«POLÍTICA DE LO COTIDIANO»: Padres ausentes

He trabajado mucho tiempo con mujeres que viven violencia y he acompañado nuevas narraciones de sus vidas al liberarse de los efectos de la violencia. Siempre me vuelvo a sorprender con estas historias… con la cantidad de casos en que los padres se ausentan “con tanta facilidad” y de diferentes formas.

Están los casos extremos. Esos padres que se enteraron del embarazo en el que participaron y decidieron no ser parte en nada de la paternidad. Quitando los casos en que esto pudo haber sido un acuerdo o una decisión autónoma de la mujer, que dadas las circunstancias decidió ser madre soltera (en cuyo caso no hablaríamos de “padres ausentes”, sino de configuraciones diversas y elegidas), están también las situaciones en que en una supuesta pareja el padre desaparece al saber del embarazo; abandona.

Luego están los casos en que una pareja se separa, con hijas/os pequeños o adolescentes, y esos hombres no distinguen entre separarse de la pareja y responsabilidad con los hijos. Puede que sigan contribuyendo o no al sustento económico, que es parte de esa responsabilidad, pero cortan casi por completo el vínculo con los hijos. Sucede casi siempre que las madres de éstos libran luchas legales y/o morales para pedir, rogar, exigir, que se responsabilicen económicamente, pero sobre todo afectivamente.

Estas situaciones son tan indignantes. Me ha tocado acompañar el sufrimiento de las niñas, niños y de sus madres. Porque el abandono de este tipo, le demos las vueltas que queramos para entender al padre en cuestión (entendimiento que siempre ayuda un poco a acomodar la pérdida) significa en resumen que a ese padre no le importan, o no tanto como quisieran, o como se esperaba, esa hija o ese hijo, y esa es una herida grave con la que tendrán que vivir.

Y por último, esos padres que están ahí pero no están. Que pueden ser buenos proveedores económicos, pero que nomás no pueden conectarse en lo afectivo. Dejan esos asuntos a las mujeres. Saben enojarse, exigir, gritar, con lo que creen que saben ejercer la autoridad, pero no saben conversar, ni escuchar y ya no digamos acunar (a cualquier edad del hijo/a) o mostrar afecto físico y emocional. A veces se quejan de sentirse excluidos de una complicidad que suelen tener las madres con los hijos e hijas, pero cuesta darse cuenta desde ahí dentro cómo su exclusión del mundo afectivo terminó dejándolos fuera de casi todas las dinámicas significativas.

Este padre ausente y su búsqueda se ha representado muchas veces en la literatura y en el cine. Pedro Páramo es para mí una de esas representaciones mexicanas icónicas, pero es un tema bastante universal. Y tanto en estas obras como en las vidas que acompaño, y con todos los elementos psicológicos y sociológicos que lo puedan explicar, no deja de ser avasallante su universalidad, su normalización y su impacto.

Y aunque también he trabajado con hombres por años, es recientemente que he empezado a trabajar más de cerca y en grupo con hombres que han vivido y/o ejercido violencia. Digo violencia como tema que los conecta, pero al final se trata de vidas de hombres. Y ha sido interesante mirar el otro lado. Ninguno de ellos podría calificar como padre completamente “abandonador”, porque el solo hecho de estar interesados en trabajar su vida ya los coloca en una franja de hombres más conscientes y responsables.

Pero me impresiona alcanzar a entender cómo la socialización de estos hombres dentro de una cultura patriarcal y machista, los va haciendo ausentes. La mayoría habla de etapas tempranas donde pudiendo haber empezado a desarrollar la empatía y la conexión, a veces con sus hermanas o con sus madres, también fueron forzados a “defenderse agresivamente”, a competir, a ser fuertes, a mandar, a dar el ejemplo, a no llorar ni mostrar debilidad y, como consecuencia y aparentemente siendo excluyentes, a abandonar las posibilidades de desarrollar habilidades y expresiones afectivas.

Casi ningún hombre cuenta esto como una hazaña. Cuando se dan cuenta en qué medida esa socialización les permitió sobrevivir a las exigencias que se esperan de su masculinidad, pero que también están relacionadas hoy en día con sus dificultades para relacionarse afectivamente con su pareja e hijos y lo excluidos que los deja también recibir esas muestras de afecto y conexión.

Pienso en tantas escenas que hemos visto de educación machista, evitando a niños jugar con muñecas y a la casita para evitar su “feminización”, e imagino cuán importante sería no solo eliminar los estereotipos de género en la educación y los juegos, sino promover activamente el cuidado y la ternura en los mismos, como un ingrediente más que abone al desarrollo de la empatía y eventualmente a una cultura de expresiones afectivas y de paz.

Adriana Segovia. Socióloga por la UNAM y terapeuta familiar por el ILEF. 

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