @barlejtik

Comentarios

comentarios