«EL RELATO»: Oscuro

6 septiembre, 2017

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Era de noche y cayó una tormenta. Fernanda se apuró a sacar los pendientes y de pronto la computadora se apagó. El estudio quedó totalmente a oscuras.

Maldijo como para quedar bien con algún jefe a la distancia, pero en el fondo se sintió libre. Podía escuchar su propia respiración. Rezó para que la luz ya no regresara, “por favor”, al menos hasta el día siguiente.

No se paró de su silla. Acostumbrada a las desilusiones, aguantó estoica frente a la pantalla apagada, nerviosa porque no debía alegrarse de antemano. La luz podría volver en cualquier momento y ella tendría que seguir trabajando.

A los diez minutos miró hacia el foco y declaró la victoria.

Sonrió y giró sobre su silla. Se asomó por la ventana para comprobar que el mundo se había detenido. Sí. No había nadie en la calle. Las casas vecinas estaban a oscuras. Silencio. Respiró aliviada y disfrutó del sonido de la lluvia acompañado por un olor a tierra mojada. Cerró los ojos. Era feliz.

Jugó a andar por su casa “a ciegas”. Se sorprendió al ver que no tropezaba con nada. Sus sentidos, menos la vista, alertas, entrando a otro mundo. Sintió la fría cercanía de las paredes, la textura de los pisos bajo sus calcetas; el oído registró la lluvia, gota a gota cayendo sobre el techo; su piel, el viento fresco entrando sin trabas por la ventana abierta.

Paseó por cada habitación. No hubo tristeza al comprobar que por más que puso camas por si algún día se necesitaban, seguían sin estrenar. Clósets vacíos, sólo uno, el de ella, con toda la ropa apretada por si alguien requería espacio. Nadie lo necesitó nunca, nadie la necesitó.

Tenían razón quienes decían que las cosas se parecen a su dueño. Ahí no había nada, sólo cuartos abiertos, limpios, listos para ser ocupados. Sólo el tiempo inundó el espacio, dejó su huella: el envejecimiento.

Llegó al pasillo en donde estaba la mesa de las fotos. Reconoció los marcos con el tacto y en cada uno, en voz alta llamó: mamá, papá, Sergio, Julieta… todos ausentes.

A oscuras pudo ver lo que la luz siempre escondía: su andar, su cuidado, deseos, miedo, fatiga.

Recorrió con las yemas de los dedos los muebles reparados varias veces –que seguían en pie– y los adornos que colocó y que cambió de lugar cuando le daban aires de renovación.

Era un descanso no tener que usar los ojos, esos ojos que se empeñaban en estar abiertos, que –tercos– buscaban algo en qué fijarse. Ahora no eran necesarios.

Sintió su cuerpo ligero moverse, arriba y abajo por los escalones. Fue hacia la sala y justo cuando trataba de pasar por entre la mesa de centro y uno de los sillones, la luz infame iluminó todo sin piedad y los párpados se abrieron de pronto, atendiendo al llamado: la pintura desgastada de las paredes, el tapiz de los cojines ya decolorado, la unión del pegamento sobre los floreros de barro…

La sangre le bajó hasta los talones. Los ojos, ardiendo, compulsivos, mirando lo que fuera, toparon con unas manos agrietadas que se acercaron como intentando oscurecerlo todo de nuevo. Pero la luz se filtraba entre los dedos, invasiva, violenta.

Desesperada, avanzó con resolución hacia donde estaban los interruptores. Los apagó uno a uno y luego, fatigada, se sentó en el suelo. No tenía caso, de cualquier modo siempre amanece…

De pronto sonrió. No, no siempre…

 

Narradora, Diana Teresa Pérez. Impulsiva, incoherente, terca, insomne. Recuerda que nació en el antes DF, hoy Ciudad de México (aunque siempre está perdida). Cree que la comunicación es fundamental para crear, recrear y dejar testimonio del paso del ser humano en este mundo. Ha trabajado para los periódicos Crónica y Excélsior y para la revista Expansión. Ha publicado varios cuentos en revistas y antologías literarias. Actualmente imparte talleres de escritura autobiográfica. *Ilustración: Chepe. 

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