Carmen Herrera, famosa a los 100

1 septiembre, 2017

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Carmen Herrera (Cuba, 1915) ha pintado toda su vida. Nació para crear figuras geométricas con vívidos colores. Durante décadas pintó sólo por la necesidad de crear, y aunque deseaba vender sus cuadros, jamás se empeñó en comerciarlos. El reconocimiento y la fama le llegaron inesperadamente, hasta este siglo, a los 89 años de edad.

Nacida en La Habana dentro de una familia acomodada, Carmen fue hija de una destacada periodista y del editor del emblemático diario El Mundo.

Desde niña tomó clases de arte. Sus padres la mandaron a París a estudiar el bachillerato. De regreso en Cuba, comenzó estudios de Arquitectura, pero los abandonó –a los 22 años– para casarse con el amigo de uno de sus hermanos que estudiaba en Estados Unidos.

Tras la boda, Carmen y su esposo se mudaron a New York, donde ella retomó sus clases de arte y comenzó a pintar todos los días. La época en que vivieron en París (al final de los 40), la artista definió su estilo pictórico inspirada por el movimiento abstracto, e incluso llegó a exponer sus trabajos junto a pintores de la talla de Piet Mondrian.

Cuando el matrimonio volvió definitivamente a Manhattan, Carmen siguió pintando. Cada mañana, después de beber su café con leche, tomaba su escuadra, un lápiz y marcadores de colores para trazar líneas y figuras superpuestas. El loft de Union Square en el que ha vivido por más de 50 años, se llenó de cuadros.

Su esposo, quien siempre la alentó en su pasión y nunca quiso que se deshiciera de sus pinturas, murió en el 2000. Carmen arrumbó los cuadros en su estudio sin ninguna protección, pero siguió creando. Cuatro años después, su vecino Tony Bechara, entonces director del Museo del Barrio y admirador de su obra –con quien ella y su esposo habían entablado amistad desde la década de los 70— la puso “en el mapa del arte posmoderno”, gracias a una eventualidad.

Una noche de 2004, un amigo de Tony le llamó solicitando su ayuda para completar el cartel de una exhibición de pintores geométricos latinoamericanos. Él había anunciado tres artistas y de último momento uno de ellos canceló. Tony pensó de inmediato en Carmen y, al día siguiente, envió cinco de sus pinturas a la galería de su amigo. El resto, es historia.

A partir de entonces, hubo invitaciones a otras exposiciones colectivas y se corrió la voz. Comenzó a exponer dentro y fuera del país. Vendió su primer cuadro. Los coleccionistas la buscaban. El Observer la consideró “El descubrimiento de la década”. Los diez años siguientes a la “suplantía” que la llevó a la fama, sus obras fueron adquiridas por los museos más importantes, entre ellos el Tate Moderm, el MOMA y el Smithsonian, así como por el Whitney Museum of American Art, que justo hace un año le dedicó una retrospectiva titulada “Carmen Herrera: Lines of Sigth”, presentando con gran éxito más de 50 trabajos realizados entre 1948 y 1978.

Las obras que Carmen produjo en los años 50, 60 y 70, hoy son catalogadas como “vanguardistas”, aunque entonces fueron vistas sólo como objetos decorativos. Su condición de mujer e inmigrante cubana en Estados Unidos fueron dos factores que explican en parte la falta de reconocimiento a su trabajo, a pesar de que ella exploraba las mismas ideas que sus contemporáneos varones que sí obtuvieron reconocimiento, como Frank Stella.

Con 102 años cumplidos en mayo pasado, Carmen, afectada por la artritis y en silla de ruedas, aún se sienta todas las mañanas ante una gran mesa de trabajo y, con la ayuda de sus asistentes, sigue creando su arte “hard-edge”.

Quién iba a pensar que su tiempo llegaría justo en esta época en que la juventud está tan
sobrevalorada. Paradójicamente, los jóvenes que hoy se acercan al arte libres de prejuicios y esquemas, son los que le han hecho justicia, al igual que a otras artistas pop de más de 70 años.

 

 

En mayo pasado, la legendaria casa de subastas Christie’s vendió la pintura “Verticals” por más de 750 mil dólares. Este otoño, Carmen tendrá otra retrospectiva personal de su trabajo en Dusseldorf, Alemania.

Cuando le preguntan por qué ella seguía pintando cada año sin importar si vendía o no sus cuadros, Carmen contesta: “Porque el arte me salvaba. Mientras mis amigas del Village iban al psiquiatra o de compras, yo me iba al Metropolitan”.

Para saber más de Carmen Herrera, vean el documental “100 years show”, disponible en Netflix.

 

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