«ELLAS EN EL RETROVISOR»: Monseñor Romero

Como parte de mi oficio, disfruto mucho siempre la pinacoteca de los personajes de la vida pública.

En el caso de los hombres y las mujeres de la política, las fotografías y los cuadros de sus oficinas son siempre un indicador de aspiraciones, filias y gustos estéticos.

Lo más común entre las celebridades del poder es la acumulación de pinturas y póster de Emiliano Zapata y Benito Juárez.

Otros coleccionan imágenes de la CDMX, rostros femeninos, artesanías de algún animal, bicicletas, figuras de presidentes mexicanos y del mundo. En fin.

Este lunes inicié mi semana reporteril en las oficinas del movimiento “Ahora” de Emilio Álvarez Icaza, aspirante a una candidatura ciudadana, ex ombudsman capitalino y ex secretario ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

La conversación sobre la crisis de la fiscalización electoral y los retos del 2018 resultó muy interesante y ya será materia de futuras reflexiones y trabajos periodísticos.

Pero nuestro largo café con Álvarez Icaza e Irma Rosa Martínez Arellano, responsable de la comunicación de “Ahora”, no se centró en la coyuntura política mexicana, sino que felizmente inició con dos cuadros de su oficina de uno de sus personajes favoritos, Monseñor Óscar Arnulfo Romero, el mártir asesinado por defender al pueblo de las balas del Ejército en los terribles años de la guerra civil de El Salvador.

En una fotografía del salvadoreño Augusto Vázquez, el religioso se encuentra oficiando misa. Es un retrato conmovedor porque proyecta la mirada y el gesto de un hombre que se enfrentó en su momento a la incompresión del alto clero católico, con el Vaticano incluido, y a la siempre ingrata tarea de promover La Paz en tiempo de balas.

El otro cuadro es un póster del mural del estadounidense J Michael Walker, quien entre 1983 y 1984 pintó en Los Ángeles a un Monseñor Romero justo en el momento de ser asesinado, en el púlpito, mientras oficiaba su última misa, el 24 de marzo de 1981; un día después de la homilía dominical en la que dirigiéndose a los militares, reclamó: “En nombre de Dios y de es pueblo sufrido, les pido, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios, cese la represión”.

En un fondo azul, el ahora beato universal es llorado por hombres y mujeres que atestiguan su muerte. Dos matones en el extremo izquierdo abren fuego, mientras el dolor conmueve a tres ángeles morenos.

Como una premonición de la relevancia emocional que tendría este monseñor en la vida de los salvadoreños después de la guerra, J Michael Walker dibujó en ese mural, hace 33 años, la historia de un mártir y su pueblo.

Contemplar este lunes ese póster en las oficinas de Álvarez Icaza fue un momento muy afortunado que, de golpe, me regresó a los primeros años de nuestra vida en México y a la feliz coincidencia de la conmemoración global, este mes, del natalicio de Romero.

Mi hermana Gilda y yo llegamos a la CDMX el 19 de noviembre de 1978 para reunirnos con nuestros padres, quienes entonces ya participaban en el movimiento político que después confluiría en el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).

Así que la trágica noticia del asesinato de Monseñor la sufrimos aquí en México. Yo tenía 15 años y sabía de él por la admiración que mi abuelo paterno, Miguel Melgar, le profesaba de tiempo atrás por su cercanía con la gente y su mensaje de reconciliación sin sometimiento ni conformismo.

Como mexico-salvadoreña que soy, me enorgullece que el gran ícono social y cultural hoy de mi patria de nacimiento no sea un guerrillero, sino un hombre de paz. Y que en mi país por elección se le quiera y se le reconozca. Como lo hace Álvarez Icaza al considerar a Romero como un hombre inspirador por su rechazo a la injusticia y a la violencia.

Conmovida por la pintura de Walker, subí a Facebook la foto del póster de las oficinas de “Ahora” con la pregunta de si alguien sabía dónde estaba la obra original.

Para mi sorpresa, muy pronto, mi amigo Gerardo Villegas me hizo llegar la liga del muro del artista en esa red social. Le escribí y en unas horas tenía su respuesta.

Me contó Michael Walker que el original se encuentra en una iglesia de Los Ángeles a la que acudían refugiados centroamericanos, quienes le inspiraron a pintarlo.

A inicios de 1987, un representante del Arzobispado de El Salvador, visitó al pintor para pedirle permiso de realizar una segunda edición del póster y si podía hacerle dos cambios importantes.

En el dibujo original, el asesino llevaba camisa de estilo cazador, y aunque el artista no lo sabía, era el tipo de ropa que portaban los paramilitares que mataron a Monseñor. Si bien la Iglesia Salvadoreña creía que había participación de altos mandos del Ejército en el crimen, no quería proclamarlo así en el póster.

El segundo detalle que le pedían cambiar era la corbata de los asesinos intelectuales del cuadro, blanco, azul y rojo. Si bien Walker la dibujó así como sinónimo de la intervención estaodunidense en aquellos años a favor de la represión, esos eran los colores del partido gobernante, Arena, de derecha y al que pertenecía el entones investigado como autor intelectual del homicidio.

Pero el representante de la Iglesia Salvadoreña que visitó al pintor argumentó que quitar esos colores era importante para no poner en riesgo a los quienes tendrían el póster en su casa. Aquellos todavía eran años de represión y guerra.

Walker aceptó. Recuerda cómo le honró aquella solicitud y cuánto lo conmovió la petición. “Por la humildad de la solicitud y porque los cambios buscaban no poner en peligro a la gente que colgaría el póster en sus paredes. Claro, le respondí. Y le dije: mi libertad de expresión no vale la vida de la gente frente a las amenazas militares”, contó.

Me dijo además que gracias a la solidaridad de senadores gringos progresistas, los 5 mil póster se llevaron en sus equipajes a El Salvador, en una operación hormiga, poco a poco.

“En la marcha, en marzo, en el aniversario de su muerte, la gente llevaba mi cuadro. Fue muy bonito”, recuerda Walker.

Así, he celebrado el natalicio de Romero, confirmando la urgencia de hombres y mujeres dispuestos al entendimiento y a la reconciliación.

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