La impronta del ’85

Todos los que padecimos el terremoto del 19 de septiembre de 1985 en la Ciudad de México, compartimos –en mayor o menor medida– una misma impronta; algo que nos marcó para siempre, llamado trastorno de estrés post traumático.

Según la American Journal of Psychiatry, tras vivir un terremoto, los adultos tienen mayor posibilidad de presentar estrés post traumático crónico, que se manifiesta al revivir la experiencia a través de una serie de síntomas típicos, producto de la alteración cerebral.

El miedo y la desesperación son los más comunes, pero también se puede experimentar crisis nerviosa, insomnio o pesadillas, dolores musculares, irritabilidad, hipersensibilidad y agotamiento.

¿Cómo no revivir la pesadilla del 85? ¿Cómo escapar del recuerdo de la CDMX en ruinas? Imposible.

También, de acuerdo con datos recabados en un estudio realizado por la Academia de Ciencias Médicas de Pakistán, las mujeres son más propensas a padecer el síndrome y por más tiempo. Y, efectivamente, fue mayor el número de mujeres que sufrieron una crisis nerviosa esta última madrugada, tras revivir el 85.

Por otra parte, si una persona fue víctima física o material del desastre en cuestión, o perdió a un ser querido en el evento, la ayuda psicológica es sumamente necesaria e importante ya que además de padecer en su persona el hecho o sus consecuencias sociales y geográficas, existe un duelo de por medio que hay que trabajar. De lo contrario, puede desarrollar depresión y angustia.

Pero también existe un lado positivo de haber vivido un desastre natural, y ése es que la vida propia y la sociedad en su conjunto se dimensionan de otra manera. De acuerdo con Adriana Segovia, socióloga y nuestra terapeuta de cabecera:

 

 

“También tenemos que recordar, en la experiencia del 85, que una ola de lo que empezamos a distinguir como ‘la sociedad civil’ se organizó para ayudar de cien formas como paleando para rescatar a sobrevivientes, preparando comida para rescatistas, transportando víveres, por mencionar algunas”. 

Y –añade la terapeuta– son estas maneras de activarse las que contrarrestan la sensación de impotencia y que nos conectan con los otros, las que permiten las resiliencias colectivas, y que nos hacen salir fortalecidos de las tragedias”. 

 

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