«COLUMNA INVITADA»: ¿Cómo se ve la vida desde el Cuarto Piso?

Llegar fue por demás un evento estruendoso, dramático en momentos, obsesivo y perturbador.

Cumplir 40 años fue para mí un parteaguas, un antes y un después, lo empecé a sufrir como 3 años antes. La palabra “Cuarentona” retumbaba en mi cabeza todas las noches y todos los días. Cada que me compraba ropa, me preguntaba si todavía se me vería bien, el seguro de gastos médicos me celebró con un incremento en mi póliza por riesgos propios de la edad, los festejos de mis contemporáneos de generación no me permitieron mentir, no al menos en las redes sociales.

De niña me imaginaba a una mujer de 40 como una persona verdaderamente madura, con una historia escrita, con todos objetivos palomeados. Mientras se acercaba el temido cumpleaños me angustiaba no tener asuntos resueltos, sentía que el día uno después de mi cumpleaños el estigma de “Señora de Las Cuatro Décadas” caería sobre mí como un caparazón pesadísimo, incluso un día antes –lo recuerdo– fui con mi amigo del alma a la marcha del cierre de campaña de AMLO en el Zócalo; me tomaba fotos para compararlas con las del otro día y ver si algo había cambiado, y bueno, además de la cara de desvelada parecía todo seguir en el mismo lugar.

Hace 5 años ya de eso, y debo confesar que los 40´s han sido bastante divertidos. Es duro ya no poder justificar las tonterías que uno hace con la inexperiencia de la edad, pero es cierto que te vuelves más relajado, que ciertos temas te dejan de importar o te ocupan mucho menos, que disfrutas cada vez más de cosas sencillas y que afortunadamente ya te dan flojera ciertas actividades que tarde o temprano iban a acabar con tus neuronas.

La única alternativa a no envejecer es la muerte, no dejo de ver con nostalgia a las mujeres más jóvenes y desear poder volverme a equivocar con tanta gracia y desfachatez.

Veo mis fotos de la infancia que ahora sí parecen viejas y doy constantes repasos a mis asuntos sin resolver. Acumulo fotos atoradas en el espejo de momentos felices y una pila enorme de libros que me han gustado y otra de libros por leer. Me preocupa terriblemente no estar ahorrando para mi vejez y no tener todavía un patrimonio ni siquiera modesto.

Estoy consciente de que aunque estoy en un momento de gran lucidez laboral, ya sería tiempo de que tuviera una cuenta interesante en el banco; no puedo dejar de compararme con mis contemporáneos y las vidas que han diseñado.

Ya entendí que si bien hay cosas que no tienen solución, otras llegan cuando tienen que llegar y muchas veces no dependen de uno, simplemente hay que saber tener paciencia y entender que la vida nos da y nos quita diferentes cosas a todos, y que eso precisamente es lo que forja nuestro carácter y diseña nuestra historia.

Una buena estrategia para no perder la esperanza y sentir que no hemos hecho bien las cosas es contar lo que sí hemos hecho correctamente, incluso con humildad y en privado vanagloriarse de los logros por muy insignificantes que parezcan.

Todos hemos anotado un gol de chilenita alguna vez, una chuza con los ojos cerrados. También hago un filtro exhaustivo de lo que no necesito cargar en el ya de por sí pesado morral. Cuando eres más joven vas recogiendo piedras en el camino que al llegar a esta edad puedes empezar a tirar por ahí. No necesito, por ejemplo, revistas de moda con modelos anoréxicas en las portadas, tampoco necesito un novio criticón que en vez de hacerme sentir fabulosa me sume inseguridad y dudas. No necesito conversaciones sobre crímenes y asaltos en mi colonia. No necesito un espejo de aumento que solo me muestre las imperfecciones y arrugas de mi piel. No necesito volverme loca por seguir usando la misma talla que cuando me casé, ni necesito pasar todo el tiempo por la clínica de masajes y botox que está cerca de mi trabajo, ni pagar el gimnasio más caro y pasar preciadas horas de mi vida torturándome para tener un abdomen plano.

Sí necesito, por ejemplo, amigas honestas, que me digan en privado cuando algo no se me ve bien y que cuando me equivoque no me regañen, solo me digan que esas cosas suelen pasar y que nadie es perfecto.

Necesito un perro que me haga fiestas todos los días cuando llego de trabajar; vitaminas para sentir que estoy haciendo algo por mi salud futura. Necesito un buen seguro médico que me dé tranquilidad.

Necesito un juego de copas y un libro de recetas que incluya cocteles y muchas botanas. Necesito el mejor edredón del mundo porque me lo merezco y necesito zapatos lindos, tenis para caminar, unas pantuflas para la casa.

Necesito darme tiempo para leer, para pasear y frecuentar a las amigas, necesito saber que hago algo por la sociedad –lo que sea–, que trabajo o hago donaciones para alguna fundación altruista o que visito voluntariamente enfermos o ancianos, o rescato perritos de la calle, o doy clases de algo que ayuda a otras personas a superarse y a ser mejores.

Necesito una vida que me guste, porque me la merezco, porque la he trabajado y me corresponde. Necesito hacer actividades que me apasionen, escribir, trabajar, viajar, correr, bailar, darme gustos, porque ya atrás de mí viene otra generación siguiendo mis pasos; a lo mejor se están fijando en lo que hago para tomar ejemplo o a lo mejor están deseando ser todo lo contrario.

Es tiempo de empezar a pensar como queremos ser recordados, qué adjetivos queremos que los demás usen para describirnos cuando ya no estemos.

El Cuarto Piso es sin duda muy divertido si lo abrazas con amor y optimismo, si lo recibes con agradecimiento y si ya por fin entendiste que nunca vas a volver a ser tan joven como lo eres hoy, pero que no puedes saber cómo serán las siguientes etapas –si tienes la suerte de vivirlas– porque la vida es eso: una moneda al aire. 

Bárbara Lejtik. Licenciada en Ciencias de la Comunicación, queretana naturalizada en Coyoacán. Me gusta expresar mis puntos de vista desde mi posición como mujer, empresaria, madre y ciudadana de a pie. @barlejtik

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